Cuidar la salud permite disfrutar de una vida plena, previene enfermedades y mejora el bienestar físico y mental, además de aumentar la capacidad de realizar actividades cotidianas, enfrentar el estrés y ser más productivos.
Hoy sabemos que casi el 90% de la población en todo el mundo industrializado vive con una salud cardio-metabólica deficiente. Y lo más alarmante es que, por primera vez en la historia moderna, los hijos están viviendo menos que sus padres. ¿No es lógico detenernos y cuestionarlo todo?
Seguimos atrapados en modelos de medicina, farmacia y nutrición que, en lugar de resolver las enfermedades crónicas, parecen diseñados para mantenerlas bajo control sin llegar a la raíz. Es como si hubiéramos aceptado que lo “normal” es vivir enfermos, dependiendo de tratamientos de por vida.
Pero aferrarse a lo aprendido sin revisarlo es como cerrar la puerta a la posibilidad de sanar. La verdadera ciencia, y también la verdadera compasión, requieren humildad: la humildad de dudar, actualizarse y replantear lo que creíamos seguro.
Aquí surge la pregunta incómoda: ¿Están los profesionales de la salud realmente dispuestos a cuestionar lo que les enseñaron en la universidad, o siguen defendiendo un sistema que ya mostró sus límites?
Porque al fin, no se trata solo de estadísticas ni de protocolos: se trata de la vida de millones de personas, de familias enteras que merecen algo más que sobrevivir con diagnósticos y recetas. Se trata de recuperar la esperanza de que la salud no es un privilegio, sino un derecho que exige valentía para cambiar y en mi caso quiero poner mi grano de arena cambiando eso.
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Foto: Nathan Cowley
