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Una época marcada por divisiones políticas

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 La política, por su naturaleza, polariza. Pero lo que convierte estos desacuerdos en rupturas personales es nuestra incapacidad para separar a las personas de sus ideas.

Por Dra. Silvia Castro

Esperaba el tren y reflexionaba sobre los últimos años. En una época marcada por divisiones políticas que atraviesan familias y amistades, la pregunta no es si podemos superar estas grietas, sino cómo.

Las diferencias ideológicas, exacerbadas por un clima de polarización cultural, han transformado las mesas familiares y los grupos de amigos en campos de batalla verbales. Sin embargo, en medio de este caos, la gentileza y el perdón emergen como actos radicales de resistencia contra la fragmentación.

La política, por su naturaleza, polariza. Pero lo que convierte estos desacuerdos en rupturas personales es nuestra incapacidad para separar a las personas de sus ideas. En un mundo donde los algoritmos refuerzan nuestras convicciones y demonizan al otro, la empatía se convierte en un acto casi subversivo. Escuchar a alguien con quien estamos en desacuerdo —escuchar realmente— no significa ceder terreno ideológico; significa reconocer su humanidad. Es un recordatorio de que detrás de cada postura política hay una historia personal, un conjunto de experiencias que moldean nuestras creencias.

El perdón, por su parte, no es una absolución del daño causado por palabras o acciones hirientes durante estos conflictos. Más bien, es una manera de liberarnos del peso del resentimiento. Aferrarse al rencor no solo perpetúa la división; también nos consume. Al perdonar, no olvidamos las diferencias ni renunciamos a nuestras convicciones, pero sí elegimos priorizar los vínculos humanos sobre las disputas temporales.

La gentileza hacia quienes piensan diferente tiene un poder transformador. Responder al desprecio con respeto puede parecer ingenuo en un entorno tan polarizado, pero es precisamente esta actitud la que tiene el potencial de desarmar el ciclo interminable de hostilidad.  No resuelve automáticamente las divisiones políticas, pero crea un espacio para el diálogo donde antes solo había confrontación.

En última instancia, debemos recordar que la política es efímera; los gobiernos cambian, los debates evolucionan y las ideologías se transforman con el tiempo. Pero los vínculos familiares y amistosos son nuestro refugio más duradero frente a las tormentas sociales. Permitir que las diferencias políticas destruyan estas relaciones es perder de vista lo esencial: lo que nos une siempre será más poderoso que lo que nos separa.

En tiempos de polarización extrema, elegir la empatía y el perdón no es solo una cuestión moral; es una estrategia para preservar nuestra humanidad compartida. Porque si somos capaces de reconciliarnos en nuestras familias y amistades, quizá también podamos imaginar un futuro donde las diferencias políticas sean motivo de conversación, no de guerra.

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