Los resultados de PISA 2025 muestran el nivel más bajo registrado por la OCDE en lectura, mientras que 739 millones de personas adultas todavía carecen de competencias básicas de alfabetización y casi dos tercios de ellas son mujeres. Leer no garantiza pensamiento crítico, pero permite reconocer matices, contrastar argumentos y acercarse a experiencias que durante siglos quedaron fuera del relato dominante.

“Una mentira puede escribirse en una línea”; sin embargo, explicar por qué lo es requiere contexto, memoria, argumentos y tiempo. Rosa Amor del Olmo parte de esa diferencia en un ensayo publicado en Zenda, donde relaciona la lectura con una capacidad necesaria para la vida pública: interpretar aquello que se escucha y preguntarse quién utiliza las palabras, con qué intención y qué parte de la realidad se deja fuera.

La autora no idealiza los libros ni supone que leer convierta automáticamente a una persona en más tolerante, democrática o inteligente. Su argumento es más concreto porque una lectura que exige atención obliga a permanecer frente a una idea, a reconocer contradicciones y a aceptar que algunos problemas no tienen una explicación inmediata. Esa disposición adquiere otro valor en un entorno informativo en el que titulares, vídeos breves y publicaciones concebidas para provocar una reacción compiten a diario por nuestra atención.

Los resultados de PISA 2025, publicados por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) el pasado 8 de septiembre, aportan un dato preocupante. La evaluación, aplicada a unos 760.000 estudiantes de 15 años en 91 países y economías, registró los promedios más bajos hasta ahora de la OCDE en lectura y matemáticas. En lectura, el descenso acumulado entre 2015 y 2025 fue de 28 puntos.

La brecha entre mujeres y hombres merece una lectura particular. Las adolescentes obtuvieron un promedio de 476 puntos en lectura frente a 446 de los varones, una diferencia de 30 puntos en los países de la OCDE. Ellas alcanzaron mejores resultados en prácticamente todos los países y economías participantes; Kenia y Zambia no presentaron diferencias estadísticamente significativas y Ruanda fue la única excepción en la que los hombres obtuvieron una puntuación superior. La distancia media entre ambos grupos aumentó en 5 puntos a favor de las mujeres respecto de 2022.

El resultado no significa que las adolescentes lean más libros ni permite atribuirles mejores hábitos de lectura. PISA mide las competencias de los estudiantes de 15 años. También muestra un deterioro que afecta a ambos grupos: entre 2022 y 2025 aumentó la proporción de estudiantes con bajo rendimiento lector y el retroceso fue mayor entre los varones. En 2025, el 37 % de ellos y el 25 % de las adolescentes no alcanzaron, en promedio, el nivel básico de competencia lectora en la OCDE.

La diferencia entre mujeres y hombres adquiere otra dimensión al observar la alfabetización de las generaciones adultas. La UNESCO estima que al menos 739 millones de personas adultas en el mundo carecen todavía de competencias básicas de lectura y escritura. Aproximadamente 466 millones son mujeres. El contraste entre las adolescentes que actualmente aventajan a los varones en las pruebas de lectura y las mujeres que representan casi dos tercios de la población adulta sin alfabetización básica muestra el peso que todavía tiene la desigualdad educativa acumulada durante generaciones.

El acceso a la lectura constituye solo una parte del debate social y democrático, porque también importa qué historias encontramos cuando podemos leerlas y quiénes han tenido la posibilidad de escribirlas, publicarlas y de conseguir que permanezcan en bibliotecas y programas educativos.

Del Olmo recurre a Benito Pérez Galdós para explicar cómo la literatura permite acercarse a problemas que el debate público suele reducir a categorías. En Miau, el desempleo adquiere la dimensión personal de quien pierde su lugar en la sociedad; Misericordia aproxima al lector a la pobreza a través de Benina; y Tristana presenta el intento de una mujer de imaginar una existencia que no haya sido previamente decidida por otros.

Esta última novela permite extender la reflexión hacia una historia literaria en la que las mujeres estuvieron ampliamente representadas como personajes sin disponer durante largos periodos de las mismas condiciones para convertirse en autoras, estudiar, publicar o participar en los espacios que establecían qué obras merecían reconocimiento. Incorporar una perspectiva de género a la lectura no exige desechar el canon ni separar los libros escritos por mujeres en una categoría propia. Supone ampliar las experiencias a partir de las cuales conocemos una sociedad.

Virginia Woolf formuló en Una habitación propia una pregunta material que sigue vigente: ¿qué necesita una mujer para escribir? Simone de Beauvoir examinó posteriormente la construcción social de lo que se presentaba como femenino. Toni Morrison narró experiencias atravesadas por la esclavitud, el racismo, la maternidad y la memoria, mientras que Rosario Castellanos convirtió las relaciones entre la cultura, el poder y la condición femenina en un eje central de su obra. Leerlas juntas tampoco produce una definición uniforme de la experiencia de las mujeres; permite advertir precisamente sus diferencias históricas, sociales, raciales y culturales.

La discusión continúa en la industria editorial, ya que en julio de 2025 PEN America reunió a las escritoras Jodi Picoult y Fiona Davis para conversar sobre la recepción diferenciada de las obras de las mujeres. Ambas cuestionaron categorías como “ficción femenina” y señalaron que las novelas históricas pueden recibir un tratamiento crítico distinto según quién las firme. Son testimonios de autoras, no una medición general del mercado editorial, pero muestran que el género continúa formando parte de la conversación sobre cómo se clasifican y se valoran determinados libros.

Ampliar las lecturas tampoco significa sustituir una selección dominada por hombres por otra integrada exclusivamente por mujeres. El propio ensayo de Zenda advierte contra una cultura convertida en instrumento de una sola posición ideológica. La lectura pierde parte de su capacidad crítica cuando solo confirma lo que la persona ya piensa. Galdós puede conducir a Tristana y esta a Woolf, Beauvoir o Castellanos sin necesidad de convertir sus diferencias en una competencia entre autores y autoras.

La cuestión resulta especialmente pertinente cuando se habla de igualdad. Buena parte de las ideas que durante siglos restringieron la educación, la autonomía económica o la participación pública de las mujeres fueron formuladas y difundidas mediante leyes, tratados, discursos religiosos, textos científicos, manuales escolares y obras culturales. Conocer esas palabras permite entender cómo determinadas desigualdades llegaron a considerarse naturales y cómo otras voces comenzaron a cuestionarlas.

Por eso, el deterioro de las competencias lectoras que registra PISA 2025 no debería considerarse únicamente un problema escolar. Una persona que tiene dificultades para comprender un texto complejo dispone de menos recursos para contrastar una noticia, interpretar una norma, reconocer una manipulación o seguir un argumento que exige algo más que una reacción inmediata. La desigualdad en el acceso a esas capacidades tampoco pertenece al pasado mientras cientos de millones de mujeres adultas continúen sin las competencias básicas de alfabetización.

Del Olmo sostiene que la función de la cultura no consiste en decirle al lector qué debe pensar, sino en evitar que otros piensen por él. Los datos recientes introducen una dificultad previa a esa aspiración, pues para ejercer plenamente esa autonomía es necesario poder leer, comprender y disponer de suficientes voces desde las cuales interpretar el mundo. La presencia de las mujeres entre quienes escriben, publican y son leídas forma parte de esa pluralidad.

Referencias

Amor del Olmo, R. (2026, 16 de septiembre). La cultura no es un adorno: una democracia que deja de leer empieza a obedecer. Zenda.
https://www.zendalibros.com/la-cultura-no-es-un-adorno-una-democracia-que-deja-de-leer-empieza-a-obedecer/

Hiremath, A. (2025, 15 de julio). For women writers, gender discrimination is no fiction. PEN America.
https://pen.org/for-women-writers-gender-discrimination-is-no-fiction/

Organisation for Economic Co-operation and Development. (2026). PISA 2025 results (Volume I): Future-ready students. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/73451bc5-en

UNESCO. (2025). UNESCO Literacy Prizes 2025 spotlight literacy in the digital era.
https://www.unesco.org/en/articles/unesco-literacy-prizes-2025-spotlight-literacy-digital-era

UNESCO. (s. f.). Alfabetización: qué debe saber.
https://www.unesco.org/es/literacy/need-know