Las organizaciones criminales pueden ofrecer un sentido de pertenencia y reconocimiento a adolescentes y jóvenes que buscan un lugar en su entorno. La criminología estudia cómo se aprenden las conductas violentas, qué factores favorecen su persistencia y dónde puede intervenir la prevención.

Valery Contreras Steller


El reclutamiento de adolescentes y jóvenes por parte de organizaciones criminales no necesariamente comienza con la comisión de un delito grave. Puede desarrollarse a través de relaciones personales, experiencias de violencia y vínculos con grupos en los que la agresión adquiere valor como demostración de lealtad, poder o reconocimiento.

Para comprender ese proceso, la criminología examina cómo se aprenden las conductas delictivas y de qué manera estas llegan a incorporarse a la identidad de una persona. Ningún adolescente nace con una identidad criminal. Su trayectoria se desarrolla en interacción con circunstancias familiares, sociales e individuales que pueden aumentar o disminuir la exposición a determinados riesgos.

David Farrington (2005), desde la criminología del desarrollo, identificó factores asociados con la conducta antisocial, entre ellos el maltrato infantil, la supervisión parental insuficiente, las dificultades escolares, la relación con pares que delinquen y las condiciones de los entornos en los que crecen niños y adolescentes. La presencia de esos factores no determina por sí sola una trayectoria delictiva; sus efectos dependen de cómo se relacionan entre sí y de las experiencias particulares de cada persona. 

La adolescencia es una etapa especialmente importante para la construcción de la identidad y la búsqueda de reconocimiento. Cuando un joven encuentra aceptación en un grupo criminal, puede comenzar a adoptar sus símbolos, jerarquías y códigos de conducta. La pertenencia se refuerza mediante relaciones en las que se premian determinadas acciones y se sancionan otras.

Las organizaciones criminales pueden aprovechar esas necesidades para ofrecer protección, ingresos, prestigio o un lugar dentro del grupo. En ese entorno, la violencia puede convertirse en una forma de demostrar compromiso y obtener reconocimiento entre sus integrantes.

La teoría de la asociación diferencial de Edwin Sutherland ayuda a comprender este proceso. Según su planteamiento, la conducta delictiva se aprende mediante la interacción con otras personas, incluidas las técnicas para cometer delitos y las interpretaciones que permiten justificarlos. Un adolescente que mantiene vínculos estrechos con personas que legitiman la agresión puede aprender a considerarla una respuesta aceptable en determinadas situaciones.

La teoría del aprendizaje social de Ronald Akers amplía esta explicación al examinar cómo las conductas se mantienen mediante la imitación, las recompensas y las consecuencias que se les atribuyen. Si intimidar o agredir proporciona reconocimiento dentro del grupo, esas conductas pueden reforzarse y repetirse.

El maltrato animal, abordado en las notas anteriores de esta serie, merece atención en el estudio de las conductas violentas. La crueldad hacia un ser con menor capacidad de defensa puede estar relacionada con experiencias de victimización, la búsqueda de control u otras manifestaciones de comportamiento antisocial.

Arnold Arluke y sus colaboradores (1999) compararon los antecedentes de 153 personas registradas por maltrato animal con los de otras 153 personas de un grupo de control. Encontraron una mayor frecuencia de distintos comportamientos antisociales entre quienes habían maltratado animales, incluidos delitos violentos, contra la propiedad y relacionados con drogas. El estudio también cuestionó la idea de que la violencia contra los animales preceda necesariamente a la violencia contra las personas: en los registros examinados, podía aparecer antes o después. 

Este hallazgo impide interpretar el maltrato animal como una primera etapa obligatoria de una carrera criminal. Su relevancia para la prevención radica en la posibilidad de identificar conductas que requieren atención y examinar las circunstancias en las que se producen.

Cuando la violencia es aceptada dentro de un grupo, puede adquirir un significado distinto para quien la ejerce. Intimidar a otra persona, guardar silencio ante un delito o participar en una agresión pueden convertirse en pruebas de pertenencia. En ese proceso, el reconocimiento de los compañeros y el temor a perder su aceptación pueden influir en las decisiones del adolescente.

La construcción de identidad también ayuda a comprender por qué abandonar una organización criminal puede resultar difícil. La salida puede implicar la pérdida de vínculos, de protección, de ingresos y del lugar que una persona ha alcanzado dentro del grupo. Las respuestas preventivas y de reintegración deben considerar esas necesidades, así como los riesgos asociados a la permanencia en la organización.

En Costa Rica, el reclutamiento de adolescentes y jóvenes por parte de estructuras criminales plantea desafíos para las instituciones educativas, las familias, las comunidades y los sistemas de protección. La intervención policial y judicial atiende una parte del problema; la prevención requiere actuar sobre las condiciones que facilitan la captación y sostienen la permanencia en esos grupos.

Mantener a los adolescentes vinculados al sistema educativo, ofrecer oportunidades de participación comunitaria, atender las experiencias de violencia y fortalecer las redes de apoyo pueden reducir las situaciones de vulnerabilidad. También es necesario reconocer tempranamente conductas de crueldad hacia personas o animales, sin convertirlas en etiquetas permanentes sobre quienes las ejercen.

Comprender cómo se aprende y se refuerza la violencia permite orientar las intervenciones antes de que determinadas conductas se consoliden. Para un adolescente que busca pertenencia, contar con vínculos protectores y con oportunidades reales fuera de una organización criminal puede ser decisivo.

*Licenciada en Criminología – Creadora del programa «Dejando Huellas». Por un mundo sin violencia. 

Referencias

Akers, R. L. (1998). Social learning and social structure: A general theory of crime and deviance. Northeastern University Press.

Arluke, A., Levin, J., Luke, C., & Ascione, F. R. (1999). The relationship of animal abuse to violence and other forms of antisocial behaviour. Journal of Interpersonal Violence, 14(9), 963–975. https://doi.org/10.1177/088626099014009004

Decker, S. H., & Van Winkle, B. (1996). Life in the gang: Family, friends, and violence. Cambridge University Press. https://doi.org/10.1017/CBO9780511626067

Erikson, E. H. (1968). Identity: Youth and crisis. W. W. Norton & Company.

Farrington, D. P. (2005). Childhood origins of antisocial behaviour. Clinical Psychology & Psychotherapy, 12(3), 177–190. https://doi.org/10.1002/cpp.448

Sutherland, E. H. (1947). Principles of criminology (4.ª ed.). J. B. Lippincott.