Durante décadas fue reducida a una caricatura de excentricidad y locura. Pero en la intimidad, Guadalupe Amor fue, según el testimonio de Marco Rojas Siqueiros, una mente rigurosa, disciplinada y profundamente lúcida. Esta es la historia de una relación que desarma el mito desde la experiencia directa: no como un acercamiento metafórico a la artista, sino como vida y complicidad compartida.

A Marco Rojas Siqueiros no lo llevó la literatura a Pita Amor. Lo llevó la necesidad. “Era mi única salida para no reprobar la materia”, recuerda sobre un concurso de declamación en secundaria. Con dislexia y dificultades de escritura, encontró en una biblioteca «Yo soy mi propia casa». Se detuvo en “Casa Redonda” y lo memorizó sin comprenderlo del todo. “No gané el concurso, pero sí obtuve los dos puntos que me habrían permitido aprobar la materia”. 

Tal vez hoy pueda recordar —ya no el poema en sí, sino su figura consustancial dentro del poema— desde otro lugar, con el peso de lo vivido. Como si aquellas palabras hubieran estado esperando su cuerpo, su voz, su presencia:

“Las mañanas eran noches,
las noches desvanecidas,
las penas muy bien logradas,
las dichas muy mal vividas.”

Dos años después, la vio en la Zona Rosa. “Inmediatamente supe que era ella quien, con su poesía, me ayudó a aprobar la materia”. Se acercó, le ofreció el brazo y recibió una respuesta que marcaría el tono de todo lo que vendría: “No me hables de usted, háblame de tú, soy Pita”. 

Lo que siguió fue una escena que define el vínculo desde el inicio, marcada por un signo entre susto, tragedia y, al final, risas y alivio: una joyería, un anillo que “se quedó en su dedo sin querer”, nuestra primera comida en Sanborns, la vergüenza, el susto, el desconcierto. “Yo me sentí tan apenado y casi cómplice de algo que para ella era de absoluta trivialidad”, nos comenta. Pero también reconoce lo que lo atrapó desde ese primer contacto: “Lo que más me sorprendió fue su excentricidad y su seguridad”.  

Desde ese momento, no se separaron. “Yo nunca he dejado de admirarla desde aquel poema”.  Con el tiempo, ese recuerdo dejó de ser solo memoria y empezó a tener cuerpo en la convivencia, como si aquellos versos hubieran encontrado su lugar en la experiencia:

“Me estoy volcando hacia fuera
y ahogándome estoy por dentro.
El mundo es solo una esfera,
y es al mundo al que pidiera
totalidad, que no encuentro.”

La convivencia se organizó con una lógica clara: él facilitaba la vida cotidiana y ella enseñaba. “Ella me propuso darme clases de dicción y escritura mientras yo le ayudaba con las tareas del sobrevivir diario. Yo acepté”. 

A partir de ese momento, la relación entre ambos evoluciona de anecdótica a un sistema estructurado de aprendizaje.

En público, Pita era un personaje al límite. En privado, otra cosa. “Muy pronto me di cuenta de que Pita tenía una dualidad admirable… en la intimidad era la persona más dulce y comprensiva”. La describe como disciplinada, organizada y rigurosa: “dividía sus actividades por hora y por tema”. Pero también vulnerable, dependiendo de su asistencia para lo cotidiano, incluso para sostener su economía: “acompañándola a deambular por la Zona Rosa para ofrecer sus dibujos y escritos”. 

Frente a la imagen de “locura”, su respuesta es directa: “Definitivamente la vida la orilló a protegerse… la excentricidad la salvaría”. No era descontrol: era defensa contra una sociedad que no comprendía ni a la artista, ni a la persona y aún, hoy día, su obra.

“Mi locura es portentosa                                                                                                   mi locura es de espejismos,                                                                                            mi vida de cataclismos                                                                                                  y es de locura la rosa”

La misma lógica de control permea su relación con la palabra evocada por Pita.

La enseñanza no era romántica ni florida. Era exigente. “Aquí no se trata de talento sino de inteligencia, disciplina y genialidad”, le decía ella. Para escribir, había método: “¿Qué quieres transmitir?, ¿qué forma quieres usar?, ¿qué palabras necesitas?”. Nada quedaba librado a la intuición. “Escribir es… practicar el deporte del pensar respetando la métrica poética a la perfección”. 

Para Rojas, esa formación fue determinante. “Fui más autocrítico… entendí que tenía la gran responsabilidad de educarme y aprender”. La poesía de Pita no era forma: era pensamiento. “No son solo poemas con palabras vanas… son conclusiones filosóficas e intelectuales profundas”. 

Esa exigencia intelectual también definía la convivencia cotidiana.

En lo cotidiano, la convivencia tenía sus propias reglas. “Disciplina ritual, muchos silencios y rutinas calculadas”. Las conversaciones eran exigentes: “para mí era como un constante ‘ser evaluado’, ‘corregido’, ‘regañado’”. Pero también había afecto, reservado y selectivo: “fuimos muy pocos los escogidos para recibir estos gestos de cariño”. 

Su intolerancia era clara: “La estupidez humana”. Y su respuesta, inmediata. Si alguien la interrumpía: “Si tienes algo más inteligente que decir… súbete al escenario y dilo”. No evitaba la confrontación: la dominaba.

Rojas no oculta su decisión: “Me aferré a absorber su conocimiento”. La relación evolucionó hasta volverse inseparable. Incluso asumió el rol de representante y gestionó recitales para generar ingresos. “Éramos inseparables”. 

Pero toda intensidad tiene un punto de quiebre.

La ruptura fue inevitable. “Yo no quería separarme… pero ella me ordenó que me fuera y que disfrutara el mundo”. Se despidieron sabiendo que era el final. “Nos abrazamos por horas y luego me fui a Canadá”. 

Sobre su lugar en la literatura, no duda: después de Sor Juana Inés de la Cruz, no hay comparación. “Por la inteligencia de su poesía y por la perfección métrica”. Pero insiste en el error: fue mal leída, reducida, burlada. “Gente sin capacidad para ver más allá”. 

Cuando se le pide una imagen, la construye sin titubeos: “Sentada en su trono de oro en el Palacio de Bellas Artes, recibiendo una ovación de 18 minutos de pie”. 

Y cuando se le pide una definición, responde sin matices: “Sin ella no sería yo. Ella fue mi hija, mi madre, mi abuela, mi amiga, mi maestra”. 

En esa frase hay una declaración de origen. Un origen que no se quedó como un hito en su memoria. Se convirtió en trayectoria y experiencia de vida. Marco A. Rojas Siqueiros ha desarrollado su vida en diálogo permanente con el arte y el pensamiento, en un proceso autodidacta que atraviesa múltiples disciplinas y en una labor sostenida de promoción cultural. Paralelamente, su labor como trabajador social lo ha llevado a acompañar a personas migrantes en sus procesos de integración en Canadá desde una perspectiva humana y psicosocial. Entre ambos mundos —el arte y la vida profesional— se sostiene una misma práctica: pensar, comprender y traducir la experiencia. La misma que aprendió de Pita Amor.

Y quizá todo vuelva siempre a ese primer poema, donde intentó entenderla —y terminó por entenderse—, y donde se encuentra todavía anclado su pensamiento, ese que le evoca casi con nostalgia cuando se le pregunta por ella:

“Casa redonda tenía
de redonda soledad…”

Fuentes:

Dirección de Literatura, UNAM. (1991). Guadalupe Amor. Poesía Moderna No. 163. Grupo Edición. 

Centro Nacional de las Artes de México. (2016). “Casa redonda tenía” Guadalupe Amor.  

Rojas Siqueiros, Marco A. Entrevista personal (29 de abril de 2026).

Fotografía aportada por Marco A. Rojas Siqueiros de su archivo personal.