La vicepresidenta afrodescendiente que simbolizó una ruptura histórica enfrenta hoy el debate centrado en el feminismo latinoamericano: ¿puede el Estado transformar realmente las estructuras patriarcales o termina neutralizando a quienes intentan cambiarlo desde dentro?
La llegada de Francia Márquez a la vicepresidencia de Colombia fue interpretada en América Latina como un acontecimiento político de profunda historicidad. No solo porque una mujer afrodescendiente alcanzaba uno de los cargos más altos del continente. Sino también porque su figura condensaba múltiples luchas históricamente marginadas por el poder: el feminismo popular, la defensa ambiental, los derechos territoriales, las resistencias afrodescendientes y las voces comunitarias que durante décadas permanecieron fuera del Estado.
Francia Márquez no surgía de las élites tradicionales ni de las estructuras políticas clásicas. Provenía de los territorios atravesados por la violencia, el extractivismo y el abandono estatal. Su discurso no estaba construido a partir de los lenguajes tecnocráticos del poder, sino a partir de las experiencias concretas de exclusión, racismo y despojo.
Precisamente por eso, su ascenso generó enormes expectativas en los movimientos feministas, decoloniales y sociales latinoamericanos: por primera vez, los márgenes parecían ingresar al centro mismo del aparato estatal.
Sin embargo, a casi cuatro años de aquel triunfo político, el debate que hoy atraviesa buena parte del feminismo crítico latinoamericano ya no gira únicamente en torno a la importancia simbólica de su llegada al poder. También se centra en los límites reales que el propio Estado impone a las agendas transformadoras.
La discusión es delicada porque no se trata de cuestionar la legitimidad histórica de Francia Márquez ni de desconocer el carácter profundamente racista y patriarcal de los ataques que ha recibido por parte de sectores conservadores colombianos. Por el contrario, muchas de las críticas provienen precisamente de sectores feministas afrodescendientes y populares que inicialmente vieron en ella una posibilidad de ruptura estructural.
El cuestionamiento de fondo es otro: ¿hasta qué punto el aparato estatal terminó por absorber, moderar o neutralizar la potencia política que representaba su liderazgo?
Ahí aparece uno de los debates más complejos planteados por pensadoras como Rita Segato, quien durante años ha insistido en que el Estado latinoamericano continúa funcionando bajo lógicas profundamente patriarcales, coloniales y jerárquicas, incluso cuando incorpora mujeres en espacios de poder. Desde esa perspectiva, el problema no es únicamente quién ocupa los cargos institucionales, sino la estructura misma del poder que esas figuras deben administrar.
El señalamiento no significa que Francia Márquez “abandonó” sus luchas ni “traicionó” a los movimientos sociales. La tesis es más estructural y, precisamente por ello, más compleja: el sistema político tiene una enorme capacidad para domesticar las agendas disruptivas y convertir liderazgos insurgentes en figuras atrapadas por las limitaciones burocráticas, partidarias y gubernamentales.
En otras palabras, el cuestionamiento no recae únicamente sobre la vicepresidenta, sino sobre el Estado mismo. Porque, una vez dentro de las instituciones, las personas que quieren hacer cambios deben negociar constantemente con intereses económicos, partidos políticos, fuerzas militares, élites administrativas, tensiones diplomáticas, gobernabilidad y dinámicas políticas que históricamente han sido dominadas por hombres y con jerarquías rígidas.
El resultado suele ser una contradicción dolorosa para muchos movimientos sociales porque quienes llegaron para transformar el sistema terminan obligados a administrarlo. Ese fenómeno no es exclusivo de Colombia. Hoy atraviesa una extensa parte de América Latina. En México, sectores feministas cuestionan las contradicciones entre el avance de las mujeres hacia el poder y la persistencia de los feminicidios. En Chile, los movimientos sociales debatieron sobre las limitaciones institucionales del progresismo. En Argentina, el avance de sectores ultraconservadores desencadenó una reacción antifeminista que también obligó a revisar las estrategias del feminismo institucional.
Pero el caso de Francia Márquez posee una carga simbólica particularmente poderosa porque encarnaba mucho más que una mera representación política. Su figura representaba la posibilidad de que las mujeres racializadas, pobres, comunitarias y periféricas no solo ingresaran al Estado, sino que también modificaran profundamente sus lógicas históricas.
La sensación de desencanto que algunos sectores expresan hoy nace precisamente de la distancia entre esa expectativa de transformación radical y las restricciones concretas que impone el ejercicio del poder institucional.
Y ahí emerge una de las preguntas centrales del feminismo latinoamericano contemporáneo: ¿es posible desmontar estructuras patriarcales desde dentro de instituciones construidas históricamente bajo esas mismas lógicas? El feminismo institucional ha logrado conquistas históricas indiscutibles: leyes de paridad; políticas contra la violencia; derechos sexuales y reproductivos; reconocimiento jurídico; y mayor representación política.
Pero al mismo tiempo, los feminismos populares y decoloniales advierten que la representación simbólica no garantiza necesariamente transformaciones estructurales profundas. Una mujer puede ejercer el poder sin que el sistema deje de funcionar bajo dinámicas patriarcales, racistas o neoliberales.
En ese sentido, Francia Márquez terminó convirtiéndose, quizá involuntariamente, en el rostro de una paradoja histórica latinoamericana, debido a que mientras más mujeres llegan al poder, más evidente se vuelve que el acceso institucional, por sí solo, no desmantela automáticamente las estructuras de exclusión.
Tal vez por eso, la discusión en torno a su figura resulta tan importante para América Latina porque obliga a pensar algo más profundo que la mera representación política. En el contexto actual, obliga a preguntarse si el poder realmente cambia de naturaleza cuando las mujeres llegan a ocuparlo o si, por el contrario, las instituciones terminan absorbiendo y moldeando incluso a quienes prometían transformarlas desde la raíz.
Referencias:
Curiel, O. (2007). La crítica postcolonial desde las prácticas políticas del feminismo antirracista. Revista Nómadas, (26). Universidad Central de Colombia. https://accesoalajusticia.poder- judicial.go.cr/index.php/interseccionalidad?download=1646%3Ala-critica-postcolonial-al-feminismo
Gago, V. (2019, 13 de febrero). El feminismo está reconceptualizando el internacionalismo desde la práctica. El Salto Diario. https://www.elsaltodiario.com/feminismos/veronica- gago-ni-una-menos-argentina-femenicidios-internacionalismo
Mora, N. (2024, 16 de febrero). ‘Igualada’, el documental que retrata de dónde viene Francia Márquez. El País América Colombia. https://elpais.com/america-colombia/2024- 02-16/igualada-el-documental-que-retrata-de-donde-viene-francia-marquez.html
Parada Lugo, Valentina. (4 de mayo de 2026). “Rita Segato en Colombia: ‘Los hombres tienen que burlarse del mandato de la masculinidad’”. El País América Colombia. https://elpais.com/america-colombia/2026-05-04/rita-segato-en-colombia-los-hombres-tienen-que-burlarse-del-mandato-de-la-masculinidad.htm








