
El grooming es una práctica en la que un adulto se hace pasar por un menor en Internet, intenta establecer un contacto de confianza con niños y adolescentes, pasando después al control emocional y al chantaje con fines sexuales.
Imagina esto: en el vasto universo de internet, donde los niños y adolescentes exploran, juegan y conectan con amigos, acecha un peligro silencioso llamado «grooming». No es solo un término técnico; es una forma cruel de abuso en la que un adulto, fingiendo ser un «amigo» o alguien de confianza, se acerca a un menor a través de redes sociales, chats o juegos en línea. Su objetivo es manipularlo emocionalmente, ganarse su confianza poco a poco y eventualmente explotarlo, a menudo con fines sexuales o de otro tipo de abuso.
En un mundo donde los dispositivos digitales son parte de la vida cotidiana, según datos globales, como los reportados por organizaciones como UNICEF o la Interpol, millones de niños están expuestos a estos riesgos cada año. Como padres, madres, médicos, tutores o educadores, tenemos una responsabilidad enorme. No se trata solo de prohibir el uso de la tecnología, sino de educar y proteger. Por ejemplo, en países como España o Latinoamérica, los casos de grooming han aumentado después de la pandemia, cuando el tiempo en línea se disparó, destacando la necesidad de estar vigilantes.
Pensemos en lo que realmente significa: un niño que de repente se vuelve más reservado, pasa horas pegado al celular con una sonrisa nerviosa o menciona a un «amigo nuevo» del que no quiere dar detalles. Estas son señales reales que muchos padres han notado demasiado tarde. O una persona adolescente que cambia su comportamiento, se aísla o muestra ansiedad inexplicable. No es paranoia; es precaución. Hablar abiertamente con ellos sobre los peligros online, sin juzgar, es clave. Podrías decirles cosas como las siguientes: «Si alguien te pide fotos o te hace sentir incómodo, ¿podrías contármelo? No pasa nada, estoy aquí para ayudarte».
La prevención no es complicada, pero sí constante: empieza en casa con un acompañamiento cariñoso. Supervisa sin invadir, como revisar juntos las aplicaciones que usan o configurar controles parentales. Fomenta diálogos abiertos, como «¿Qué has visto hoy en TikTok?» o «Recuerda que no todo el mundo en internet es quien dice ser». En las escuelas, los docentes pueden integrar talleres sobre ciberseguridad, enseñando a los chicos a reconocer perfiles falsos o a bloquear contactos sospechosos, y en los consultorios médicos, siempre estar atentos a estos síntomas emocionales.
Al final, protejamos juntos la inocencia y el bienestar de nuestros niños. No estamos solos en esto; hay recursos como líneas de ayuda o aplicaciones educativas. Recordemos: un internet seguro es un derecho, y con empatía y acción, podemos hacer la diferencia en sus vidas emocionales y digitales. ¿Has hablado hoy con tus hijos sobre esto? ¡Es un gran primer paso!
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Foto: Karola G