Estar habitada no es una condición pasiva, llena u ocupada. Es una forma de conciencia colectiva que se construye con una acción permanente, sea desde el arte, la escritura, la ciencia o el activismo social.
Es permitir que el cuerpo, la memoria y la palabra se conviertan en territorio político, porque todo es político, hasta el cuerpo de las mujeres y su violencia. La mujer habitada (1988), una de las novelas más leídas de Gioconda Belli, propone precisamente eso, una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando una mujer deja de ser objeto de la historia y se reconoce como espacio de decisión y acción?
Gioconda Belli nació en Managua en 1948, en una Nicaragua marcada por dictaduras y desigualdades aún persistentes. Su biografía es inseparable de su tiempo: fue militante del Frente Sandinista de Liberación Nacional, conoció el exilio en México y Costa Rica, y atravesó una experiencia política que marcaría su escritura para siempre. Hoy, representa un símbolo de oposición a la dictadura Ortega-Murillo, lo que la mantiene en el exilio, acogida por dos patrias que la han reconocido como lo que es, una mujer universal, habitada por la conciencia. Como recuerda su perfil en Hablemos Escritoras (2025), Belli comprendió que la revolución no podía limitarse al cambio de régimen si no transformaba también el lugar simbólico y material de las mujeres. Esa convicción atraviesa su obra poética y narrativa con una claridad poco frecuente en la literatura política latinoamericana, y explica por qué su voz sigue siendo una referencia indispensable en el presente.
Desde sus primeros libros de poesía, Belli desafió los pactos tácitos del canon. Nombró el cuerpo femenino sin pedir permiso, habló del deseo como potencia y no como culpa, y colocó la experiencia íntima de las mujeres en el centro del relato colectivo. En un contexto donde la épica revolucionaria seguía escrita en clave masculina, su voz introdujo una fisura decisiva. No se trataba solo de luchar contra una dictadura externa, sino contra otra más persistente y limitante: la que se ejerce sobre el cuerpo, la palabra y la autonomía de las mujeres.
La mujer habitada se publica en 1988 bajo el sello SeixBarral y se convierte rápidamente en un texto de referencia. La novela articula dos tiempos y dos conciencias: Lavinia, arquitecta que se incorpora a la lucha contra la dictadura somocista, es habitada por el espíritu de Itzá, una mujer indígena que resistió la conquista española siglos atrás. Como explica la ficha biográfica en Lecturalia, el recurso no es ornamental, sino una tesis narrativa e indica: las luchas no comienzan de nuevo, los cuerpos guardan memoria, la resistencia femenina tiene genealogía. La mujer no es un espacio vacío que la historia ocupa, sino un territorio habitado por experiencias, saberes y rebeldías que la preceden.
El impacto del libro va más allá de su trama. Belli logra algo poco común: articular revolución política, conciencia feminista y narrativa accesible sin caer en consignas ni simplificaciones. La novela circuló ampliamente en América Latina y Europa, fue traducida a varios idiomas y se convirtió en puerta de entrada para lectoras que no se reconocían en los relatos heroicos tradicionales. Allí donde la épica solía excluirlas, la palabra de Belli las incluía sin condescendencia.
A lo largo de su trayectoria, la autora ha sostenido una escritura coherente con esa apuesta inicial. En novelas, ensayos y memorias, ha insistido en que los derechos de las mujeres no son una agenda secundaria ni una concesión cultural, sino un pilar de cualquier proyecto democrático. Esa claridad le ha valido reconocimientos destacados: en 2008 obtuvo el Premio Biblioteca Breve por El infinito en la palma de la mano, como reseñó Europa Press, y en 2023 recibió el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, que la Universidad de Salamanca describe como “el más alto galardón de la poesía en lengua española”.
Pero quizá el mayor reconocimiento de Gioconda Belli no proviene de los premios, sino de su persistencia. A más de tres décadas de La mujer habitada, su obra sigue dialogando con un presente atravesado por regresiones autoritarias, discursos moralizantes y nuevas formas de exclusión. En ese contexto, volver a su escritura no es un ejercicio nostálgico, sino una forma de recuperar una idea fundamental: la palabra escrita por mujeres no solo describe la realidad, también la disputa.
Leer a Gioconda Belli es recordar que la conciencia se habita. Se construye. Se defiende. Y se nombra. Ese sigue siendo el desafío.








