El programa cultural de Alternativa para Alemania en Sajonia-Anhalt propone condicionar la financiación pública, cuestiona la Bauhaus y rechaza expresiones artísticas asociadas al feminismo y la diversidad. Detrás de esa disputa se esconde un debate mayor sobre quién define la identidad nacional, qué memorias deben preservarse y cuánto espacio hay para una cultura crítica.
La cultura suele parecer un terreno distante de la disputa electoral, pero deja de serlo cuando una fuerza política intenta decidir qué expresiones artísticas representan a la nación y cuáles merecen apoyo público. Ese es el debate que atraviesa actualmente Sajonia-Anhalt, donde Alternativa para Alemania (AfD) aspira a convertirse en la principal fuerza política regional y ha puesto museos, teatros, archivos y centros culturales en su agenda.
Según Deutsche Welle, el programa del partido contempla que artistas e instituciones firmen una declaración en la que se comprometen a no “menospreciar a Alemania ni a su cultura” como condición para recibir financiación estatal. El problema no está únicamente en la exigencia formal, sino en la amplitud con la que puede interpretarse lo que el partido considera “antialemán”.
Hans-Thomas Tillschneider, portavoz de política cultural de AfD en el Parlamento regional, ofreció una pista al explicar su posición. Durante una intervención parlamentaria, puso como ejemplo una producción operística reinterpretada desde una perspectiva “feminista deconstructivista”, que, a su juicio, encajaría en ese tipo de arte que no debería financiarse con recursos públicos.
La referencia no es poco significativa. La cultura con perspectiva de género, al igual que las obras que revisan la memoria histórica, las relaciones de poder o la diversidad sexual, suele cuestionar los relatos tradicionales sobre la familia, la nación, la autoridad y la representación. Por eso, para los movimientos ultraconservadores, la disputa cultural no se limita a los gustos estéticos. También implica decidir qué valores ocupan el centro del espacio público.
La Bauhaus se ha convertido en uno de los ejemplos más visibles de esa confrontación. Fundada en 1919 y reconocida internacionalmente por su papel en la transformación de la arquitectura, el diseño y las artes modernas, fue clausurada durante el régimen nazi tras ser considerada incompatible con su visión cultural. Un siglo después, responsables de la Fundación Bauhaus advierten que algunas expresiones utilizadas por AfD recuperan un lenguaje sorprendentemente similar al empleado contra la escuela durante el periodo de entreguerras.
Barbara Steiner, directora de la Fundación Bauhaus, explicó a Deutsche Welle que el programa del partido cuestiona el protagonismo que actualmente tiene esta institución en la identidad cultural de Sajonia-Anhalt y propone reemplazar el lema regional vinculado al pensamiento moderno por otro centrado en “pensar de forma alemana”. Para Steiner, la formulación tiene resonancias históricas que no pueden ignorarse.
La preocupación de museos y teatros se centra especialmente en la financiación. Buena parte de las instituciones culturales alemanas depende de recursos públicos para sostener su programación, sus archivos, bibliotecas, exposiciones y proyectos educativos. Condicionar esos fondos a criterios ideológicos podría tener un efecto directo en qué obras se producen, qué historias se representan y cuáles quedan fuera de escena.
Desde una perspectiva de género, el riesgo resulta especialmente evidente cuando se cuestionan expresiones artísticas que revisan la historia desde la experiencia de las mujeres o incorporan miradas feministas. Durante décadas, museos, archivos y teatros han trabajado para recuperar a creadoras invisibilizadas, revisar los cánones masculinos y mostrar cómo la desigualdad también atraviesa la producción cultural. Convertir esas lecturas en ejemplos de “arte antialemán” implica trasladar una disputa política al terreno de la memoria y de la representación.
El debate también abarca la diversidad dentro de las instituciones culturales. El teatro contemporáneo, por ejemplo, ha ampliado en los últimos años la presencia de mujeres, personas migrantes, comunidades LGBTQ+ y otras voces que durante mucho tiempo ocuparon lugares marginales. Para los sectores nacionalistas, esa apertura suele interpretarse como una pérdida de identidad; para las instituciones culturales, forma parte del carácter plural de una sociedad democrática.
Annegret Laabs, directora del Museo de Arte de Magdeburgo y portavoz de la iniciativa Kultur ist Vielfalt und Heimat, advirtió que limitar la financiación según una definición política de lo que debe entenderse por cultura alemana podría afectar directamente la libertad artística. La iniciativa reúne a instituciones y artistas preocupados por el impacto que tendría una política cultural orientada a privilegiar determinadas expresiones nacionales por encima de otras.
La discusión revela por qué la cultura ocupa un lugar tan importante en los proyectos políticos ultraconservadores. Controlar la financiación, cuestionar determinadas memorias y señalar qué expresiones resultan aceptables permite intervenir en la manera en que una sociedad se representa a sí misma. El arte deja entonces de ser solo producción estética y se convierte en un espacio donde se disputan la identidad, la historia y el poder.
En ese escenario, el feminismo aparece como uno de los blancos porque precisamente ha transformado la manera de leer esos tres elementos. Ha preguntado quién escribió la historia, quién quedó fuera de los museos, quién tuvo derecho a crear y qué experiencias fueron consideradas dignas de representación. Por eso, cuando una política cultural busca restaurar una visión homogénea de la nación, las miradas de género, la diversidad y la memoria crítica suelen convertirse rápidamente en un terreno de conflicto.
Referencia
Grenier, E. (2026, 7 de agosto). La ultraderecha alemana pone a la cultura en la mira. Deutsche Welle. https://www.dw.com/es/la-ultraderecha-alemana-pone-a-la-cultura-en-la-mira/a-78285750








