La escasa presencia de mujeres entre quienes han recibido el Premio Nobel responde a una historia de exclusión educativa, a desigualdades en las carreras científicas y a mecanismos de reconocimiento que han favorecido a los hombres. Los sesgos en las nominaciones, la invisibilización de las aportaciones femeninas y las barreras para acceder a puestos de liderazgo ayudan a explicar una brecha que persiste en los máximos reconocimientos internacionales.

Dr. Miguel A. Torres Batista

Para entender por qué hay menos Premios Nobel entre mujeres, no basta con buscar una sola causa, sino que hay que seguir el hilo de una historia larga y entrelazada, en la que se cruzan siglos de exclusión, sesgos difíciles de ver y barreras que todavía hoy empujan a muchas investigadoras fuera de los grandes escenarios.

Durante siglos, a las mujeres se les negó el acceso a la educación superior y a las instituciones científicas más prestigiosas, esas mismas donde se formaban los futuros candidatos al Nobel; al quedar fuera de esas aulas, de esos laboratorios y de esas redes de mentores, quedaron también fuera de los círculos académicos y profesionales que después deciden quién investiga, quién publica y quién merece reconocimiento.

Ese punto de partida desigual tuvo un efecto dominó: aún hoy, la presencia femenina en puestos de liderazgo, en comités de evaluación y en revistas científicas sigue siendo minoritaria, de modo que sus voces tienen menos peso en las decisiones sobre quién es visible y quién no.

A esto se suma que el propio mecanismo de los Premios Nobel no es neutral. Quienes nominan suelen ser profesores titulares y miembros de academias, un grupo histórico y mayoritariamente masculino, lo que crea un círculo vicioso: si quienes proponen nombres reconocen sobre todo el trabajo de otros hombres con quienes comparten redes, perspectivas y trayectorias, es más probable que las mujeres queden fuera de las candidaturas. De hecho, un análisis estadístico de 2019 concluyó que hay un 96% de probabilidad de que el sesgo contra las mujeres, y no su menor presencia en esos campos, explique la distribución de género en los Nobel; y en los propios comités, las mujeres representan solo una cuarta parte de los miembros. No es que falten científicas brillantes, sino que el sistema que concede el premio arrastra inercias que las invisibilizan.

Esa invisibilización tiene nombre: el «efecto Matilda», esa tendencia a ignorar, restar importancia o atribuir a los colegas hombres los logros de las científicas. Lise Meitner, cuyo trabajo fue fundamental para comprender la fisión nuclear, quedó fuera del Nobel que recibió Otto Hahn; Rosalind Franklin, cuya contribución fue esencial para descubrir la estructura del ADN, tampoco fue reconocida como merecía.

Estos casos no son anécdotas aisladas: son la prueba de un mecanismo que no solo roba crédito, sino que borra referentes y hace creer que la ciencia de alto nivel ha sido siempre cosa de hombres. Y cuando una niña o una joven investigadora no ve modelos femeninos en los grandes premios, el mensaje que recibe, aunque sea silencioso, es que ese lugar no está hecho para ella.

Pero incluso cuando las mujeres logran entrar en la ciencia, se enfrentan a la llamada “tubería que gotea”: abandonan la carrera científica en mayor proporción que los hombres por falta de conciliación, por ambientes hostiles o por exigencias de movilidad internacional que chocan con las responsabilidades de cuidado, que siguen recayendo de manera desproporcionada sobre ellas. Muchas investigadoras se ven obligadas a elegir entre una carrera de élite y la formación de una familia, una disyuntiva que rara vez se les plantea a sus colegas varones.

Desde la sociología de la ciencia, todo esto se entiende mejor si se reconoce que el sistema científico no es neutral: está atravesado por el androcentrismo, por techos de cristal y por una segregación horizontal que concentra a las mujeres Nobel en categorías como la Paz o la Literatura, mientras su presencia en Física, Química o Medicina sigue siendo ínfima.

En definitiva, la escasez de mujeres Nobel en ciencia no refleja falta de talento, interés o esfuerzo, sino siglos de exclusión educativa e institucional, sesgos estructurales en la nominación, la invisibilización sistemática de sus contribuciones y barreras de conciliación que siguen expulsando a muchas investigadoras. La ciencia pierde innumerables talentos y perspectivas con ello.

Por eso, divulgar la ciencia no es solo contar descubrimientos, sino también preguntar quién está haciendo ciencia, quién recibe reconocimiento y quién ha quedado históricamente fuera; reconocer estas causas es el primer paso para transformar un sistema que, hasta ahora, ha sido profundamente desigual.