Amenazar o maltratar a un animal puede ser una forma de intimidar a una mujer en una relación violenta. La criminología estudia cómo los agresores utilizan el vínculo afectivo con las mascotas para ejercer poder y obstaculizar la búsqueda de ayuda.

Valery Contreras Steller*

«Si me dejas, voy a matar al perro». 

Una amenaza como esta puede condicionar la decisión de una mujer que intenta abandonar una relación violenta. El agresor conoce el vínculo que mantiene con su mascota y utiliza el temor a perderla o verla sufrir para intimidarla. El animal es víctima directa de la amenaza, pero el daño que se pretende causar también afecta a la persona que lo cuida.

Desde la criminología, esta conducta puede analizarse como una forma de instrumentalización del animal. La agresión cumple una función dentro de una dinámica de poder y control: provocar miedo, castigar una decisión o impedir que la víctima actúe con libertad.

El maltrato puede manifestarse mediante golpes, amenazas de muerte, retención del animal, abandono deliberado o privación de cuidados. En una relación de pareja violenta, esas conductas adquieren un significado particular cuando se emplean para afectar emocionalmente a la mujer o para controlar sus decisiones.

La relación entre el maltrato animal y la violencia de pareja cuenta con antecedentes científicos. En 2007, Frank Ascione y sus colaboradores publicaron en Violence Against Women una investigación que comparó los testimonios de mujeres alojadas en refugios por violencia doméstica con los de mujeres que no habían denunciado violencia de pareja.

Las participantes del primer grupo tenían una probabilidad casi 11 veces mayor de informar que sus parejas habían herido o matado a sus mascotas. Los informes de amenazas contra los animales también fueron más de cuatro veces superiores. Los investigadores encontraron, además, que algunas mujeres habían retrasado la búsqueda de refugio debido a la preocupación por sus animales de compañía. 

La decisión de abandonar una relación violenta puede complicarse cuando la mujer no sabe qué le ocurrirá a su mascota. Si el agresor amenaza con retenerla o con hacerle daño, la búsqueda de protección también exige garantizar la seguridad del animal.

Jennifer Hardesty y sus colaboradoras y colaboradores examinaron esta situación en un estudio publicado en 2013. Entrevistaron a 19 mujeres propietarias de mascotas que habían buscado ayuda en un refugio. Sus relatos mostraron que el control coercitivo influía en las decisiones sobre los animales y en los planes para salir de la relación. La investigación también identificó necesidades de apoyo por parte de los refugios y de los servicios veterinarios. 

La instrumentalización no siempre requiere una amenaza explícita. El agresor puede golpear al animal frente a la víctima, negarle atención veterinaria o utilizarlo como castigo tras una discusión. La conducta puede buscar que la mujer anticipe las consecuencias de desobedecer o de abandonar la relación.

En 2019, Amy Fitzgerald, Betty Jo Barrett, Rochelle Stevenson y Chi Ho Cheung analizaron información proporcionada por mujeres que habían acudido a refugios en Canadá. Las participantes percibieron las amenazas contra sus mascotas, el maltrato emocional hacia los animales y la negligencia como conductas deliberadas para alterarlas y controlarlas. Los resultados sobre la violencia física contra los animales fueron menos concluyentes respecto de la intencionalidad. 

Esta diferencia merece atención. La presencia de maltrato animal en una relación no demuestra, por sí sola, que haya sido utilizado para controlar a la pareja. La valoración criminológica requiere examinar los antecedentes, la intención que puede establecerse a partir de los hechos, la reiteración de las conductas y su relación con otras formas de intimidación.

Una revisión sistemática publicada por Michelle Cleary y sus colaboradores en 2021 también encontró una relación entre el maltrato animal y la violencia de pareja. La investigación examinó la frecuencia, las motivaciones y las consecuencias de estas agresiones tanto en las personas afectadas como en los animales implicados. 

Reconocer esta conexión tiene consecuencias para la atención a las mujeres que buscan ayuda. Preguntar si existen animales en el hogar, si han recibido amenazas y qué posibilidades hay de protegerlos puede aportar información relevante para valorar el riesgo y planificar una salida segura.

La protección de las mascotas no sustituye las medidas destinadas a resguardar a la mujer. Puede formar parte de ellas cuando el agresor utiliza al animal para mantener el control.

El animal conserva su condición de víctima, aunque la agresión también tenga como destinataria a otra persona. Identificar ambas dimensiones permite comprender mejor el daño y atender una preocupación que puede influir directamente en la decisión de una mujer de abandonar una relación violenta.

*Licenciada en Criminología – Creadora del programa «Dejando Huellas». Por un mundo sin violencia. 

Referencias

Ascione, F. R., Weber, C. V., Thompson, T. M., Heath, J., Maruyama, M., & Hayashi, K. (2007). Battered pets and domestic violence: Animal abuse reported by women experiencing intimate violence and by nonabused women. Violence Against Women, 13(4), 354–373. https://doi.org/10.1177/1077801207299201

Cleary, M., Thapa, D. K., West, S., Westman, M., & Kornhaber, R. (2021). Animal abuse in the context of adult intimate partner violence: A systematic review. Aggression and Violent Behaviour, 61, Article 101676. https://doi.org/10.1016/j.avb.2021.101676

Fitzgerald, A. J., Barrett, B. J., Stevenson, R., & Cheung, C. H. (2019). Animal maltreatment in the context of intimate partner violence: A manifestation of power and control? Violence Against Women, 25(15), 1806–1828. https://doi.org/10.1177/1077801218824993

Hardesty, J. L., Khaw, L., Ridgway, M. D., Weber, C., & Miles, T. (2013). Coercive control and abused women’s decisions about their pets when seeking shelter. Journal of Interpersonal Violence, 28(13), 2617–2639. https://doi.org/10.1177/0886260513487994