En redes sociales, la maternidad se presenta como una experiencia armónica, estética y controlada. Pero ese relato dominante —producido desde condiciones de privilegio— excluye las realidades de millones de mujeres atravesadas por la pobreza, la precariedad laboral y la falta de redes de cuido, con efectos concretos en su salud mental.

En el ecosistema digital contemporáneo, la maternidad se ha convertido en un contenido de alto consumo. Imágenes de bebés impecables, hogares ordenados, rutinas equilibradas y madres emocionalmente disponibles circulan masivamente en plataformas como Instagram y TikTok. Este modelo —consistente, repetitivo y aspiracional— configura lo que especialistas comienzan a denominar “maternidad digital”: una narrativa visual y discursiva que estandariza cómo debería vivirse la experiencia de maternar.

No es la representación en sí el problema sino el sesgo de esta, ya que varios análisis sobre género y medios advierten que este tipo de contenidos suelen ser producidos por mujeres que tienen acceso a recursos materiales, tiempo, redes de apoyo y estabilidad económica. En ese contexto, la maternidad aparece como un proyecto gestionable, incluso optimizable. Sin embargo, esta representación no es neutra: establece un parámetro que invisibiliza otras maternidades atravesadas por desigualdades estructurales.

La ONU Mujeres ha señalado que las mujeres continúan asumiendo la mayor parte del trabajo de cuidados no remunerado a nivel global, una carga que se intensifica en contextos de pobreza y exclusión. En América Latina, la Economic Commission for Latin America and the Caribbean documenta que las mujeres dedican hasta tres veces más tiempo que los hombres a estas tareas, lo que limita su inserción laboral, su autonomía económica y su bienestar emocional.

Estas condiciones rara vez aparecen en la maternidad digital. De ahí que la consecuencia sea una forma de violencia simbólica. Se instala una imagen hegemónica de la “buena madre” que no solo es difícil de alcanzar, sino que resulta directamente inaccesible para quienes no cuentan con las condiciones materiales que la sostienen. La maternidad precarizada —marcada por jornadas laborales extensas, ausencia de licencias, inseguridad alimentaria o falta de acceso a servicios de salud— queda fuera del encuadre.

Desde la salud pública, este fenómeno tiene implicaciones concretas. La Organización Mundial de la Salud advierte que el bajo apoyo social, la pobreza y el estrés crónico son factores de riesgo determinantes para el desarrollo de trastornos mentales durante el embarazo y el posparto. Cuando las mujeres comparan su experiencia con modelos idealizados, la brecha entre la realidad y la expectativa puede traducirse en sentimientos de culpa, insuficiencia y fracaso.

La maternidad digital no solo muestra, sino que también prescribe. En muchos casos, los contenidos incorporan recomendaciones sobre crianza, lactancia, estimulación temprana o recuperación física, presentadas como universales. Sin embargo, estas prácticas están condicionadas por el tiempo disponible, el acceso a servicios y el capital económico. La aparente neutralidad de estas recomendaciones oculta que el cumplimiento debe variar entre las mujeres.

El resultado es una doble carga: material y simbólica. A esto se suma la economía de la influencia. Muchas de estas narrativas están vinculadas a estrategias comerciales en las que la maternidad se convierte en un nicho de mercado. Productos, cursos, asesorías y estilos de vida se promocionan como soluciones para alcanzar ese ideal. En este proceso, la experiencia de ser madre se convierte en un producto comercial y se aleja de cuestiones políticas, desplazando la atención de las condiciones generales hacia los resultados de cada persona.

Pero la discusión no debe ser sobre las mujeres que hacen este contenido sino sobre el sistema que lo valida y amplifica. Por eso, desmontar la maternidad digital como modelo único implica reconocer la diversidad de experiencias maternas y las desigualdades que las atraviesan. Supone también cuestionar la lógica que convierte la vida cotidiana en vitrina y la crianza en un performance.

En el marco del Día Mundial de la Salud Mental Materna, el desafío es doble: ampliar la representación y complejizar la conversación. Hablar de maternidad sin incluir variables como la clase, el territorio, la raza, el acceso a servicios y las redes de apoyo no sólo es incompleto, sino también excluyente.

Referencias: 

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Duffy, B. E., & Hund, E. (2019). Gendered visibility on social media: Navigating Instagram’s authenticity bind. International Journal of Communication, 13, 4983–5002. https://ijoc.org/index.php/ijoc/article/view/11943

Economic Commission for Latin America and the Caribbean. (2022). The care society: A horizon for sustainable recovery with gender equality (LC/CRM.15/3). Naciones Unidas. https://www.cepal.org/en/publications/47804-care-society-horizon-sustainable-recovery-gender-equality

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World Health Organization. (2023). Maternal mental health. https://www.who.int/teams/mental-health-and-substance-use/promotion-prevention/maternal-mental-health