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Inicio LÍNEAS DE PETRA Bad Bunny: una identidad “latina” más allá del marketing

Bad Bunny: una identidad “latina” más allá del marketing

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Acusar su obra de “vulgaridad manufacturada” ignora su dimensión satírica. Bad Bunny utiliza deliberadamente el exceso —el cuerpo, la moda, el sonido distorsionado— como lenguaje, del mismo modo que el dadaísmo usó lo absurdo o el punk la agresión sonora.

Criticar el fenómeno Bad Bunny desde los cánones tradicionales de “excelencia vocal” o “rigor intelectual” es desconocer que el arte contemporáneo hace tiempo dejó de medir su valor por la destreza técnica aislada. La modernidad ya agotó la noción de que el virtuosismo es el único vehículo de la expresión artística.

Lo que Bad Bunny representa no es una ruptura con el talento, sino su redefinición: desplaza la técnica hacia un nuevo territorio donde la autenticidad, el discurso identitario y la capacidad de conexión simbólica se convierten en sus verdaderas formas de dominio.

En el Super Bowl —uno de los altares globales de la cultura pop— su aparición no fue un accidente comercial, sino un gesto paradigmático. La presencia de un artista latino que no suaviza su acento, no traduce su idioma y no se disfraza de anglosajón es, en sí misma, una afirmación de poder cultural. El acontecimiento trasciende la música: es un ejercicio de visibilidad que reivindica la pluralidad estética del sur global.

Acusar su obra de “vulgaridad manufacturada” ignora su dimensión satírica. Bad Bunny utiliza deliberadamente el exceso —el cuerpo, la moda, el sonido distorsionado— como lenguaje, del mismo modo que el dadaísmo usó lo absurdo o el punk la agresión sonora. Su “provocación visceral” no busca complacer al oído académico, sino agitar el imaginario; sus letras, a menudo desnudamente coloquiales, funcionan como crónicas del desarraigo emocional y la masculinidad caribeña en tiempos de hiperexposición digital. Hay una crudeza poética en su rechazo a la pulidez: lo suyo no es la carencia de técnica, sino la elección consciente de un registro que hable el idioma real de su generación.

Llamar a esto una “subestimación del oyente” es, quizás, el reflejo de una élite cultural que aún no acepta que la inteligencia puede expresarse con acento urbano. Bad Bunny no ofrece metáforas herméticas; ofrece realidad traducida en ritmo, en gesto, en textura sonora. Detrás de su aparente espontaneidad hay una sofisticada comprensión de los códigos culturales contemporáneos: sabe cómo operar entre la ironía y la vulnerabilidad, entre el perreo y la política.

Su identidad “latina” no es un escudo de marketing; es un vector de transgresión. En un panorama dominado por narrativas anglocéntricas, Bad Bunny no busca representar a Latinoamérica como un embajador de museo, sino habitarla en toda su contradicción: caótica, sensual, híbrida. En lugar de uniformar la cultura latina bajo una etiqueta respetable, la exhibe en su cruda diversidad. Lo que algunos juzgan como “hipersexualización” es, en realidad, la inversión de una mirada que por siglos exotizó el cuerpo latino; al apropiársela, Bad Bunny convierte la mirada en espejo.

Defender su éxito no es aceptar mediocridad, sino reconocer que el arte no vive solo en la partitura o en la pureza de la voz, sino en la potencia de generar conversación, comunidad y cambio de imaginario. Si el arte tiene que ver con mover el eje de lo posible, entonces Bad Bunny, con toda su distorsión y ambigüedad, es arte en estado puro. Su Super Bowl no fue una concesión al mercado, sino una infiltración del Caribe en el corazón de la cultura global.

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