Desde los 12 años, cuando organizaba kermeses en la plaza de su pueblo —Parras de la Fuente, su “oasis del desierto”— para recolectar víveres destinados a personas privadas de libertad y comunidades marginadas, ya estaba trazando una ruta. No era un gesto infantil ni inocente. Era, como ella misma lo reconoce, el momento en el que comprendió que la cultura y la acción social no son profesiones: son una responsabilidad.
Formada como abogada en una época en la que hablar de igualdad de derechos entre mujeres y hombres no era un tema de agenda pública, su tesis de 1975 no solo anticipaba debates futuros, sino que también los encarnaba con una visión apoteósica. Desde entonces, su vida ha sido una extensión de esa convicción inicial, ampliada por una formación internacional que la llevó por México, Francia y España, y por una vocación humanista nutrida desde las lenguas clásicas hasta el pensamiento contemporáneo.
Pero hay algo más profundo que los estudios: su ética y su compromiso. Lilia no “llega” a la cultura por azares de la vida; la descubre como un campo dominado por el poder. Un espacio donde se decide quién habla y quién queda silenciado y eso debe ser intervenido, gestionado desde la equidad. Es por eso que la inclusión no es un gesto simbólico ni una pose comercial, sino un conflicto constante por habitar un espacio. De ahí que su entrada a la gestión cultural —desde la Universidad Autónoma de Coahuila— no fuera un cambio de carrera, sino una expansión de su lucha, llevada a otra trinchera.
Desde entonces, su trayectoria ha sido una arquitectura compleja: producción cinematográfica, teatro, curaduría, gestión de espacios, creación editorial, ferias del libro. Pero reducirla a una lista sería un error, una simplificación. Lo que ha construido no son solo proyectos de altísima incidencia social; para ella son algo más trascendental, redes que se sostienen unas a otras, se unen y se fortalecen en puntos de encuentro. Se convierten en redes de pensamiento, de comunidad, de resistencia cultural.
En ese entramado, las mujeres ocupan un lugar central, no como categoría ni como una cuota, sino como una práctica cotidiana. Lilia es clara —y en su claridad hay incomodidad—: no basta con que una mujer rompa el “techo de cristal” si lo hace sola. El poder, sin comunidad, no transforma nada. Una afirmación que, en su vocación, no es retórica. Es experiencia viva.
Ser la primera mujer en 68 años en dirigir un espacio como la Casa de Coahuila no fue, para ella, un logro individual. Fue la evidencia de una exclusión histórica. El verdadero desafío no era ocupar el cargo, sino sostener una visión crítica en un entorno que muchas veces intenta reducir la cultura a lo ornamental, a lo decorativo, a lo elitista.
No es casualidad que sus referentes intelectuales sean mujeres y pensadoras que desafiaron su tiempo: Simone de Beauvoir, Hipatia de Alejandría, Sor Juana Inés de la Cruz. Todas ellas comparten una misma línea de fuerza, asentada en el pensamiento como acto de libertad frente a la intolerancia. A esa constelación se suma una figura íntima y decisiva: Nancy Cárdenas, su tía, quien convirtió el arte en una forma de emancipación. No es solo una influencia familiar; para ella es una herencia política y cultural.
Pero si algo define a Lilia, no es la admiración, sino la continuidad. Ha coordinado a más de 10.000 mujeres y jóvenes en procesos de formación social; ha impulsado espacios de análisis crítico, clubes de lectura, cine y pensamiento; ha presidido fundaciones, editoriales y plataformas culturales que no solo difunden arte, sino que lo politizan, lo vuelven herramienta de transformación.
Y, sin embargo, cuando habla de logros, los minimiza: “Más que logros personales, he construido redes”. Ahí hay una clave. Porque su mirada no está puesta en el reconocimiento individual, aunque los premios —como el galardón Simone Weil y otros reconocimientos en derechos humanos y en gestión cultural— evidencian la magnitud de su trabajo. Su horizonte es otro: que la cultura deje de ser marginal y se convierta en un eje estructural de la transformación social. Ese es su proyecto inconcluso, pero no postergado, porque lo trabaja con ahínco día a día.
Pero la entrevista no se limita a lo profesional. Y ahí es donde emerge la dimensión más potente de su relato. Lilia habla de su vida con una honestidad que desarma cualquier intento de lectura superficial. Se reconoce a la madre y a la abuela, además de formadoras de “hijos intelectuales”, como si la transmisión del pensamiento fuera tan vital como la transmisión biológica. Y luego, sin transición, habla del amor.
Durante 43 años compartió su vida con Albert Ímaz, arquitecto y feminista. Lo describe no desde la nostalgia, sino desde una idea política del vínculo: dos dínamos trabajando en la misma dirección. No discutían por trivialidades. No se dormían molestos. Construían “eutopías”: espacios donde el amor, el pensamiento y la dignidad podían coexistir.
Esa palabra —eutopía— no es casualidad. No es utopía (lo imposible), sino lo posible bien construido. Pero incluso en ese relato íntimo, la realidad irrumpe con crudeza. Lilia no evade el contexto; reconoce que México sigue siendo un país marcado por el machismo estructural, donde las mujeres enfrentan desigualdad salarial, violencia sistemática y feminicidios persistentes. Más del 70% ha vivido algún tipo de violencia. No es una denuncia abstracta tomada de los medios de comunicación. Es el terreno en el que ha trabajado toda su vida.
Por eso, afirma que una mujer debe transformar su entorno, marcar la senda y acompañar a otras; no basta con que llegue al poder. El poder sin ética colectiva reproduce las mismas estructuras que pretende combatir. Y, sin embargo, en medio de ese diagnóstico, hay una luz poderosa de esperanza. Lilia habla de un momento histórico que vive México. De una posibilidad real de cambio liderado por una mujer. De una energía compartida que se activa cuando la conciencia, la comunidad y el amor se encuentran.
Ahí vuelve el dínamo. No como metáfora poética y rimbombante, sino como forma de estar en el mundo. Porque, al final, su vida no es solo una trayectoria cultural ni una acumulación de reconocimientos. Es una forma de resistencia frente al olvido y al desplazamiento que la sociedad de consumo somete a la cultura. Para ella, debe haber una insistencia permanente en demostrar que la cultura no es un adorno, sino una poderosa herramienta de transformación. No es élite, sino comunidad. No es discurso, sino acción.
Y en esa insistencia —en ese pulso constante— hay una lección que trasciende su historia personal: la transformación no ocurre cuando alguien brilla, sino cuando esa energía logra encender a otras y otros, y hacemos comunidad.
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