Empezar por Yadira Calvo no es un homenaje, pues la autora los ha recibido; es una declaración de método. Aquí, la palabra no adornará el poder; lo va a interrogar a través de la literatura universal escrita por mujeres.

“El que toma al águila por la cola y a la mujer por la palabra no tiene nada”. Con esa obertura provocadora, la autora Yadira Calvo Fajardo inicia la obra A la mujer, por la palabra (1990), haciendo alusión a un refrán popular. Una obra que llegó a mis manos en 1992, en mi segundo año de universidad, cambió mi obtusa percepción de la realidad. Con ella, se inició un camino ascendente de conciencia que me mantiene con una convicción profunda de que, hoy, treinta y cinco años después, se ha avanzado mucho en los derechos de las mujeres. Sin embargo, aún no se ha recorrido ni un trecho satisfactorio del camino.

La autora mete el bisturí en una de las zonas más naturales e invisibles del poder: la lengua. Publicado por la Editorial de la Universidad Nacional (Premio de ensayo del Certamen UNA PALABRA 1989), el libro se propone examinar la situación de la mujer en el mundo del lenguaje y denunciar la injusticia histórica inscrita en las palabras, sus usos y sus normas.

Según consigna el Ministerio de Cultura y Juventud de Costa Rica (MCJ), Calvo es ensayista y filóloga, una figura central del pensamiento feminista costarricense por su trabajo sostenido sobre la mujer, la cultura, la educación y el lenguaje. Su obra inicia en 1983 e insiste en una idea: la desigualdad no solo se legisla o se administra; también se narra, se enseña y se repite. Años más tarde recibiría el Premio Nacional de Cultura Magón (2012), reconocimiento a una trayectoria que combina crítica, docencia e intervención pública.

En la bibliografía aparecen títulos que ayudan a ubicar el proyecto intelectual que desemboca en La mujer, víctima y cómplice (1981), Literatura, mujer y sexismo (1984), Las líneas torcidas del derecho (1993) y otros muchos ensayos que cruzan lo simbólico con lo jurídico y lo social. Es decir: Calvo no descubre las desigualdades de género en 1990; lo consolida en un libro bisagra, cuando aún no era común hablar en el espacio público de sexismo lingüístico como estructura.

¿Y qué hace exactamente este libro desde hace ya 35 años? Primero, indica algo que el sentido común patriarcal procura ocultar: que el lenguaje no es un mero espejo neutral, sino un campo de disputa. Si la historia universal suele escribirse en masculino, si los hombres funcionan como sinónimo de humanidad, si lo femenino aparece como excepción, adorno o defecto, eso no es inocente: es pedagogía cotidiana de las jerarquías del poder patriarcal.

La sinopsis de la editorial de la Universidad Nacional lo resume con claridad: el ensayo examina el lugar de la mujer en el lenguaje y señala la injusticia con que se la ha tratado “a través de la historia hasta el presente”.

Segundo, como establece el INAMU en la biografía de la autora en la Galería de Mujeres (2006), Calvo desmonta el mecanismo por el cual esa injusticia se vuelve normal. No solo mediante insultos o estereotipos explícitos, sino también por una arquitectura más fina: lo que se considera correcto, culto, universal; lo que se vuelve regla y lo que se marca como exceso.

En ese gesto, el libro se adelanta a discusiones que hoy circulan bajo etiquetas como lenguaje inclusivo o comunicación no sexista; la interrogante no es meramente gramatical; es política y cultural.

Tercero, el texto tiene una potencia que conviene recuperar en 2026, porque no se limita a pedir buenas maneras ni a un lenguaje políticamente correcto. Más bien propone una lectura crítica de la historia de la civilización: ¿cómo se construyeron mitos, relatos, categorías y cánones que asignaron a las mujeres un lugar subordinado en la casa, en el cuerpo, en la moral, en la palabra? La Universidad de Costa Rica (UCR) ha descrito ese talante intelectual de Calvo como una voluntad de “desmenuzar” mitos y utopías que definieron el papel de las mujeres en las sociedades.

A la mujer, por la palabra, le sirve como una advertencia y una brújula. La advertencia: cada época cree que ya resolvió lo básico, pero el lenguaje sigue siendo una de las formas más baratas y eficaces de disciplinar, adoctrinar e impartir una pedagogía sexista, excluyente y discriminatoria. La brújula: si queremos igualdad en política, en educación, en trabajo, en cultura, en fin, en la convivencia social, hay que revisar también cómo hablamos, cómo titulamos, a quién nombramos y desde dónde. Porque la palabra no solo describe el mundo: lo reparte. ¿O no están convencidos de que aún circulan ciertos discursos que se atrincheran en puritanismos lingüísticos para negar la inclusión de la mujer en el lenguaje? Pues basta con abrir algunas redes sociales para toparse con fósiles vivientes que dan cátedra misógina desde espacios canonizados, con baños de masas y aplausos de pie.

Esta columna se titula «A la mujer, por la palabra». Empezar por Yadira Calvo no es un homenaje, ya que la autora ha recibido merecidamente varios premios, como el de Aquileo J. Echeverría en 1990 y 2004, la Medalla del XXXI aniversario del Ministerio de Cultura en 2002 y el Premio Magón en 2012, entre otros reconocimientos. Esto es una declaración de método. Aquí, la palabra no adornará el poder; lo va a interrogar a través de la literatura universal escrita por mujeres. No se trata de críticas ni de reseñas; el objetivo es situar en el centro del debate el poder de la palabra de la mujer.

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