La atleta indígena costarricense Noyle Salazar Murcia se consagró nuevamente como campeona de la Carrera Internacional al Chirripó 2026, imponiéndose en la exigente prueba de montaña de 34 km, con un tiempo que la colocó en lo más alto del podio nacional.

Esta victoria marca su tercera corona en esta tradicional competencia, un hito que reafirma su dominio en una de las carreras más duras del país y la convierte en una figura emblemática del atletismo de montaña costarricense.

Salazar, de 26 años y originaria de la región Cabécar, ha construido su trayectoria no en pistas de alto rendimiento ni en centros de entrenamiento elitistas. En cambio, ha trabajado en senderos agrestes y caminos de montaña, forjando resistencia en condiciones que pocos atletas profesionales experimentan y que los dirigentes deportivos no visitarán ni una sola vez en sus vidas. La atleta vuelve a demostrar que el talento y la fortaleza no se forman exclusivamente en instalaciones de lujo, sino también en las comunidades rurales y ancestrales que históricamente han sido marginadas de los circuitos oficiales de apoyo deportivo.

Pero detrás de este tercer título hay una historia que los titulares deportivos rara vez cuentan: el vacío de apoyos concretos para mujeres, deportistas rurales y atletas de los pueblos originarios. Más allá de las menciones laudatorias en discursos oficiales y de organizaciones deportivas que se arriman a la sombra de Noyle en el día de su gloria. La realidad es que quienes no provienen de contextos urbanizados o de la élite financiera siguen enfrentando la falta de infraestructura física (canchas en buen estado, senderos seguros). También carecen de apoyo logístico (entrenadores, nutrición, transporte) y de respaldo económico o patrocinio que les permita dedicar plenamente sus días al deporte.

Los elogios públicos y los titulares de ocasión contrastan con la ausencia de políticas de inversión sostenidas que garanticen la igualdad de oportunidades. El deporte no elitista —el que se entrena y compite en polvazales, en caminos rurales o sin recursos técnicos dignos— sigue siendo, paradójicamente, símbolo de lucha individual, más que una práctica respaldada por un sistema que valora y potencia todas las capacidades del país.

Mientras Noyle Salazar vuelve a lo más alto del Chirripó, su triunfo también pone de manifiesto que el verdadero desafío no termina en la meta, sino en la construcción de un ecosistema deportivo que no deje a nadie atrás, especialmente a las mujeres ruralizadas y empobrecidas. Porque si el deporte es una herramienta de inclusión, salud y desarrollo social, su potencial solo se cumple cuando el apoyo es real, sostenido y equitativo, y eso, hasta el momento, no lo hemos vislumbrado.