Una escritora reconocida tardíamente por las instituciones que inicialmente la habían resistido. Sin embargo, su verdadero legado no está en los premios, sino en la capacidad de su palabra para seguir activando el pensamiento crítico, como referente de análisis y de acción social, cultural y política.
Hay libros que no describen una realidad; la desarman. «El segundo sexo» (1949) no fue una obra complaciente ni oportuna; se convirtió en una intervención intelectual que incomodó a su tiempo y a su estructura social, y sigue incomodando al nuestro; son sus desvaríos colonizadores. Con ese libro, Simone de Beauvoir alteró para siempre la manera en la que se piensa la condición femenina, no como destino biológico, sino como construcción histórica y política.
Nacida en París en 1908, Simone de Beauvoir, filósofa, escritora y ensayista, formó parte de una generación que creyó en la razón como herramienta de emancipación. Sin embargo, pronto entendió que la promesa ilustrada de igualdad había dejado a las mujeres fuera del contrato social. Esa exclusión no era accidental; era política y planificada, especialmente desde la literatura. Estaba inscrita en la cultura, en la educación, en la ciencia y en el lenguaje. Así se habían construido la ilustración y la modernidad, sin contar con las mujeres.
«El segundo sexo» no es un panfleto ni un manifiesto emocional. Es un ensayo monumental que cruza filosofía, biología, historia, literatura y experiencia vivida para formular una idea que marcaría un antes y un después. No se nace mujer, se llega a serlo, pero ¿en qué tipo de sociedad? Esa frase, tantas veces citada, sigue siendo una de las más radicales del pensamiento contemporáneo, aunque llegar a serlo signifique, para muchas, la última frontera de su vida.
El libro fue recibido con hostilidad, como se siguen acogiendo hoy en día los libros disruptivos que rompen paradigmas acomodados de la heterosexualidad y la blanquitud. Fue censurado, criticado y ridiculizado. Beauvoir fue acusada de inmoral, de antipatriótica y de subversiva. Pero la potencia de su palabra residía precisamente en su rigor investigativo. No pedía privilegios, exigía coherencia de una sociedad llena de moralismos. Si la modernidad hablaba de libertad y autonomía, debía incluir a las mujeres como sujetas plenas de derechos.
El impacto de «El segundo sexo» trascendió el ámbito académico. Se convirtió en un texto fundacional del feminismo contemporáneo, influyendo en movimientos sociales, políticas públicas y debates culturales en todo el mundo. No ofrecía recetas, sino preguntas incómodas. ¿Quién define la normalidad? ¿Quién escribe la historia? ¿Quién decide qué cuerpos importan? Interrogantes abiertas y aún sin respuesta.
Simone de Beauvoir fue reconocida tardíamente por las instituciones que inicialmente la rechazaron. Sin embargo, su verdadero legado no está en los premios, sino en la capacidad de su palabra para seguir activando el pensamiento crítico, como referente de análisis y de acción social, cultural y política.
En un presente en el que resurgen discursos que buscan naturalizar la desigualdad bajo nuevas máscaras, volver a Beauvoir es un acto de lucidez. Su escritura recuerda que los retrocesos no comienzan con leyes explícitas, sino con ideas aparentemente inofensivas que reinstalan jerarquías. Unos retrocesos que se extienden como pólvora por Europa, Asia y América con mayor virulencia. El signo de la modernidad y el avance es el retroceso en los derechos humanos y la imposición de una agenda política de extrema derecha conservadora que barre todo vestigio de avance.
Simone de Beauvoir ejerció su derecho a la palabra con una disciplina intelectual implacable. Su palabra no buscó agradar, pero sí comprender un momento histórico en el que las mujeres eran un segundo sexo. Y al hacerlo, abrió un camino que todavía seguimos transitando; no en línea recta, hay ocasiones en las que sentimos el vértigo de que estamos pasando por lugares comunes ya transitados, en los cuales hay huellas de muchísimo dolor.
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