Durante siglos, buena parte de la literatura representó el cuerpo femenino desde la mirada de quien lo contemplaba y deseaba. Escritoras de distintas generaciones alteraron esa posición al narrar el placer, la obsesión, el cuerpo y la sexualidad desde el lugar de mujeres que desean, deciden, recuerdan, transgreden y también enfrentan las contradicciones de su propia intimidad.

Anaïs Nin recibió en la década de 1940 un encargo bastante singular. Un coleccionista privado pagaba a un grupo de escritores para que produjeran relatos eróticos y exigía que eliminaran las digresiones y concentraran las páginas en el sexo. Ni hizo algo diferente. Introdujo fantasías, emociones, conflictos psicológicos y una subjetividad femenina que terminó por convertir esos textos escritos por dinero en una de las obras más conocidas de la literatura erótica del siglo XX.

Los relatos serían publicados décadas después bajo el título «Delta de Venus». Su importancia no reside únicamente en la libertad con que Nin escribió sobre la sexualidad, sino también en haber situado a las mujeres en la narración como sujetos capaces de imaginar y expresar su propio deseo. La literatura erótica dejaba así de depender exclusivamente de una mirada construida sobre el cuerpo femenino para comenzar a preguntarse qué ocurría dentro de quien habitaba ese cuerpo.

La escritora mexicana Corina Mendoza recuperó esta tradición en Revista Central mediante una selección de quince obras escritas por mujeres que abarcan casi un siglo de literatura. La lista reúne autoras tan distintas como Anaïs Nin, Marguerite Duras, Anne Desclos, Radclyffe Hall, Annie Ernaux, Jeanette Winterson, Clarice Lispector, Diamela Eltit, Elena Ferrante, Amy Yamada y Bernardine Evaristo. Más que conformar un género uniforme, sus libros permiten observar las numerosas maneras en que las escritoras han llevado el deseo a la literatura.

En El amante, publicada en 1984, Marguerite Duras reconstruyó, desde la memoria, una relación vivida durante su adolescencia en la Indochina francesa. Deseo, diferencias sociales, colonialismo, familia y poder atraviesan una obra en la que resulta difícil establecer una frontera precisa entre autobiografía y ficción. La sexualidad forma parte de una experiencia mucho más amplia que abarca el cuerpo, la pobreza, la identidad y la memoria.

Duras permite entender por qué hablar de la literatura erótica escrita por mujeres requiere ir más allá de las escenas sexuales. El deseo puede asociarse tanto a la libertad como al sometimiento, a la desigualdad, a la dependencia, a la vergüenza o a la búsqueda de identidad. La crítica literaria ha estudiado precisamente la complejidad con la que su obra aborda la sexualidad y las ambivalencias del deseo femenino.

Annie Ernaux llevó esa exploración a otro territorio. En Pura pasión, publicada originalmente en 1991, convirtió una relación con un hombre casado en un objeto de observación literaria. La espera de una llamada, la alteración de las rutinas y la dependencia emocional adquieren tanta importancia como el encuentro sexual. No intenta presentar una protagonista emancipada ni convertir el deseo femenino en una lección ejemplar. Escribe sobre una mujer consumida por una pasión y sobre cómo esa experiencia transforma su percepción del tiempo y de sí misma.

La propia Ernaux ha explicado posteriormente que aquella relación constituyó una experiencia fundamental de su vida. Tras publicar el libro, comenzó a recibir testimonios de lectoras y lectores que reconocían en esas páginas sus propias relaciones secretas. La literatura había convertido una experiencia considerada íntima e incluso vergonzosa en algo que otras personas podían nombrar.

La escritura del deseo tampoco pertenece exclusivamente a las relaciones heterosexuales. El pozo de la soledad, de Radclyffe Hall, publicada en 1928 y objeto de un célebre proceso por obscenidad en Gran Bretaña, convirtió el amor entre mujeres en materia de novela cuando hacerlo podía significar censura y persecución. Décadas después, Jeanette Winterson incorporaría en su obra identidades y deseos que cuestionan las fronteras convencionales entre el género, el cuerpo y la sexualidad.

Desde América Latina, la relación entre cuerpo y poder adoptó otros registros. La obra de Diamela Eltit ha trabajado el cuerpo como espacio sobre el que actúan la violencia, las instituciones y las estructuras sociales, mientras que Clarice Lispector llevó la experiencia corporal a terrenos filosóficos y existenciales difíciles de encasillar en la categoría tradicional de la literatura erótica.

Estas diferencias importan porque no existe una única literatura del deseo femenino. Tampoco puede afirmarse que las mujeres escriban el erotismo de manera determinada por el hecho de ser mujeres. Lo que existe es una tradición diversa de escritoras que encontraron en la literatura un espacio para narrar experiencias durante mucho tiempo condicionadas por convenciones sociales y morales.

Incluso algunas obras incluidas en la selección de Revista Central obligan a establecer distinciones. El consentimiento de Vanessa Springora no puede leerse simplemente como una exploración del erotismo. Su relato autobiográfico reconstruye la relación que mantuvo, siendo adolescente, con el escritor Gabriel Matzneff, varias décadas mayor que ella, y examina precisamente las relaciones entre poder, abuso, consentimiento y legitimación cultural. Incorporarla a una discusión sobre la sexualidad femenina resulta pertinente siempre que esa diferencia no desaparezca.

Algo semejante ocurre con La historia de O, publicada en 1954 bajo el seudónimo de Pauline Réage y posteriormente atribuida a Dominique Aury, nombre utilizado por Anne Desclos. Su representación de la sumisión sexual femenina ha suscitado interpretaciones contrapuestas durante décadas. Su relevancia histórica no obliga a convertirla en un modelo de liberación. Forma parte, precisamente, de las contradicciones que acompañan la representación literaria del deseo.

Allí reside buena parte de la riqueza de esta tradición. Escribir la sexualidad desde una perspectiva femenina no implica necesariamente escribir sobre la emancipación. Puede significar hablar de placer, pero también de obsesión; de autonomía y dependencia; de descubrimiento y violencia; de heterosexualidad, lesbianismo y otras experiencias del deseo; de cuerpos jóvenes y maduros; de relaciones deseadas y atravesadas por desigualdades.

La literatura contemporánea continúa ampliando esas posibilidades. Obras recientes han vuelto a situar la sexualidad en el centro de las narraciones sobre identidad, envejecimiento, relaciones queer, vulnerabilidad y transformación personal, lo que confirma que el erotismo literario dista mucho de haber agotado sus posibilidades.

Quizá el cambio más profundo producido por las escritoras no consistió en hacer más explícito el sexo. Fue modificar quién tenía derecho a contarlo. Cuando una mujer escribe su deseo desde su propia conciencia, el cuerpo deja de existir únicamente bajo la mirada de otro. Puede convertirse en memoria, conflicto, placer, contradicción, lenguaje y territorio propio.

Referencias

Duras, M. (1984). L’amant. Les Éditions de Minuit.

Ernaux, A. (1991). Passion simple. Gallimard.

Günther, R. (2000). Female homoerotics and lesbian textuality in the work of Marguerite Duras. En J. S. Williams (Ed.), Revisioning Duras: Film, race, sex. Liverpool University Press.

Mendoza, C. (2026, 7 de agosto). Literatura erótica escrita por mujeres: sensualidad, erotismo y seducción. Revista Central. https://www.revistacentral.com.mx/cultura/literatura-erotica-escrita-por-mujeres-sensualidad-erotismo-y-seduccion/

Nin, A. (1977). Delta of Venus. Harcourt Brace Jovanovich.

Nobel Prize Outreach. (2026). Annie Ernaux. The Nobel Prize. https://www.nobelprize.org/prizes/literature/2022/ernaux/article/

Springora, V. (2020). Le consentement. Grasset.