Una mujer muere cada minuto por una enfermedad cardiovascular, superando las muertes por todos los tipos de cáncer combinados. Abordar las diferencias de género en los síntomas, priorizar la prevención y enfatizar los chequeos regulares reducen las muertes y mejoran la calidad de vida.
Las enfermedades cardiovasculares en mujeres no son solo un tema médico, sino una cuestión que afecta la vida cotidiana de millones de personas en todo el mundo. Para entenderlo mejor, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las enfermedades del corazón y los accidentes cerebrovasculares causan aproximadamente el 35% de las muertes femeninas a nivel global, una cifra que ha permanecido alarmantemente estable a pesar de los avances en la medicina.
En países como Estados Unidos, la Asociación Americana del Corazón (AHA por sus siglas en inglés) reporta que una mujer muere cada minuto por una enfermedad cardiovascular, superando las muertes por todos los tipos de cáncer combinados. En regiones como Latinoamérica, incluida Costa Rica, el Ministerio de Salud y organizaciones como la Organización Panamericana de la Salud indican que el panorama es similar. Las mujeres representan más del 50% de las muertes por estas causas, con un aumento notable en edades más jóvenes debido a factores como la obesidad y el sedentarismo.
El tema de la subestimación tiene raíces profundas en la investigación médica. Históricamente, los ensayos clínicos sobre enfermedades cardíacas incluyeron predominantemente a hombres, lo que llevó a una comprensión sesgada de los síntomas y tratamientos. Por ejemplo, un estudio publicado en la revista «Circulation» de la AHA destaca que las mujeres tienen un 20% mayor probabilidad de ser mal diagnosticadas durante un infarto porque sus síntomas no coinciden con el modelo «masculino» estándar.
En lugar del clásico dolor opresivo en el pecho que se irradia al brazo izquierdo, muchas mujeres experimentan síntomas más sutiles y difusos. Estos incluyen fatiga persistente, falta de aliento al realizar actividades cotidianas, náuseas, vómitos, dolor en la mandíbula, el cuello o la espalda superior, sudoración fría sin causa aparente, o incluso indigestión que se confunde con problemas gástricos. Estos signos pueden presentarse de forma intermitente durante días o semanas previas a un evento agudo, lo que dificulta aún más la detección temprana. Además, factores hormonales juegan un papel crucial: antes de la menopausia, los estrógenos ofrecen cierta protección, pero después de esta etapa, el riesgo se equipara o incluso supera al de los hombres. Condiciones como la preeclampsia durante el embarazo o el síndrome de ovario poliquístico también elevan el riesgo, lo que convierte la salud cardiovascular en un asunto de ciclo vital completo para las mujeres.
Enfoquémonos ahora en la prevención, el pilar más accesible y efectivo para combatir esta epidemia silenciosa. La prevención no requiere tecnología avanzada; se basa en hábitos que cualquiera puede adoptar con compromiso. Organizaciones como la OMS recomiendan al menos 150 minutos de actividad física moderada por semana, como caminar a paso ligero, nadar o montar en bicicleta, lo que puede reducir el riesgo de enfermedades cardíacas en un 30-40%. Una dieta abundante en frutas, verduras, granos integrales y proteínas magras, mientras se limita el consumo de sal, azúcares procesados y grasas saturadas, es fundamental. Por ejemplo, el patrón alimenticio mediterráneo, respaldado por estudios publicados en «The New England Journal of Medicine», ha demostrado disminuir la incidencia de infartos en mujeres hasta en un 25%. Controlar el peso, evitar el tabaco, el alcohol, las drogas y manejar el estrés a través de prácticas como el yoga o la terapia cognitivo-conductual son pasos adicionales que marcan la diferencia. En contextos específicos, como en Costa Rica, el Instituto Nacional de Estadística y Censos reporta un aumento en enfermedades crónicas relacionadas con el estilo de vida. Programas locales, como los de la Caja Costarricense de Seguro Social, promueven chequeos gratuitos para monitorear la presión arterial, el colesterol y la glucosa. Esto ayuda a identificar riesgos tempranos.
Las señales de alerta específicas en mujeres merecen una atención detallada porque el reconocimiento oportuno puede salvar vidas. Imaginemos a una mujer de mediana edad que, después de un día agotador, siente una opresión en el pecho que atribuye al estrés laboral; sin embargo, si esto se acompaña de mareos o palpitaciones, podría ser el preludio de un problema cardíaco. La AHA lista síntomas como disnea (dificultad para respirar) en reposo o con esfuerzo mínimo, fatiga inusual que no mejora con el descanso, dolor o molestias en áreas atípicas, como la mandíbula, el cuello, los hombros, la parte superior de la espalda o el abdomen. También incluye náuseas o vómitos inexplicables, sudoración fría, mareos o desmayos y palpitaciones irregulares. Estos síntomas son particularmente comunes en mujeres posmenopáusicas o con diabetes, en las que el dolor torácico puede estar ausente en hasta el 40% de los casos, según investigaciones publicadas en «Journal of the American College of Cardiology». Es vital educar no solo a las mujeres, sino también a sus familias y comunidades, para que, ante cualquier duda, se busque atención médica inmediata, ya que el tiempo es crítico: cada minuto sin tratamiento durante un infarto reduce las probabilidades de supervivencia.
La importancia de los chequeos médicos regulares. Estos no son solo visitas rutinarias; son herramientas preventivas que detectan anomalías antes de que escalen. Las recomendaciones de la Sociedad Europea de Cardiología sugieren chequeos anuales a partir de los 40 años, o antes si hay factores de riesgo como hipertensión familiar, tabaquismo u obesidad. Durante estos exámenes, se miden parámetros clave como la presión arterial (ideal: por debajo de 120/80 mmHg), los niveles de colesterol (LDL: por debajo de 100 mg/dL), la glucosa en sangre y, en algunos casos, se realizan electrocardiogramas o ecocardiogramas. En países en desarrollo, donde el acceso puede ser limitado, iniciativas como las de la Federación Mundial del Corazón promueven campañas de detección gratuita en comunidades, enfatizando la equidad de género en la salud. Además, el empoderamiento a través de la educación es clave: las aplicaciones móviles y los recursos en línea, como los del sitio web de la AHA o de la OMS, ofrecen herramientas para la autoevaluación de riesgos, fomentando una proactividad que puede prevenir tragedias.
La salud cardiovascular en mujeres es un llamado a la acción colectiva. Al divulgar este tema, vemos que no se trata solo de estadísticas frías, sino de historias reales de madres, hijas, esposas y amigas que podrían beneficiarse de una mayor concienciación y apoyo. Abordar las diferencias de género en los síntomas, priorizar la prevención y enfatizar los chequeos regulares no solo reducen las muertes, sino que mejoran la calidad de vida. Si usted o alguien cercano a usted experimenta síntomas inusuales, no dude en consultar a un profesional de la salud; la prevención y la atención temprana son las mejores aliadas en esta lucha.








