A nivel regional, un grupo de empresas ha comenzado a transformar la responsabilidad social en políticas medibles de género, diversidad e inclusión. Pero más allá de los rankings y los reconocimientos, la pregunta persiste: ¿se trata de un cambio estructural en el poder corporativo o de una sofisticación del discurso empresarial?
El discurso sobre la sostenibilidad dejó de ser una narrativa aspiracional para convertirse en una métrica verificable. Empresas como BAC, FIFCO, Dos Pinos, Grupo Purdy, Holcim y Walmart Centroamérica ya no solo reportan resultados financieros, sino también impactos sociales, ambientales y de gobernanza (ESG), con un énfasis creciente en la igualdad de género, la diversidad y los derechos laborales. La pregunta ya no es si tienen programas, sino qué tan estructurales —y medibles— son.
El ecosistema empresarial costarricense ha sido particularmente activo en este proceso, impulsado por redes como la Asociación Empresarial para el Desarrollo (AED), que articula al sector privado en torno a estándares de sostenibilidad, y por iniciativas como Pride Connection Costa Rica, que promueve entornos laborales inclusivos para personas LGBTIQ+. Este tipo de plataformas ha permitido pasar de acciones aisladas a compromisos colectivos, como la Declaración de San José 2025, en la que más de 100 organizaciones se comprometieron públicamente con la inclusión y el respeto a la diversidad.
A nivel institucional, el Estado también ha elevado el estándar. El Sistema de Gestión de Igualdad de Género (SIGEG), impulsado por el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social (MTSS) y el Instituto Nacional de las Mujeres (INAMU), reconoce anualmente a empresas que integran la igualdad de género en su gestión interna: desde las políticas salariales hasta la prevención del acoso y el acceso al liderazgo.
En este contexto, varias compañías destacan no solo por su reputación, sino también por la institucionalización de sus programas. BAC se ha posicionado como referente regional en sostenibilidad financiera. Su liderazgo en rankings ESG, como Merco, no es casualidad: ha desarrollado líneas de financiamiento inclusivo, programas de educación financiera para mujeres y políticas internas de equidad de género en puestos de liderazgo. Su enfoque combina negocio e inclusión, una tendencia clave en la banca moderna.
FIFCO es uno de los casos más sólidos de la región. La empresa ha integrado la sostenibilidad en su modelo de negocio bajo la lógica de la “triple utilidad” (económica, social y ambiental). En materia de género, ha avanzado en la representación de las mujeres en puestos de decisión y en programas de bienestar laboral, así como en políticas explícitas de diversidad e inclusión.
Cooperativa Dos Pinos, por su naturaleza cooperativa, introduce una dimensión distinta: la equidad no solo como política interna, sino también como principio organizativo. Sus programas de desarrollo para asociados incluyen capacitación, bienestar social y fortalecimiento económico, con un impacto directo en las mujeres rurales vinculadas al sector agroproductivo.
Grupo Purdy, en el sector automotriz, ha sido reconocido por sus políticas internas de diversidad e inclusión laboral. En un sector históricamente masculinizado, su avance en la incorporación de mujeres a áreas técnicas y de liderazgo representa un cambio estructural más que simbólico.
Holcim Costa Rica destaca por su alineación con los estándares internacionales. Es firmante de los Principios para el Empoderamiento de las Mujeres de ONU Mujeres, lo que implica compromisos verificables en el liderazgo femenino, la igualdad salarial y la cultura organizacional inclusiva. Además, ha trabajado para incrementar la participación de las mujeres en la alta gerencia, un indicador crítico en la región.
Walmart Centroamérica, por su escala, tiene un impacto sistémico. Sus programas incluyen apoyo a mujeres emprendedoras en su cadena de suministro, políticas de inclusión laboral y estrategias de sostenibilidad que vinculan el género con el desarrollo económico local.
A estas se suma Hologic, empresa del sector médico con operaciones en Costa Rica, que ha impulsado políticas de diversidad e inclusión en un campo altamente especializado, integrando talento femenino en áreas científicas y tecnológicas.
Ahora bien, un punto clave en la evolución de estos programas es su expansión a comunidades, especialmente en iniciativas dirigidas a niñas y jóvenes.
Aunque en Costa Rica este componente aún es menos sistemático que en otras regiones, comienza a consolidarse en programas de formación STEM, en mentorías y en el desarrollo de habilidades digitales. Aquí es donde la articulación entre el sector privado, el Estado y las organizaciones civiles se vuelve estratégica. Las empresas ya no operan aisladas: participan en redes, firman compromisos internacionales y se someten a evaluaciones externas. Esto reduce el margen de “responsabilidad social cosmética” y obliga a reportar resultados concretos.
Empresas como Mercado Libre (con programas de formación tecnológica para mujeres y adolescentes), Natura (con metas públicas de equidad salarial y de liderazgo femenino) y Grupo Boticário (con alta participación de mujeres en el liderazgo y programas de formación laboral) han llevado la agenda de género al centro de su estrategia corporativa.
La diferencia entre estas compañías y aquellas que apenas inician no está en el discurso, sino en la estructura: metas cuantificables, reportes públicos, auditorías y vinculación directa con el negocio.
El avance es innegable, pero también incompleto. La mayoría de las empresas en la región aún no alcanza la paridad en la alta dirección y la inclusión de poblaciones LGBTIQ+ sigue siendo desigual según el sector y el país. Sin embargo, el cambio de paradigma ya ocurrió. Hoy, la igualdad de género y la diversidad no son solo un imperativo ético: son indicadores de competitividad, innovación y sostenibilidad. Y en ese terreno, Costa Rica —con su articulación entre empresa, Estado y sociedad civil— empieza a consolidarse como un laboratorio regional donde la responsabilidad social deja de ser una narrativa y se convierte en política.








