Segunda parte
Las esposas de presidentes que rechazaron el título de “primera dama” para mantener su autonomía, su carrera y su voz propia. Unas redefinieron la figura como autónoma; otras la eliminaron.
El cargo de primera dama ha sido muy cuestionado y debatido. Justamente por las innumerables críticas recibidas, varias esposas de expresidentes lo han readecuado y redefinido, como lo presentamos en la primera parte de este reportaje, “A la par del poder: primeras damas pioneras”. Otras no lo han asumido en la forma tradicional de su concepción. Esto se debe —más allá de aceptar que el rol implica ejercer poder sin legitimidad democrática, algo incómodo y problemático— a que refuerza estereotipos de género que las reducirían a la condición de extensión del esposo. Esto invisibiliza sus trayectorias propias.
Muchas primeras damas, especialmente de este siglo, en el que la alfabetización de la mujer, según datos de la UNESCO, es de aproximadamente 83%-85% (en comparación con el siglo XIX, que estaba por debajo del 50%), tienen sus carreras profesionales consolidadas, liderazgo propio, aspiraciones y metas. Temen que el título de primera dama pueda borrar su identidad, convirtiéndolas en solo “la esposa del presidente”.
Estas mujeres se rebelaron contra el rol que todavía existe: el de acompañante silenciosa, dedicada a causas “blandas” como el protocolo, la caridad y la moda. Les incomodó utilizar recursos públicos sin un marco y un control institucional claros. Algunas lo consideran poco transparente o incluso éticamente cuestionable. En relación con lo anterior, ¿cuántas mujeres profesionales están dispuestas a asumir un trabajo no remunerado con una agenda intensa? A veces se espera que sensibilice al presidente, mejore su imagen y contenga crisis, lo cual puede convertirla en una herramienta de marketing político, no en una figura autónoma, lo que da paso a una forma de explotación simbólica.
Ya sea por la independencia profesional, la privacidad o el cuestionamiento de la legitimidad del cargo no electo, las siguientes primeras damas rechazaron o criticaron públicamente el rol tradicional que desempeñan… ¡Y hasta lo eliminaron!
Comienza la lista con María Esther Zuno, educadora y esposa de Luis Echeverría (1970-1976), quien redefinió el papel de primera dama en México al preferir que la llamaran “compañera María Esther”. Impulsó la identidad nacionalista, vistiendo trajes típicos y promoviendo la cultura mexicana como forma de rechazar la ostentación. Ese estilo personalista y de profundo nacionalismo impactó en la imagen pública de la presidencia durante el sexenio echeverrista. Esta particular primera dama implementó programas de consejería familiar, alfabetización, atención a la salud mental, huertos frutales y capacitación laboral, especialmente en comunidades reducidas. Se enfocó en el bienestar social y la participación de las mujeres en la política. Como detestaba los lujos y evitaba la vanidad y las joyas costosas, en varias ocasiones durante actividades de gala, según testimonios de la época, solicitaba a los invitados de la alta sociedad que donaran sus joyas para causas sociales.
Otra primera dama rebelde es la belga Anne Malherbe Gosseline (2007-2017), profesora de educación francesa y esposa del expresidente ecuatoriano Rafael Correa, quien rechazó el uso tradicional del título de primera dama y no lo desempeñó públicamente durante su mandato. Aunque se la reconoce, de manera extraoficial, como primera dama (por ser la esposa del presidente), ella y su esposo rechazaron el término y la función tradicional asociados al cargo. Se apegó a la decisión de no asumirlo. No lideró programas sociales ni instituciones públicas, como era tradicional. Prefirió mantener un perfil bajo, dedicarse a su trabajo como educadora y a su familia, sin participar como figura pública en las actividades de su esposo. Ella expresó que no veía sentido en el título porque, en una sociedad igualitaria, “todas las mujeres son iguales” y el país no necesitaba una figura por encima de otras solo por ser esposa del presidente.
Beatriz Gutiérrez Müller (2018-2024), comunicóloga y doctora en teoría literaria, esposa de Andrés Manuel López Obrador, rechazó explícitamente el título de «primera dama» y suprimió la figura, argumentando que no es un accesorio. El deseo de mantener su vida privada y profesional ajena a los actos de gobierno pesó más que el atractivo de la imagen pública. Pidió ser llamada “esposa del presidente”. Consideró que era un rol sin funciones formales y optó por no presidir el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) de México, el organismo público de asistencia social. Se enfocó en la promoción cultural como Coordinadora de Memoria Histórica y Cultural de México, para preservar archivos y promover la lectura. Permaneció vinculada como investigadora en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y los viajes internacionales que realizó fueron para gestionar la recuperación de piezas arqueológicas y documentos históricos.
Y llegamos a la primera dama que no necesitó de este título porque ocupó cargos públicos tan relevantes como los de su esposo. Se trata de Lucía Topolansky Saavedra, política y esposa del presidente de Uruguay, José “Pepe” Mujica (2010-2015). En un país donde el cargo de primera dama no existe oficialmente en la Constitución, la esposa del presidente se mantuvo crítica con ese rol, que rechazó públicamente, señalando que es un “invento” sin base legal y que no constituye una función pública formal. No solo rehusó asumir el rol protocolario, sino que mantuvo su militancia política. Una de las figuras con mayor poder político legítimo que haya ocupado el rol informal de esposa presidencial en América Latina, al menos en la historia contemporánea, fue la primera mujer vicepresidenta de Uruguay, senadora de la República, diputada nacional y edila departamental. Además, se convirtió en la primera mujer en asumir las facultades de presidente. Es decir, ocupó el cargo interino en varias ocasiones, cuando fungía como senadora (titular más votada), debido a la ausencia simultánea del presidente José Mujica y el vicepresidente Danilo Astori.
Nadine Heredia, politóloga y primera dama del Perú (2011-2016), destacó por ejercer una influencia política y de gestión inusual en el gobierno de su esposo, Ollanta Humala. Se le atribuyó un rol activo en la toma de decisiones políticas, con alta visibilidad, liderando programas sociales y ejerciendo un liderazgo de facto, no estatutario, del Partido Nacionalista Peruano. Lejos de estar a la sombra de su esposo, influyó en la elección de funcionarios, impulsó la participación femenina en cargos políticos, el voluntariado local y la articulación de alianzas internacionales en derechos humanos y en solidaridad democrática. Como primera dama, generó diversas controversias mediante el uso de su cuenta de X (anteriormente Twitter). Desde esta, tras diversos escándalos de Estado, anunció acciones o emitió comentarios sobre asuntos gubernamentales. Esto ocurrió a pesar de que ni el presidente ni ningún miembro del gobierno enviaron un comunicado oficial o un pronunciamiento autorizado. Esto ha generado hasta acusaciones de usurpación de funciones.
Claudia Dobles Camargo, arquitecta y primera dama de Costa Rica entre 2018 y 2022, durante la administración de su esposo, Carlos Alvarado Quesada. Definió públicamente un perfil de primera dama no convencional al diseñar un portafolio de trabajo técnico centrado en impulsar el Tren Rápido de Pasajeros (TRP), avanzar en la sectorización del transporte público y promover la implementación de un sistema de pago electrónico para buses. Además, planteó medidas orientadas a favorecer el acceso de la clase media a la vivienda y propuso intervenciones piloto en asentamientos humanos. Afirmó: “Yo no fui electa mediante una elección popular, pero estoy en una posición de privilegio en la que contamos con una plataforma importante que puede mover y agilizar proyectos y mejorarlos”. Años después, trasladó ese capital técnico y político a la arena electoral, al postularse como candidata presidencial por la Coalición Agenda Ciudadana y resultar electa diputada de la República para el período 2026–2030.
La antropóloga y politóloga Irina Karamanos (2022), la más insurrecta de todas las rebeldes, pareja del presidente de Chile, Gabriel Boric, decidió aceptar el rol por unos meses para intentar “reformularlo”, cuestionando su falta de legitimidad democrática y su carácter anticuado. Como líder feminista, buscó desvincular el rol de las acciones de caridad de la imagen tradicional, cuestionando las reglas tácitas de la posición y visibilizando la necesidad de igualdad. Como primera dama, le correspondía ser la coordinadora sociocultural de la presidencia. Sin embargo, ella despersonalizó el cargo, traspasó la administración de seis fundaciones a los ministerios sectoriales y promovió una gestión profesional en lugar de caritativa. Buscaba modernizar e institucionalizar el espacio, hasta eliminar el cargo de primera dama. Pese a la controversia inicial por el cambio de nombre del gabinete, lideró la transición administrativa trabajando en temas de pueblos originarios, descentralización y derechos culturales.
Continuamos en el continente americano con Rosângela “Janja” Lula da Silva (2023–actual), socióloga, con una agenda pública de alta visibilidad, pero sin aceptar el rol tradicional de primera dama. Ha sido clara en que prefiere un rol activo en lugar de ser una figura decorativa o protocolaria, involucrarse en causas significativas en lugar de limitarse a causas “blandas” por expectativa de género y asumir un rol propio en lugar de ser solo una “esposa acompañante”. Desde el inicio marcó distancia con la idea clásica de la primera dama silenciosa, caritativa y subordinada. Ella tiene alta visibilidad pública, participa en actos oficiales, opina sobre temas políticos, ambientales y de derechos sociales y usa activamente las redes sociales con un discurso propio. Si bien es cierto que no ha renunciado al cargo, porque existe y tiene impacto, sí lo resignificó, actuando como actora política con agenda propia y asumiendo una identidad feminista y militante, no protocolaria.
Y cruzamos el Atlántico hasta llegar a Austria (república parlamentaria), donde Doris Schmidauer (2017-actual), politóloga y esposa del presidente Alexander Van der Bellen, es una primera dama insurgente. Continúa con su trabajo profesional y evita el protagonismo político. Ella define su papel como un “voluntariado” y ha participado en temas sociales y feministas, para conectarse con iniciativas de mujeres, apoyar la igualdad de género y reflexionar públicamente sobre cuestiones de poder, alejada de la función básica ceremonial y cercana a una forma de incidir en problemas que considera relevantes. En general, ha dado a este cargo un enfoque activo, independiente y moderno, apoyando proyectos culturales y de educación cívica, especialmente vinculados a la sociedad civil. Define su labor como una combinación de activismo, voluntariado social y representación moderada del Estado, con énfasis en mantener su identidad propia.
Como han podido leer, todas estas mujeres han impulsado una transformación hacia perfiles más independientes del concepto original y tradicional de primera dama, buscando salir del papel estereotipado de acompañante protocolaria o de gestora social, heredado del pasado.
El rechazo al cargo de primera dama no suele ser desinterés, sino una postura política y feminista: cuestiona el poder heredado, el rol simbólico de la mujer y la falta de institucionalidad.
Sin embargo, pese a su evolución, este cargo continúa siendo latente principalmente en América Latina. Aunque es visto por diferentes sectores como un símbolo de desigualdad estructural, ya que solo existe porque es la esposa del presidente. Su relevancia pública no es propia, sino que deriva de una relación de poder patriarcal.








