La polémica en torno a “La Casita”, el espacio reservado que Bad Bunny incorpora a sus conciertos, reabrió una discusión ya conocida en el feminismo. Mujeres que bailan reguetón, asisten a conciertos o disfrutan de artistas con letras y prácticas discutibles vuelven a ser examinadas por sus gustos, mientras la industria musical conserva reglas de acceso marcadas por el dinero, la imagen y el estatus.

La periodista Laura Luengo publicó en Artículo 14 una nota sobre el debate generado en torno a Bad Bunny y a las mujeres que acceden a “La Casita”, un espacio dentro de sus espectáculos asociado a celebridades, personas con visibilidad pública e invitadas seleccionadas. El caso suscitó críticas sobre la cosificación, el privilegio y la coherencia feminista.

La discusión no nació con Bad Bunny, porque el reguetón ha sido cuestionado durante años por sus letras sexualizadas, sus videoclips centrados en cuerpos femeninos y sus formas de consumo en las que el deseo masculino suele ordenar la escena. Al mismo tiempo, millones de mujeres lo bailan, lo cantan y lo disfrutan sin que esa experiencia pueda reducirse a la sumisión o a la falta de conciencia política.

Beatriz Gimeno, activista feminista citada en el artículo 14, rechazó que el feminismo tenga que examinar cada decisión individual de las mujeres como una prueba moral. “Claro que es compatible ser feminista y perrear o disfrutar de artistas que reproducen dinámicas de desigualdad porque la mayoría del arte, del entretenimiento y de la literatura lo hace y disfrutamos de ello”, afirmó.

Carolina Pulido, experta en género consultada por el mismo medio, planteó una idea similar: para ella, es separar el disfrute de la mirada crítica. «Puedes disfrutar del perreo y, al mismo tiempo, mantener una mirada crítica sobre las dinámicas que reproduce. Una cosa no invalida a la otra”, explicó.

El punto más delicado de la discusión surge cuando la crítica se dirige con más fuerza contra las mujeres que participan en esos espacios que contra la industria que los organiza. Pulido sostuvo que resulta más fácil señalar a las mujeres que preguntarse quién construye esos escenarios, quién decide el acceso y quién se beneficia de ellos.

Bad Bunny ocupa un lugar particular en esa conversación porque no encaja plenamente en el molde clásico de masculinidad del reguetón. El artista puertorriqueño ha usado ropa, gestos y discursos que descolocan algunos códigos tradicionales de género, pero sus conciertos y canciones siguen formando parte de una industria musical atravesada por el mercado, el deseo, las jerarquías y el consumo de cuerpos.

Gimeno fue cautelosa al valorar esa imagen pública. “No sé si Bad Bunny desafía estereotipos de género; unos sí y otros, en cambio, los reafirman. Yo no le pondría de ejemplo en cuanto al género, lo que no quiere decir que no lo disfrutes”, señaló en la nota de Luengo.

Ahora bien, la vida cultural de las mujeres no ocurre fuera del machismo, del mercado ni de los mandatos de belleza. Ocurre dentro de ellos. Bailar a una canción, asistir a un concierto o ver un espectáculo no elimina la posibilidad de cuestionar sus reglas.

La exigencia de coherencia absoluta recae con especial fuerza sobre las feministas, porque a otras posiciones políticas rara vez se les pide justificar cada consumo cultural, cada gusto musical o cada contradicción cotidiana. En cambio, las mujeres que se reconocen feministas suelen verse obligadas a explicar por qué bailan, qué escuchan, cómo se visten o qué celebran.

Gimeno dejó ahí una tarea pendiente. “Al feminismo contemporáneo le falta pensar el placer y la sexualidad, o más bien, volver a pensar en ello. Le faltan una agenda sexual y una crítica a la sexualidad patriarcal que no pase por renunciar a nada”, dijo.

Referencias

Luengo, L. (2026, 7 de junio). ¿Se puede ser feminista y perrear? Placer, crítica y contradicciones en la era de Bad Bunny. Artículo14. https://www.articulo14.es/016-ni-una-mas/se-puede-ser-feminista-y-perrear-placer-critica-y-contradicciones-en-la-era-bad-bunny-20260607.html