Engordar, adelgazar, envejecer, mostrar arrugas, tener curvas o perderlas puede convertir el cuerpo de una mujer en un tema de conversación pública. Las críticas recientes dirigidas a Ariana Grande y Georgina Rodríguez muestran que el problema no radica en alcanzar un determinado canon de belleza, sino en una cultura que todavía considera legítimo observar, evaluar y corregir la apariencia femenina.
A Georgina Rodríguez la cuestionan por haber aumentado de peso. A Ariana Grande, porque está demasiado delgada. Ashley Graham ha escuchado que su cuerpo ocupa demasiado espacio y Chiara Ferragni ha recibido comentarios tanto por su delgadez como por los cambios asociados al paso de los años. Las razones parecen contradictorias, pero el juicio parte de una premisa común: el cuerpo femenino sigue siendo tratado como un espacio abierto a la evaluación colectiva.
La discusión volvió a cobrar fuerza esta semana después de que Rodríguez respondiera públicamente a los comentarios sobre su apariencia. La empresaria cuestionó quién establece cuál debe ser el cuerpo considerado correcto y recordó que las observaciones sobre su peso reaparecen cada verano. Por el contrario, la apariencia de Ariana Grande ha generado durante años especulaciones sobre su delgadez y su estado de salud, hasta convertir los cambios en su cuerpo en una conversación paralela a su carrera artística.
El caso de Grande permite advertir sobre otra dimensión del problema. Comentar el cuerpo de una persona con una expresión de preocupación no vuelve necesariamente esa observación inocua. Especialistas consultados recientemente por Associated Press, a propósito de las nuevas discusiones sobre la cantante, han advertido de que especular públicamente sobre la salud de una persona a partir de su apariencia puede reforzar ideas perjudiciales sobre el peso y trasladarlas a audiencias mucho más amplias.
La vigilancia tampoco desaparece cuando una mujer se ajusta aparentemente a los cánones dominantes. Puede ser demasiado delgada, demasiado voluptuosa, demasiado musculosa, demasiado mayor o excesivamente intervenida. Incluso aquello que recibe aprobación puede dejar de recibirla cuando cambia la moda. La imposibilidad de satisfacer de manera definitiva el estándar convierte la apariencia en una evaluación permanente.
La psicóloga Lara Ferreiro lo explica en el artículo publicado en Vanitatis como una contradicción propia del sistema de belleza contemporáneo. A las mujeres se les exige delgadez, aunque no demasiada; curvas acompañadas de un abdomen plano y juventud que no parezca artificial. Desde esa perspectiva, el canon no ofrece realmente una meta alcanzable, porque mantiene abierta la posibilidad de encontrar siempre alguna característica susceptible de corrección.
Esa observación tiene respaldo en un campo de investigación que lleva décadas estudiando la autoobjetificación, un concepto utilizado para describir el proceso mediante el cual una persona interioriza la mirada externa y comienza a observar y evaluar su propio cuerpo desde la perspectiva de quienes la contemplan.
Las redes sociales introdujeron una diferencia importante. La mirada ya no procede únicamente de revistas, de la televisión, de la publicidad o de personas cercanas. Una fotografía puede quedar sometida de inmediato a miles de comentarios, comparaciones y valoraciones, mientras las plataformas ofrecen un flujo continuo de imágenes con las que contrastar el propio cuerpo.
Un metaanálisis publicado en 2025 en la revista científica Body Image, basado en 68 investigaciones y 218 tamaños de efecto, encontró una asociación estadísticamente significativa entre el uso de redes sociales y la autoobjetificación. Los investigadores también determinaron que la edad y el tipo de contenido consumido influyen en dicha relación.
Otra revisión sistemática publicada en 2025 encontró que el consumo de contenidos muy visuales y centrados en la apariencia se asocia con niveles más altos de autoobjetificación, preocupación por la imagen corporal y riesgos asociados a los trastornos de la conducta alimentaria. La evidencia disponible vincula, además, la autoobjetificación con la vigilancia corporal y la vergüenza respecto del propio cuerpo.
El fenómeno permite entender por qué el problema no termina cuando desaparece el comentario ofensivo. La mirada externa puede convertirse en una forma de vigilancia interior. Una mujer comienza a preguntarse cómo se ve antes que cómo se siente, compara fotografías, examina cambios de peso o de envejecimiento y aprende a contemplarse como si estuviera frente a una audiencia permanente.
La presión adquiere, además, características distintas según la edad, la raza, la clase social o el tipo de cuerpo. Los modelos de belleza históricamente privilegiados no han valorado de la misma manera los cuerpos racializados, gordos, envejecidos o con discapacidad. Tampoco las consecuencias profesionales del escrutinio recaen necesariamente por igual sobre todas las mujeres.
Ahí aparece otro componente de género. Pilar Conde, psicóloga consultada por Vanitatis, señala que cuando una mujer destaca por su trabajo como cantante, actriz, escritora o empresaria, parte de la conversación pública puede desplazarse de sus capacidades hacia su apariencia. Sus logros permanecen, pero comienzan a competir por la atención con preguntas sobre cuánto pesa, cómo envejece o qué modificaciones ha hecho en su rostro.
Ashley Graham lo ha experimentado durante buena parte de su carrera. Convertida en una de las modelos que cuestionaron las tallas tradicionalmente aceptadas por la industria, ha relatado que recibió mensajes en los que se le decía que su cuerpo, su risa e incluso sus ambiciones ocupaban demasiado espacio. Chiara Ferragni ha contado una experiencia diferente pero relacionada: recordó épocas de extrema delgadez vinculadas a momentos de tristeza y a la obsesión por comer de una manera que consideraba perfecta.
El debate requiere especial cuidado cuando se relaciona la apariencia con la salud. Un cuerpo no permite conocer por sí solo si una persona atraviesa una enfermedad, recibe un tratamiento determinado, enfrenta ansiedad o depresión, vive un duelo, tiene un trastorno alimentario o simplemente ha cambiado con el tiempo. Convertir una fotografía en diagnóstico añade especulación médica al escrutinio estético.
La discusión sobre Ariana Grande y Georgina Rodríguez adquiere importancia precisamente cuando deja de tratarse de ellas. Millones de mujeres sin exposición pública reciben comentarios similares en la familia, en el trabajo, en la escuela y en las redes sociales. La diferencia es de escala, no necesariamente de naturaleza.
Por eso, desplazar el debate desde la positividad hacia la neutralidad corporal abre una perspectiva distinta. No exige sentirse bella permanentemente ni convertir la aceptación física en una nueva obligación. Propone reconocer que el cuerpo merece cuidado y respeto, independientemente de su capacidad para satisfacer una expectativa estética.
Una sociedad que observa a una mujer adelgazar y le exige engordar, para después observar a otra engordar y exigirle adelgazar, revela bastante más sobre sus propias exigencias que sobre los cuerpos que pretende juzgar. Ariana Grande y Georgina Rodríguez se encuentran en extremos opuestos de esa evaluación, pero ambas muestran el mismo problema: todavía concedemos a la mirada pública una autoridad sobre el cuerpo femenino que rara vez cuestionamos.
Referencias
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https://www.vanitatis.elconfidencial.com/estilo/belleza/2026-08-08/georgina-rodriguez-ariana-grande-hipervigilancia-cuerpo-mujeres_4402474/
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https://doi.org/10.1016/j.bodyim.2025.101895








