Las estadísticas reflejan con nitidez esta realidad: las mujeres, particularmente las de mediana edad y las de la tercera edad, superan actualmente a los hombres en el consumo de cannabis (en especial de CBD) con fines terapéuticos.
Como médico integral, he observado durante los últimos años —especialmente en el período postpandemia— un número creciente de mujeres que recurren al cannabis medicinal para mitigar dolencias crónicas y síntomas asociados a la menopausia. Este fenómeno responde a la percepción, cada vez más extendida, de que la medicina convencional no siempre ofrece soluciones plenamente eficaces o, en su defecto, libres de efectos secundarios indeseables. Diversos estudios clínicos ya han recogido múltiples testimonios que dibujan un patrón común y revelador: “Probé de todo y nada funcionó, y el cannabis medicinal o el CBD fue lo único que me ayudó”.
Esta tendencia se inscribe en una problemática de largo arraigo en la atención médica tradicional: las dolencias femeninas —desde enfermedades autoinmunes hasta síndromes de dolor crónico— han sido a menudo minimizadas, diagnosticadas con inexactitud o atribuidas erróneamente al estrés o a trastornos de índole psicológica y psiquiátrica. A ello se suma la histórica subrepresentación de las mujeres en los ensayos clínicos, una carencia que ha dejado importantes lagunas en la comprensión científica sobre cómo tratar eficazmente a más de la mitad de la población.
En el caso concreto de la menopausia, las controversias en torno a los posibles riesgos de la terapia de reemplazo hormonal (TRH) han llevado a muchas mujeres a explorar vías alternativas. Las estadísticas reflejan con nitidez esta realidad: las mujeres, particularmente las de mediana edad y las de la tercera edad, superan actualmente a los hombres en el consumo de cannabis (en especial de CBD) con fines terapéuticos.
Esta búsqueda de alivio está impulsando una auténtica revolución gestada desde las bases mismas de la medicina. No se trata de un movimiento concebido en los grandes laboratorios, sino de una corriente que brota en cocinas domésticas, huertos familiares y pequeños dispensarios locales, liderada en gran medida por mujeres emprendedoras.
En países como Costa Rica —donde el uso de la marihuana medicinal está legalizado— y en algunos estados de los Estados Unidos, como Oklahoma, han florecido iniciativas que atienden de forma específica las necesidades de las mujeres. Entre las pacientes que he tenido ocasión de atender, destacan la de una mujer de 32 años con ansiedad y estrés que hoy distribuye comestibles con infusión de cannabis para ayudar a controlar el dolor crónico, y la de una joven empresaria que cultiva variedades de cannabis destinadas a tratar un abanico de afecciones que van desde el insomnio hasta la disfunción sexual. En nuestro propio país, asimismo, resalta el caso de una boticaria y chef que, tras mudarse a la región central de Costa Rica para elaborar productos derivados del cannabis, se ha convertido en educadora comunitaria y asesora especializada en este ámbito, ofreciendo apoyo a una sólida red de usuarias.
El auge del cannabis medicinal en Costa Rica corre en paralelo a un creciente acervo de investigación científica y a su acceso legal, vigente desde el 22 de junio de 2025. Diversas organizaciones médicas y colectivos de cultivadores llevan años solicitando una reevaluación de la clasificación del cannabis como droga de Lista I, convencidos de que el cúmulo de evidencia sobre su potencial terapéutico resulta ya imposible de soslayar.
En el plano académico, investigadoras de instituciones como el Centro de Investigaciones sobre Marihuana para el Descubrimiento Neurocientífico (MIND) en Massachusetts estudian la aplicación del cannabis para tratar la endometriosis y los síntomas del climaterio y de la menopausia. De igual modo, científicas de la Universidad Estatal de Wayne, en Detroit, analizan el impacto de esta planta en el cerebro a lo largo de las distintas etapas de la vida.
El viraje en la percepción pública tiene, a mi juicio, un origen profundamente humano. Personalmente, he sido testigo de ello en mis pacientes desde hace más de 10 años. Recuerdo, por ejemplo, el caso de una niña de doce años con epilepsia refractaria, cuya vida dio un giro radical gracias a un extracto de cannabis con alto contenido de CBD que le dejamos como tratamiento. Un testimonio como este nos sirve de claro ejemplo del potencial médico que esta planta alberga.
Y, para finalizar, conviene subrayar que esta cuestión no versa sobre drogas, sino sobre dignidad. Trata sobre la capacidad de las mujeres para confiar en su propia experiencia cuando el sistema sanitario y la medicina convencional no logran brindarles respuestas satisfactorias. Estamos, en suma, ante una conversación que las propias mujeres han decidido iniciar para recuperar el control de su salud.








