Marine Le Pen y Giorgia Meloni muestran que el ascenso de las mujeres a posiciones antes dominadas por hombres no implica necesariamente una transformación de las ideas sobre el género. La historia y las investigaciones recientes sobre la derecha permiten observar una relación mucho más compleja entre la representación femenina, el poder y la defensa del orden existente.
En 1934, la Organización Nacional Socialista de Mujeres alemana reunía a unos cuatro millones de afiliadas bajo la dirección de Gertrud Scholtz-Klink. Su función consistía en llevar los principios del nazismo a los hogares, las comunidades y la educación de las nuevas generaciones, dentro de un régimen que reservaba a los hombres la autoridad política y asignaba a las mujeres la maternidad y el cuidado como principales obligaciones sociales.
La historiadora estadounidense Claudia Koonz estudió esa participación en Mothers in the Fatherland, publicado en 1987. Su investigación cuestionó la imagen de las mujeres alemanas como meras víctimas pasivas de un sistema que restringía sus derechos. Algunas se opusieron al régimen, otras rechazaron determinadas medidas y muchas participaron activamente en organizaciones que lo apoyaban. El nazismo les ofrecía espacios de actuación y autoridad siempre que no cuestionaran la distribución del poder entre hombres y mujeres.
La distancia histórica respecto de las democracias actuales impide establecer equivalencias entre aquella experiencia y las democracias contemporáneas. Lo que permanece como problema de estudio es otra cuestión: las mujeres también pueden encontrar espacios de poder dentro de movimientos políticos que defienden concepciones tradicionales de la familia, restringen derechos sexuales y reproductivos o se oponen a determinadas políticas de igualdad.
Marine Le Pen en Francia y Giorgia Meloni en Italia son dos de los ejemplos más visibles. Ambas han alcanzado posiciones que durante décadas estuvieron reservadas casi exclusivamente a hombres y han forjado liderazgos propios en organizaciones de derecha radical. Esa presencia femenina convive con programas políticos que mantienen posturas restrictivas en asuntos vinculados a la inmigración, la diversidad sexual y los derechos reproductivos.
La socióloga Sara Farris estudió una expresión específica de esa relación y la denominó femonacionalismo. El concepto describe la apropiación selectiva de los derechos de las mujeres por movimientos nacionalistas y antiinmigración que presentan la igualdad alcanzada por las sociedades europeas como prueba de su superioridad frente a las comunidades migrantes, en particular las musulmanas. La defensa de las mujeres puede utilizarse así para sostener políticas que no necesariamente amplían sus derechos y, al mismo tiempo, justifican la exclusión de otros grupos.
La experiencia latinoamericana presenta características propias y exige evitar comparaciones automáticas. Verónica Giordano y Gina Paola Rodríguez estudiaron en 2020 las trayectorias y discursos de seis dirigentes de derecha vinculadas a los principales cargos ejecutivos de sus países: Mireya Moscoso en Panamá, Laura Chinchilla en Costa Rica, Gabriela Michetti en Argentina, Marta Lucía Ramírez en Colombia, Keiko Fujimori en Perú y Evelyn Matthei en Chile.
La investigación encontró mujeres con formación profesional, experiencia política y capacidad de agencia, pero también con trayectorias desarrolladas dentro de estructuras partidarias en las que los hombres conservaban buena parte del poder. Las autoras rechazan una explicación simplista que las presente como esposas, hijas o colaboradoras de dirigentes masculinos. Incluso cuando existen vínculos familiares o políticos que facilitaron determinadas carreras, cada trayectoria contiene negociaciones, decisiones y grados distintos de autonomía.
Marta Lucía Ramírez, ministra de Defensa entre 2002 y 2003 y vicepresidenta de Colombia entre 2018 y 2022, describió públicamente el machismo que encontró al llegar al Ministerio de Defensa. Su experiencia muestra que pertenecer a la derecha no protege a una mujer de la discriminación en instituciones tradicionalmente masculinas. Tampoco significa que haberla experimentado conduzca necesariamente a respaldar todas las demandas políticas vinculadas a los derechos de las mujeres o de las poblaciones sexualmente diversas.
Esa aparente contradicción pierde parte de su misterio cuando se abandona la idea de que las mujeres constituyen un grupo homogéneo políticamente. Clase social, religión, pertenencia partidaria, intereses económicos, experiencias familiares y convicciones ideológicas también intervienen en la manera de entender el poder. Una mujer puede cuestionar el machismo que obstaculiza su propia carrera y, al mismo tiempo, conservar posiciones tradicionales sobre familia, aborto o matrimonio.
John Jost ofrece otra aproximación a través de su teoría de la justificación del sistema. Sus investigaciones sostienen que las personas pueden defender órdenes sociales que contienen desigualdades que las afectan porque esos sistemas también proporcionan certezas, identidad, pertenencia o estabilidad. La explicación no elimina la responsabilidad individual ni permite anticipar el comportamiento político de una persona por su sexo; ayuda a comprender por qué pertenecer a un grupo perjudicado por determinadas estructuras no conduce necesariamente a rechazarlas.
Italia permite observar esa diferencia entre la representación y la política pública. El gobierno encabezado por Meloni no ha eliminado el derecho al aborto establecido por la legislación italiana, pero en 2024 su mayoría parlamentaria respaldó una disposición que permite la presencia de organizaciones contrarias al aborto en centros de orientación vinculados a la interrupción voluntaria del embarazo. Una mujer ocupa la jefatura del Gobierno mientras continúa una disputa política sobre las condiciones en las que otras mujeres ejercen un derecho reconocido por la ley.
En Argentina, bajo un gobierno encabezado por un hombre, Human Rights Watch documentó en 2025 la suspensión de la distribución nacional de misoprostol y de mifepristona, así como recortes en anticonceptivos y en programas de prevención del embarazo adolescente. Las consecuencias varían según la capacidad de respuesta de cada provincia: mientras que algunas mantienen una cobertura amplia, en otras apenas el 2 % de los establecimientos públicos prestan servicios de aborto. El caso también sirve para no atribuir a las mujeres dirigentes una relación exclusiva con la derecha ni las restricciones en materia de género.
Hay otro dato que complica aún más la imagen de una ultraderecha que simplemente “se viste de mujer”. Una investigación de Đorđe Milosav y otros cinco especialistas, publicada en Journal of European Public Policy, analizó a casi 25.000 personas de 27 países y encontró una brecha creciente entre mujeres y hombres jóvenes en el apoyo a la extrema derecha. En las elecciones europeas de 2024, ese apoyo superó el 21 % entre los hombres de las generaciones millennial y Z y rondó el 14 % entre las mujeres de las mismas generaciones.
La diferencia obliga a mirar con cuidado qué representa realmente la visibilidad de Le Pen o de Meloni. Que una mujer encabece un partido no significa que las mujeres constituyan necesariamente su principal base electoral ni que sus políticas modifiquen las relaciones de género. También puede ocurrir lo contrario: una organización adquiere un rostro femenino mientras que una parte considerable de su crecimiento se produce entre hombres jóvenes.
Giordano y Rodríguez encontraron algo semejante, desde otro ángulo, al estudiar las derechas latinoamericanas. Su investigación parte de una constatación que el debate sobre representación suele perder de vista: aumentar la presencia de mujeres en posiciones políticas es importante para corregir una exclusión histórica, pero ese dato no permite anticipar las políticas que defenderán quienes llegan a esos cargos. Las autoras encontraron agendas de género estrechamente relacionadas con las posiciones ideológicas de los partidos a los que pertenecían las dirigentes estudiadas.
Ese hallazgo permite volver a las mujeres analizadas por Koonz sin confundir épocas ni regímenes. Lo que ha cambiado profundamente son las condiciones políticas, los derechos reconocidos y las posibilidades de participación de las mujeres. Lo que la comparación permite observar es más limitado: excluir a las mujeres del poder y transformar las estructuras que producen desigualdad son problemas relacionados, pero no idénticos.
Durante buena parte del siglo XX, una de las demandas centrales fue abrir las instituciones que las excluían a las mujeres. La llegada de mujeres a presidencias, ministerios, parlamentos y direcciones partidarias demuestra cuánto se ha modificado esa frontera. Una vez dentro, sin embargo, sus decisiones están atravesadas por las mismas disputas ideológicas que dividen al resto de la sociedad.
Por eso resulta insuficiente medir el avance de las mujeres únicamente por el número de cargos que ocupan. La presencia permite saber quién consiguió entrar; sin embargo, para conocer cuánto cambió el poder, hay que observar las leyes que se aprueban, los derechos que se amplían o restringen, los presupuestos que se asignan y quién conserva la capacidad para decidir. Una mujer puede romper el techo que impedía llegar a la cima y dejar intacta buena parte del edificio que encontró al llegar.
Referencias
Farris, S. R. (2017). In the name of women’s rights: The rise of femonationalism. Duke University Press.
Giordano, V., & Rodríguez, G. P. (2020). Las mujeres de la derecha latinoamericanas del siglo XXI. Revista CIDOB d’Afers Internacionals, (126), 215–237. DOI: 10.24241/rcai.2020.126.3.215
Human Rights Watch. (2025, 29 de septiembre). Derechos reproductivos y acceso al aborto en riesgo en Argentina.
Jost, J. T. (2020). A theory of system justification. Harvard University Press.
Koonz, C. (1987). Mothers in the Fatherland: Women, the family, and Nazi politics. St. Martin’s Press.
Milosav, Đ., Dickson, Z., Hobolt, S. B., Kluver, H., Kuhn, T., & Rodon, T. (2026). The youth gender gap in support for the far right. Journal of European Public Policy, 33(2), 444–466. DOI: 10.1080/13501763.2025.2481181
Tamayo Gaviria, N. (2019, 8 de marzo). “Sentí mucho machismo como ministra de Defensa”: Marta Lucía Ramírez. El Espectador.








