Mujeres indígenas en El Salvador: doblemente discriminadas

El empoderamiento de los indígenas de El Salvador pasa por un profundo reconocimiento de su cosmovisión, y es la mujer la más vulnerable.

Las indígenas salvadoreñas son doblemente discriminadas: en razón de etnia y en razón de género.

Su empoderamiento, en el contexto nacional de violencia que las afecta particularmente, pasa por la asimilación, fortalecida, de la cosmovisión del pueblo originario en esa nación centroamericana.

Exponente de esta línea de análisis, la dirigente indígena maya-pipil salvadoreña Lidia Juliana Ama, quien encabeza la Fundación “José Feliciano Ama” (FAMA), dijo a Petra que, en el contexto de discriminación e inseguridad ciudadana, en el que están inmersas, las mujeres deben, además, en su lucha por equidad, trabajar unidas.

Se trata de lograr la participación de las mujeres en la construcción de políticas de Estado, aseguró Ama, sobrina nieta del dirigente indígena salvadoreño José Feliciano Ama, uno de los asesinados líderes del reivindicador movimiento indígena campesino de 1932.

Ama fue entonces capturado, y ejecutado, junto con el dirigente Agustín Farabundo Martí -con cuyo nombre se identifica el ex guerrillero y actual partido gobernante Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).

El movimiento que fue blanco de la represión lanzada por la dictadura del general Maximiliano Hernández (1935-1944), que determinó la masacre –según diferentes cálculos- de 10 mil a 30 mil personas, incluido un alto número de mujeres y de niños.

En cuanto el empoderamiento de las mujeres, Lidia Juliana Ama aseguró que, “en El Salvador, todos tenemos raíces indígenas”, aunque se registra lo que describió como “falta de autodeterminarnos, de reconocernos”.

Durante “la masacre de 1932 (…) el indígena fue perseguido -por su idioma, por su vestimenta, por sus reclamos hacia los derechos de la tenencia de la tierra-“, lo que “no indica de que no puedo seguir en la lucha”, reflexionó, asertiva.

“El miedo que se ha venido generando, de generación en generación, entonces, hay que irlo combatiendo a través de organizarnos, y, más que todo, ser portadoras de los conocimientos ancestrales”, planteó.

Para combatir la doble discriminación de que son objeto –por etnia y por género, a las indígenas salvadoreñas, “lo que nos hace falta es trabajar en colectividad”, señaló.

“Además de eso, buscar mecanismos donde podamos construir, y, además de construir, reclamar nuestros propios derechos, de los cuales, el Estado tiene que cumplir”, subrayó.

“Y, nosotras, a través de las incidencias que podríamos construir o hacer, podemos lograr lo que queremos: que la mujer tiene que estar inmersa en diferentes políticas que el Estado tiene que lanzar de empoderamiento de la mujer”.

“Además de eso, ser respetadas”, subrayó, Ama, quien habla con la seguridad de quienes –como los indígenas latinoamericanos en general- se expresan con verdad ancestral y con la firmeza que da la resistencia generacional a la violencia, a la explotación, al despojo.

“A la mujer, lo que le hace falta, en El Salvador –o nos hace falta-, es trabajar en equipo, socializarnos bien, buscar una ruta que nos lleve al camino del éxito, con pensamiento, con ideas”, aseguró.

Esa unidad de género trasciende el componente étnico, ya que “yo pienso de que, en El Salvador, todos tenemos raíces indígenas, de modo que es necesario superar la falta de autodeterminarnos, de reconocernos. Entonces, todas las mujeres, tanto indígenas autodeterminadas, como aquellas indígenas no autodeterminadas, podemos entrar en un solo camino”, aseguró Ama.

La dirigente pipil indicó que “lo que nos hace falta, para que todos nos autodeterminemos indígenas, es reconocer nuestras raíces, de dónde somos, qué estamos haciendo, y qué vamos a hacer en el futuro”.

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Vulnerables a la violencia

En ese sentido, señaló que las mujeres –en particular las indígenas-constituyen un sector particularmente vulnerable a la violencia que convulsiona a El Salvador.

Severamente golpeada por la guerra de 1980-1992 entre el entonces guerrillero FMLN y el ejército salvadoreño, esa nación centroamericana –la territorialmente menor aunque la más densamente poblada de esta región-, es, ahora, escenario de violencia derivada del accionar de organizaciones delictivas locales y de crimen organizado internacional.

Junto con Guatemala y Honduras, ese país constituye el Triángulo Norte de Centroamérica, zona considerada como una de las más violentas a nivel mundial.

Uno de los orígenes de la crisis de seguridad en la que está profundamente sumido El Salvador está en las organizaciones delictivas juveniles conocidas como “maras”, cuyos integrantes suman miles.

El fenómeno delictivo –que se da, con las mismas características, en Guatemala y Honduras- se originó durante el período bélico que afectó a la región centroamericana, y que finalizó cuando los entonces presidentes de Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua firmaron, en 1987, el Procedimiento para establecer la Paz firme y duradera en Centroamérica.

El flujo, hacia Estados Unidos, constituido por miles de nacionales de esos tres países quienes huían de la violencia generada por la situación bélica de ese tiempo –incluidas severas prácticas de reclutamiento militar forzoso de jóvenes, incluyó a numerosos niños y adolescentes.

Esos migrantes –mayoritariamente indocumentados- se asentaron principalmente en la zona de la occidental ciudad estadounidense de Los Angeles.

Por razones de identidad y de supervivencia frente a similares agrupaciones delictivas de diverso origen, los jóvenes salvadoreños, guatemaltecos, y hondureños se constituyeron en grupos que denominaron “maras”. Las principales fueron la “Mara Salvatrucha” (MS) y la “Mara 18” (M18).

Sucesivas deportaciones masivas de inmigrantes indocumentados de esas tres nacionalidades, determinaron el regreso, de numerosos “mareros”, a sus países de origen, donde esas pandillas –y varias más, inspiradas en ellas- ahora mantienen, al Triángulo Norte, en jaque de seguridad.

La violencia –en constante aumento- que caracteriza a las “maras”, y el creciente control de esos grupos sobre zonas urbanas, lo que se suma al también violento accionar de estructuras de crimen organizado, principalmente narcotraficantes, han convertido a El Salvador –con 104 homicidios por cada cien mil habitantes, el año pasado- en uno de los países más violentos del mundo, y en el más violento de los tres, habiendo arrebatado, a Honduras, el deshonroso título­.

La situación de inseguridad tiene un fuerte componente de género, ya que las “maras” frecuentemente enfocan, en mujeres –además de menores-, las acciones de violencia, lo que ha conducido a numerosas salvadoreñas a abandonar sus respectivas viviendas, trasladándose a diversos sectores del país, y también a migrar, la mayoría indocumentadamente, en especial, a Estados Unidos.

Ama considera que las mujeres indígenas son específicas víctimas de la violencia dominante en El Salvador. “Ahorita, me duele, con todo el corazón, decir que hemos perdido la paz”, expresó.

En cuanto a las mujeres de la población originaria, Ama dijo que la violencia las afecta “enormemente”, y aseguró que “hay mucho dolor”.

“En determinado momento las mujeres –especialmente las indígenas-, se encuentran en una encrucijada de ver que sus hijos han tomado esa determinación, y que no pueden, ellas, en determinado momento, sacarlos de ese camino equivocado”, planteó.

“Estas mujeres, necesitan un empoderamiento más, sobre esos valores, sobre también, el enriquecimiento de su cosmovisión, de la parte espiritual”, expresó.

Ama aseguró que, “si bien es cierto de que no vienen -los dólares- del cielo (…) con pensamiento y acción e inteligencia, podemos sobrevivir, en este planeta, especialmente en nuestro querido El Salvador, que es bien vulnerable y superpoblado”.

“Lo que necesitamos, para poder vivir, es saber aplicar, saber construir un sistema de vida, sin necesidad de dañar a otro”, aseguró, al exponer parte de la esencia de la concepción indígena de la vida.

“Entonces, eso lo podemos hacer a través de los conocimientos ancestrales –el cultivo de la tierra, que los pueblos indígenas no tienen tierras, pero alquilado, se puede sobrevivir-”, reflexionó.

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George Rodriguez Oteiza

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