La angustia que sentimos al ver a hombres obsesionados con calorías, suplementos y bisturíes es la misma que las mujeres han vivido observando a amigas desaparecer detrás de dietas feroces y cirugías de alto riesgo.
Alucinante. En la penumbra azulada de la pantalla, un adolescente ajusta el ángulo de su celular. Contrae la mandíbula, entorna los ojos y se pasa la mano por el cabello, con una coreografía ensayada. Luego abre TikTok y escribe la palabra mágica de su generación: el looksmaxxing. No quiere ser bello, quiere optimizarse, convertirse en una versión numéricamente superior de sí mismo, afinada a golpes de tutorial y algoritmo.
Hasta hace poco, esa obsesión en un joven habría parecido una vanidad excéntrica. El trabajo estético —dieta, depilación, cremas, tintes, cirugías programadas— pertenecía a las mujeres, y el mundo lo miraba con una mezcla de burla y exigencia. Hoy, en cambio, una generación de varones jóvenes descubre que también ellos tienen “defectos” que deben corregirse, “puntos de mejora” que se pueden trabajar, rasgos que hay que “maximizar”. Y de pronto, casi por arte de magia, la cultura parece dispuesta a reconocer la crueldad de los estándares de belleza.
El looksmaxxing condensa una crisis de masculinidad. No se trata solo de verse mejor, sino de competir en un mercado imaginario donde cada rasgo corporal tiene un valor: proporciones de hombros, porcentaje de grasa, definición mandibular. El cuerpo es un activo financiero y la autoestima, un gráfico que sube o baja según los likes y los matches.
El lenguaje delata la lógica: no se habla de “aceptarse”, sino de “subir de liga”, “salir del rango de perdedores”. Lo inquietante es que en esa brutalidad resuena una verdad que las mujeres han formulado durante décadas.
La angustia que sentimos al ver a hombres obsesionados con calorías, suplementos y bisturís es la misma que ellas han vivido al ver a amigas desaparecer detrás de dietas feroces y cirugías de alto riesgo. Lo que cambia no es el mecanismo, sino el sujeto y la rapidez con que ahora sí diagnosticamos la enfermedad.
La pregunta incómoda es por qué resulta más fácil empatizar con la tiranía de la belleza cuando la víctima es masculina.
Durante siglos, el cuerpo del hombre fue herramienta o armadura, no mercancía. Él debía ser competente, no bonito. Las redes sociales dinamitaron esa distancia: la cámara frontal iguala a todos.
El varón que antes se creía inmune a la evaluación constante descubre que también puede ser objeto de evaluación y reacciona con una mezcla de vulnerabilidad y afán de control.
Aquí entra el género. El looksmaxxing ofrece a muchos hombres una ilusión de dominio en un mundo donde el trabajo es precario y los privilegios masculinos se cuestionan.
Si nada es seguro, al menos queda la promesa de la mandíbula esculpida. Pero bajo ese consuelo opera la misma vergüenza del cuerpo “insuficiente” y el mismo sistema que enfrenta entre sí a quienes sufren, mientras la industria de la inseguridad sigue cobrando.
La oportunidad quizá está en esta empatía tardía. Al ver a chicos atrapados en la lógica del “antes y después”, la sociedad puede, por fin, entender lo que han vivido las mujeres sin hashtag ni nombre en inglés.
El reto es usar esa conciencia no para lamentar apenas la última moda masculina, sino para cuestionar el régimen entero: qué significa cuidar el cuerpo sin odiarlo, qué masculinidad podría mirarse al espejo sin convertirlo en tribunal, qué pasaría si en lugar de enseñar a “maximizar” el rostro, nos atreviéramos a reducir el poder de la apariencia sobre la vida.








