En México, en América Latina y en muchas otras regiones del mundo, miles de niñas siguen siendo entregadas en matrimonio al graduarse de primaria; son esposas y madres antes de comprender lo que significa su propia vida. La historia de Eufrosina Cruz Mendoza no solo es excepcional, sino también lapidaria para un sistema que normaliza la violencia y omite nombrarla, condenando a una mujer a un destino que no eligió.

«Ya basta de no nombrarnos. Es momento de empezar a nombrarnos con las palabras correctas, porque lo que no se nombra correctamente, amigas y amigos, no se puede defender, no se puede amar, no se puede empoderar, mucho menos se puede visibilizar».

Hay vidas que nacen escritas por otros. Hay niñas que no tienen nombre, solo destino. Y ese destino suele ser sufrimiento, violencia y abandono. Bajo las llamadas costumbres y tradiciones culturales, muchas de esas historias no se nombran. Otras simplemente desaparecen. Esa fue la historia que Eufrosina vivió y la que siguen viviendo miles de niñas, por quienes hoy lucha desde su Fundación.

Existen comunidades donde el silencio pesa más que la ley, donde el cuerpo de una niña es un bien disponible y el futuro se hereda como rutina incuestionable. Un bucle nefasto que se repite y se naturaliza. Pero a veces, una sola decisión —íntima, silenciosa, profundamente política— rompe ese hilo y deja pasar algo de luz.

A los doce años, Eufrosina Cruz Mendoza decidió no obedecer. No terminó con una costumbre: comenzó a escribir su propio destino. Salió con su ropa en una cajita, cien pesos, el repudio de su padre y el silencio aterrador de su madre. Pero también con una certeza: su vida no podía terminar antes de empezar.

Ese acto de dolor que ella narra no es un episodio biográfico. Es político. Es una ruptura en un sistema que se alimenta del cuerpo de las niñas, del temor de sus padres, de la complicidad de la comunidad y de la indiferencia del Estado. Crecer sin ser nombrada es una forma de desaparición simbólica. No tener nombre es no tener historia. No hay identidad, hay función básica. No hay elección, hay repetición de tradiciones y costumbres.

El punto de quiebre no provino de una política pública ni de una institución. Vino de un aula. De un maestro que la nombró. Que la vio. Porque nombrar a una niña en ese contexto es un acto político y subversivo. La educación legítima no integra: interrumpe, sacude, cuestiona. Ahí la condena deja de ser destino y se convierte en posibilidad.

Por eso, la figura del maestro Joaquín no es una anécdota para ella. Es la piedra angular de una decisión de vida. Representa el primer espacio en el que Eufrosina dejó de ser un destino para convertirse en una posibilidad. Incierta, pero al fin, posibilidad.

Cuando la exclusión se hereda, el aula puede ser el primer espacio de resistencia. Allí donde todo parece definido, la palabra introduce la duda. Y la duda traza senderos nuevos. Una palabra a una niña puede transformar una vida y el destino de una comunidad, de un Estado y de una República.

Su historia no se construye desde la complacencia. No hay heroísmo edulcorado. Hay rabia. “Odié al mundo, odié al sistema, odié haber nacido.” Esa rabia no la detuvo: se convirtió en un motor.

Transformar no a menudo nace de la esperanza. Muchas veces nace de la imposibilidad de aceptar lo que existe. Cuando decidió participar en la vida política de su comunidad, ganó. Y aun así perdió. No por falta de votos, sino por su condición de mujer. El dictamen fue preciso: “Según usos y costumbres, las mujeres no tenían derecho ni a votar ni a ser votadas.”

Ese momento revela el núcleo del problema: la exclusión no es una falla del sistema; es su diseño. Está normada, legitimada y protegida bajo el argumento cultural. Pero Eufrosina no retrocede. Compara lo establecido y lo normado. Lleva esa experiencia a otros espacios, la convierte en causa, en discurso, en acción política.

Como maestra comunitaria en el Consejo Nacional de Fomento Educativo (CONAFE), Eufrosina Cruz Mendoza dio el salto a la vida pública tras denunciar en 2007 la anulación de su triunfo como presidenta municipal por “usos y costumbres”. Se consolidó como referente nacional en materia de derechos políticos de las mujeres indígenas. Fue diputada local en el Congreso de Oaxaca (2010–2013), donde presidió la Mesa Directiva, convirtiéndose en la primera mujer indígena en ocupar ese cargo. Posteriormente, fue diputada federal en la LXII Legislatura del Congreso de la Unión (2012–2015), en la que presidió la Comisión de Asuntos Indígenas. Impulsó reformas en materia de derechos políticos, de participación de las mujeres y de reconocimiento de las comunidades indígenas. Hoy dirige su fundación, enfocada en erradicar el matrimonio infantil y en fortalecer el liderazgo de niñas y mujeres en comunidades rurales.

Eufrosina plantea una idea poderosa y dolorosa, a la vez: para ella, las mujeres son territorio. No como metáfora, sino como realidad política. El cuerpo de las niñas sigue siendo un espacio de control, negociación e imposición. A pesar de contar con reformas que establecieron los 18 años como edad mínima para contraer matrimonio, la costumbre pesa más que la ley.

El matrimonio infantil no es un fenómeno aislado. Es una estructura sostenida por desigualdades económicas, culturales y de poder. Combatirlo no es solo legislar. Es transformar las condiciones que lo hacen posible. Por eso su trabajo no se limita al ámbito institucional. Se desplaza hacia las comunidades. Hacia las niñas. Hacia ese momento en el que el destino aún puede ser reescrito.

La educación no es una solución ingenua. Transforma, sí. Pero también debe incomodar. Porque no solo enseña a integrarse, sino también a cuestionar. Y cuestionar implica conflicto. Para ella, el verdadero alcance de la educación no está en reproducir el orden existente, sino en abrir la posibilidad de otro. De ahí que su apuesta hoy sea concreta: que cada niña escriba su nombre. No como ejercicio escolar, sino como acto de afirmación. Escribir el nombre es existir. Es decir: mi historia no está cerrada.

En su relato, la libertad no aparece como un derecho garantizado. No es una concesión del sistema. Es una conquista. Se arranca a la vida. Se construye desde la adversidad. Se paga con distancia, precariedad y riesgo. Incluso con la posibilidad de perder la vida, como ha ocurrido con otras mujeres que han intentado lo mismo.

Y, aun así, la pregunta persiste: ¿vale la pena? La respuesta, ella no la formula en abstracto. Se encarna en otras niñas. En otras historias que aún están por escribirse. Más de 36 niñas mexicanas son entregadas en matrimonio cada día. Y, obviamente, son violadas porque no hay otro nombre, afirma con contundencia y profundo dolor.

Mientras una sola niña siga siendo entregada como destino, la libertad seguirá siendo una tarea pendiente. Arrancarla no es una opción; es hoy más que nunca una exigencia moral.

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