La compañía chilena “Generación del Ayer”, integrada por tres bailarinas de más de 80 años, presenta su obra Somos, una propuesta escénica que cuestiona la exclusión de la vejez en las artes y reivindica el cuerpo como espacio de memoria, política y libertad.
Según el reportaje publicado por The Clinic (2026), la agrupación se define como un colectivo que “sigue trabajando revolucionariamente en libertad”, en un contexto en el que la edad suele constituir un límite implícito para la creación artística. La obra no se construye desde la excepcionalidad, sino desde la continuidad: bailar como forma de vida, no como un episodio tardío.
La pieza, inspirada en dinámicas como el juego de las sillas musicales, articula una metáfora directa sobre la exclusión: cuerpos que compiten, avanzan y quedan fuera. Pero en escena se produce una inversión simbólica. Las bailarinas —históricamente desplazadas por edad— ocupan el centro y tensionan la lógica que define quién permanece visible.
La edad como posición política
Lejos de tratar la vejez como un estado pasivo, la obra la sitúa como un lugar de enunciación. No se trata de “incluir” a las personas mayores en el arte, sino de reconocer que la edad produce discurso.
En palabras recogidas por The Clinic, el trabajo con personas mayores no responde a una mirada asistencialista, sino a la necesidad de abrir espacio a “la discursividad que tiene la edad” en una sociedad que valora casi exclusivamente la productividad. La marginalidad no es natural; es construida.
Este enfoque se inscribe en una corriente más amplia de la danza contemporánea que cuestiona el edadismo y amplía la noción de cuerpo escénico, incorporando trayectorias vitales diversas como parte del lenguaje artístico.
Persistir como acto estético
Las bailarinas insisten en una idea central: hay que hacerse el espacio. No desde la indulgencia, sino desde la práctica rigurosa. El riesgo —señalan— no es la edad, sino la falta de exigencia.
Ese posicionamiento rompe con dos narrativas frecuentes: la romantización de la vejez y su invisibilización. Aquí no hay nostalgia ni espectáculo de fragilidad. Hay presencia.
En esa línea, figuras como Eileen Kramer han demostrado que la danza puede sostenerse más allá de los límites biológicos que impone el imaginario cultural, transformándose en el proceso.
Cultura frente a la lógica del rendimiento
“La cultura es lo que va a salvar el mundo”, afirman las intérpretes. La frase, lejos de ser retórica, se inscribe en una crítica directa a la lógica del rendimiento que estructura las sociedades contemporáneas.
En ese marco, la escena se convierte en un espacio de resistencia: un lugar donde los cuerpos que el sistema descarta recuperan su centralidad. La obra no solo interpela al campo artístico, sino también a la organización social en su conjunto.
Un cuerpo que incomoda
Ver a tres mujeres de más de 80 años bailar sigue siendo excepcional. Y esa excepcionalidad revela el problema.
La obra Somos no busca conmover desde la fragilidad, sino interpelar desde la persistencia. Porque cuando estos cuerpos ocupan el escenario, lo que se fractura no es solo un canon estético, sino también una jerarquía social: la que decide qué vidas siguen siendo visibles y cuáles pueden desaparecer.