La historia muestra que el arte ha servido tanto para legitimar imperios, religiones y Estados como para cuestionarlos. En la actualidad, las relaciones de poder atraviesan otras decisiones menos visibles: quién puede crear, qué experiencias llegan a los museos, qué obras reciben financiación y quién decide aquello que una sociedad termina por reconocer como arte.
Durante siglos, el poder utilizó el arte para construir una imagen de sí mismo. Templos, esculturas, retratos, monumentos y grandes obras arquitectónicas representaron dioses, gobernantes, victorias militares y estructuras sociales. El arte no solo registraba una época; también contribuía a definir quién merecía ocupar el centro de la representación.
El escritor nicaragüense Yasser Salamanca Sunsín recupera esa relación en su artículo titulado «Efectos del arte en las relaciones de poder», publicado en agosto en Meer. Su recorrido parte de los imperios de la Antigüedad, pasa por el poder religioso medieval, los mecenazgos renacentistas y las revoluciones políticas, y llega hasta una discusión contemporánea menos evidente: el poder también interviene cuando se decide quién puede producir arte, cómo se financia, qué se exhibe y quién obtiene reconocimiento.
La perspectiva de género permite profundizar en esa discusión porque, durante buena parte de la historia occidental, las mujeres no participaron en igualdad de condiciones en las instituciones donde se aprendía, se producía y se legitimaba el arte.
La historiadora estadounidense Linda Nochlin planteó el problema en 1971 con una pregunta deliberadamente provocadora: ¿por qué no ha habido grandes mujeres artistas? Su respuesta cambió el lugar desde el cual debía observarse la desigualdad. En lugar de buscar una supuesta diferencia de talento entre mujeres y hombres, examinó las condiciones institucionales necesarias para convertirse en artista: formación, acceso a academias, posibilidad de estudiar modelos desnudos, disponibilidad de tiempo, talleres, contactos profesionales y sistemas de mecenazgo.
La ausencia no estaba necesariamente en la creación. También estaba en las oportunidades para desarrollarla y en los mecanismos utilizados posteriormente para reconocerla.
Más de medio siglo después de aquel ensayo, el problema no ha desaparecido. UNESCO señalaba en 2024 que las mujeres artistas habían comenzado a recibir un mayor reconocimiento mediante nuevas políticas de adquisición de los museos y una presencia creciente en exposiciones importantes, pero advertía que la paridad continuaba distante.
Esta diferencia obliga a mirar más allá de las obras. Una exposición puede abordar la igualdad, la diversidad, el racismo o los derechos humanos y funcionar dentro de una estructura cultural en la que persisten desigualdades que determinan qué se exhibe. También puede ocurrir lo contrario: una obra sin pretensiones políticas puede modificar aquello que una sociedad considera digno de ser observado.
Aquí resulta útil el pensamiento del filósofo francés Jacques Rancière, una de las principales referencias de Salamanca Sunsín. Su relación entre estética y política no depende únicamente del contenido ideológico de una obra. También comprende la organización de aquello que puede hacerse visible, escucharse y reconocerse en un espacio compartido.
La cuestión adquiere otra dimensión cuando se observa desde el género. Durante siglos, determinadas experiencias masculinas pudieron presentarse como universales, mientras que asuntos relacionados con la vida de las mujeres fueron clasificados como domésticos, íntimos o menores. Algo similar ocurrió con numerosas experiencias indígenas, afrodescendientes y de las diversidades sexuales, situadas durante largos periodos fuera de los relatos culturales dominantes.
Incorporarlas no significa establecer que las mujeres deban producir un arte específicamente femenino ni que una persona LGBTIQ+ tenga que convertir su identidad en el contenido de su obra.
Nochlin cuestionaba la idea de que existiera necesariamente un estilo femenino identificable por determinadas características. La elección de ciertos temas tampoco permite, por sí misma, definir un arte como femenino. Su planteamiento desplazaba la discusión hacia las condiciones sociales e institucionales en las que una persona puede desarrollar una trayectoria artística.
Ese principio sigue siendo importante. Una mujer puede pintar maternidades, cuerpos, violencia o desigualdad, pero también paisajes, abstracciones o cualquier otro tema. Una persona de la diversidad sexual puede crear una obra sobre su identidad o no hacerlo. La perspectiva de género no determina qué deben crear las personas; permite analizar si cuentan con las mismas posibilidades para hacerlo y para ser reconocidas.
Por eso, los museos, las galerías, la crítica, las instituciones culturales, los mercados, los premios y la financiación forman parte de la discusión.
Pierre Bourdieu analizó el arte como un campo en el que diversos actores e instituciones intervienen en la construcción del reconocimiento. Salamanca Sunsín recupera esa dimensión al señalar que, aunque las posibilidades creativas contemporáneas se hayan ampliado, continúa existiendo una selección de aquello que finalmente será legitimado, financiado, exhibido y discutido.
La desigualdad cultural no puede medirse únicamente por el número de mujeres representadas en las obras. Importa saber quién las creó, quién dirige las instituciones que las conservan, quién realiza las curadurías, qué artistas reciben recursos, quién accede a los grandes circuitos de exhibición y cuánto paga el mercado por sus trabajos.
El cambio ya puede observarse. Museos de diferentes países han comenzado a revisar sus colecciones, recuperar artistas históricamente relegadas y modificar sus políticas de adquisición. La recuperación de creadoras como Artemisia Gentileschi, que en 1616 se convirtió en la primera mujer admitida en la prestigiosa Accademia delle Arti del Disegno de Florencia, permite, además, revisar una historia que durante mucho tiempo presentó la creación artística principalmente a partir de trayectorias masculinas.
Pero incorporar nombres olvidados no resuelve por sí solo el problema planteado hace más de cinco décadas por Nochlin. Su crítica no consistía simplemente en encontrar mujeres artistas y agregarlas a una historia previamente construida, sino en examinar las instituciones que habían determinado quién podía alcanzar la categoría de gran artista.
Esa pregunta sigue vigente porque el poder cultural tampoco desapareció cuando el arte ganó libertad temática. Cambiaron sus mecanismos y se multiplicaron las voces capaces de disputar los espacios de representación.
El arte puede denunciar una injusticia, acompañar una revolución, cuestionar los roles de género o no ocuparse directamente de ninguno de esos asuntos. Su libertad creativa también reside en esa posibilidad. Lo que una perspectiva de género exige revisar son las condiciones que permiten que unas obras lleguen al espacio público, mientras que otras permanecen fuera de él.
Democratizar el arte no consiste en decidir qué deben pintar, escribir, interpretar o representar las personas. Consiste en ampliar la posibilidad de crear y disputar, en igualdad de condiciones, el derecho a formar parte de aquello que una sociedad denomina cultura.
Referencias
Bourdieu, P. (1996). The rules of art: Genesis and structure of the literary field (S. Emanuel, Trad.). Stanford University Press. https://www.sup.org/books/title/?id=3079
Nochlin, L. (1971, enero). Why have there been no great women artists? ARTnews, 69(9), 22–39, 67–71. https://www.artnews.com/art-news/retrospective/why-have-there-been-no-great-women-artists-4201/
Rancière, J. (2004). The politics of aesthetics: The distribution of the sensible (G. Rockhill, Trad.). Continuum. https://www.bloomsbury.com/us/politics-of-aesthetics-9780826489548/
Salamanca Sunsín, Y. (2026, 24 de agosto). Efectos del arte en las relaciones de poder: ¿Cómo se desplaza la consistencia política en el arte contemporáneo? Meer. https://www.meer.com/es/111682-efectos-del-arte-en-las-relaciones-de-poder
UNESCO. (2024, 1 de octubre). Women enter the picture. https://www.unesco.org/en/articles/women-enter-picture








