Las mujeres con párkinson y otras enfermedades neurodegenerativas llegan más tarde a terapias avanzadas. La evidencia apunta a factores sociales —no solo clínicos— como la principal causa.
Las mujeres con enfermedades neurodegenerativas no acceden a la atención médica en condiciones de igualdad. En el caso del Parkinson, datos recientes muestran que llegan más tarde a terapias avanzadas y lo hacen con cuadros más deteriorados, una brecha que los especialistas atribuyen a factores sociales y estructurales más que a diferencias biológicas.
Un reportaje de Estela Nieto, publicado en ConSalud, documenta que las mujeres acceden con menor frecuencia a tratamientos como la estimulación cerebral profunda o las terapias de infusión continua. Para cuando se realizan las derivaciones, la enfermedad suele estar más avanzada, lo que limita la efectividad de estas intervenciones.
El problema, coinciden los expertos, no es únicamente médico. La forma en que el sistema de salud interpreta los síntomas y las condiciones sociales en las que viven las pacientes incide directamente en el retraso.
Uno de los factores más relevantes es el sesgo en el diagnóstico. Mientras los hombres presentan con mayor frecuencia síntomas motores visibles, las mujeres suelen manifestar signos menos evidentes, como dolor, ansiedad o depresión, que tienden a ser subestimados o atribuidos a causas emocionales.
La Organización Mundial de la Salud ha advertido de que los sesgos de género en la práctica médica pueden retrasar el diagnóstico de enfermedades crónicas, especialmente cuando los síntomas no coinciden con los patrones tradicionalmente estudiados.
A esto se suma un factor determinante: la carga de cuidados. En América Latina, las mujeres dedican significativamente más tiempo al trabajo no remunerado, lo que reduce su capacidad para asistir a controles médicos o sostener tratamientos prolongados.
Datos de la CEPAL indican que las mujeres realizan hasta tres veces más trabajo doméstico y de cuidados que los hombres. Esta sobrecarga se traduce en consultas tardías, interrupciones en los tratamientos y menor acceso a servicios especializados.
El hallazgo del estudio, con respecto a los factores sociales, es contundente:
El 80% de los hombres cuenta con su pareja como cuidadora principal, mientras que en las mujeres esta cifra cae al 53,6%, dependiendo más de sus hijos u otros familiares. Además, se ha observado que los hombres suelen tomar decisiones más activas, mientras que las mujeres manifiestan con mayor frecuencia dudas o temor ante posibles complicaciones quirúrgicas. (Nieto, E., ConSalud).
Las terapias avanzadas requieren no solo indicación médica, sino también condiciones materiales: recursos económicos, redes de apoyo y disponibilidad de tiempo. En este contexto, las mujeres enfrentan desventajas adicionales debido a menores ingresos y a una mayor informalidad laboral.
Estas condiciones limitan su capacidad para desplazarse a centros especializados o para cumplir con tratamientos que requieren seguimiento constante.
La desigualdad también se reproduce en la investigación. Diversos informes han señalado que las mujeres han estado históricamente subrepresentadas en ensayos clínicos, lo que reduce la evidencia disponible sobre cómo evolucionan estas enfermedades en ellas y cómo responden a los tratamientos.
La Alzheimer’s Association ha advertido de que esta falta de datos contribuye a diagnósticos menos precisos y a decisiones terapéuticas menos ajustadas a las necesidades de las pacientes.
Aunque el Parkinson evidencia con claridad estas brechas, el patrón se extiende a otras enfermedades neurodegenerativas. En el caso del Alzheimer, las mujeres representan cerca de dos tercios de los casos a nivel global, pero esto no se traduce en una atención diferenciada ni en políticas específicas.
El resultado es consistente: diagnósticos más tardíos, menor acceso a los tratamientos y mayor deterioro funcional.
El impacto de estas desigualdades es directo en aspectos como una mayor progresión de la enfermedad al momento del tratamiento, una menor eficacia de las terapias disponibles y una mayor dependencia y un mayor deterioro de la calidad de vida.
En términos clínicos y sociales, esto significa que la desigualdad de género se traduce en peores resultados en salud.
La evidencia coincide en un punto crucial: la diferencia no está en la enfermedad, sino en el acceso. Corregir esta brecha implica revisar los protocolos clínicos, incorporar un enfoque de género en la atención médica y reducir las barreras sociales que limitan el acceso de las mujeres a los servicios de salud.
Mientras estos factores no se aborden, las enfermedades neurodegenerativas seguirán avanzando de manera desigual y afectando severamente a las mujeres.
Referencias
Alzheimer’s Association. (2023). 2023 Alzheimer’s disease facts and figures. Alzheimer’s & Dementia.
CEPAL. (2022). La sociedad del cuidado: horizonte para una recuperación sostenible con igualdad de género.
ConSalud. (2026). Desigualdad de género en el Parkinson: las mujeres acceden más tarde y menos frecuentemente a terapias avanzadas. https://www.consalud.es/pacientes/desigualdad-de-genero-en-el-parkinson-las-mujeres-acceden-mas-tarde-y-menos-frecuentemente-a-terapias-avanzadas.html
Organización Mundial de la Salud. (2023). Dementia. https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/dementia








