Los niños no cuentan con la madurez ni las herramientas para defenderse. Su cerebro está en plena construcción, y lo que viven hoy dejará huellas en sus conexiones neuronales y en la forma en que se relacionarán en el futuro
Lo que para muchos padres parece un simple pasatiempo, para médicos y educadores ya es una señal de alerta. Detrás de esas horas frente a la pantalla pueden aparecer problemas de sueño, ansiedad, irritabilidad y dificultades de atención. Y lo más preocupante: se abre la puerta a riesgos sociales que ningún niño debería enfrentar desde depredadores digitales hasta contenidos violentos o sexualizados en entornos sin control ni seguridad.
Los niños no cuentan todavía con la madurez ni las herramientas para defenderse. Su cerebro está en plena construcción, y lo que viven hoy dejará huellas en sus conexiones neuronales y en la forma en que se relacionarán mañana.
Por eso necesitamos familias informadas, presentes y críticas. No se trata de demonizar la tecnología, sino de proteger la infancia. Y no lo digo solo yo: lo confirma la neurociencia.
Un metaanálisis reciente (Vasconcellos et al., 2025) muestra que el uso excesivo de pantallas se asocia con más ansiedad, depresión y problemas de conducta en niños y adolescentes.
¿Qué ocurre en el cerebro de un niño cuando juega videojuegos?
• Explosión de dopamina: cada recompensa activa el “quiero más”.
• Efecto tolerancia: el cerebro se acostumbra y busca juegos más intensos.
• Atención fragmentada: el bombardeo de estímulos dificulta luego concentrarse en tareas lentas.
• Círculo emocional: más juego genera más malestar, y más malestar empuja a jugar más.
• Déficit de oxitocina: menos abrazos, menos juego real, menos aprendizaje de empatía.
• Alteración del sueño: el cerebro queda en alerta y cuesta descansar.
• Sustitución de experiencias vitales: menos movimiento, menos exploración, menos creatividad.
La niñez necesita experiencias reales, vínculos seguros y adultos atentos. La tecnología puede ser una aliada, pero nunca debe reemplazar lo esencial: el juego libre, el contacto humano y la oportunidad de crecer en un entorno protegido.
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Foto: Kampus Production








