Aprender a conducir es mucho más que dominar el volante. Para las mujeres representa independencia, libertad de movimiento y la posibilidad de decidir adónde ir, cuándo salir y cuándo regresar, sin tener que pedir permiso ni depender de nadie.

Marilyn Batista Márquez

Hay muchas maneras de conquistar la independencia femenina. Estudiar, trabajar, administrar el propio dinero, tener una cuenta bancaria y tomar decisiones sin pedir autorización son algunas de ellas. Pero existe otra que, aunque parezca menos trascendental, tiene cuatro ruedas, un volante y una llave: saber conducir un automóvil.

Porque vamos a ver: ¿cómo pretende una mujer manejar su vida si ni siquiera sabe manejar un carro? Por supuesto, no se trata de afirmar que quien no conduce carece de autonomía. Hay mujeres que prefieren caminar, utilizar el transporte público o dejar que otra persona maneje; aunque es perfectamente válido, el problema comienza cuando no pueden desplazarse sin depender de la disponibilidad, el humor o la buena voluntad de alguien más. Esa persona, con demasiada frecuencia, es el marido o la pareja.

Durante generaciones, conducir fue considerado un asunto masculino debido a que el hombre compraba el automóvil, guardaba las llaves y decidía cuándo salía la familia. La mujer ocupaba disciplinadamente el asiento del acompañante, generalmente con los hijos detrás, las bolsas del supermercado y alguna instrucción sobre cómo debía conducir su marido, que, por supuesto, nunca era bien recibida. Detrás de aquella distribución aparentemente inocente existía una desigualdad importante: uno tenía libertad de movimiento y la otra necesitaba solicitar transporte.

Las estadísticas confirman que la brecha todavía existe. En Costa Rica, según datos divulgados en junio de 2025, aproximadamente el 70% de las licencias de conducir vigentes estaban en manos de hombres y el 30% correspondían a mujeres, unas 649.000 licencias femeninas. La diferencia es considerable y demuestra que todavía queda camino por recorrer para alcanzar una participación equilibrada en la conducción.

En el ámbito internacional, un informe del Banco Interamericano de Desarrollo, con cifras de distintos años, muestra contrastes interesantes. En Estados Unidos, las mujeres representaban el 50,6 % de las personas con permiso de conducir en 2016, frente al 49,4 % de los hombres. En Gran Bretaña, en 2018, la proporción era de 47,3% de mujeres y 52,7% de hombres. En España, en 2016, las mujeres representaban el 42% y los hombres el 58%.

No existe una estadística mundial única y comparable que permita establecer exactamente qué porcentaje de mujeres conduce en todo el planeta, pero los datos evidencian que la participación femenina, en general, es más baja que la de los hombres, lo que merece atención porque el machismo también puede esconderse detrás de un volante.

Existen hombres que no quieren que sus esposas aprendan a conducir. Algunos argumentan que conducir es peligroso, que ellas son nerviosas o que resulta innecesario porque pueden llevarlas adonde necesiten. Sin embargo, en determinadas relaciones, esa supuesta protección encubre una forma de control. Una mujer que no puede desplazarse libremente tiene menos posibilidades de visitar a sus amistades, buscar trabajo, estudiar, resolver una emergencia o, sencillamente, salir cuando le dé la gana.

La realidad es que no tener acceso independiente al transporte puede convertirse en una manera silenciosa de limitar su autonomía; por eso, aprender a conducir debería formar parte de las herramientas de independencia de toda mujer que tenga la posibilidad de hacerlo. Incluso si no posee automóvil o prefiere que otra persona maneje, contar con una licencia vigente le permite disponer de una alternativa cuando las circunstancias lo requieran. Además, es práctico, porque nunca se sabe cuándo habrá que salir de madrugada hacia un hospital, recoger a un familiar, resolver un imprevisto o emprender un viaje sin depender de la agenda ajena.

Tampoco significa que todas deban comprar un vehículo. La independencia no se mide por la marca del automóvil ni por el tamaño de la cochera. Se trata de tener opciones y capacidad de decisión. A lo anterior, añadimos que conducir tiene un componente psicológico importante. Sentarse al volante, aprender las normas, superar los miedos y descubrir que se puede llegar por cuenta propia al destino elegido fortalece la confianza en uno mismo. Es una pequeña conquista que puede producir una enorme sensación de libertad.

Las nuevas generaciones de mujeres tienen razones suficientes para no aceptar que alguien más controle sus desplazamientos. La corresponsabilidad en una pareja también significa reconocer que ambas personas tienen derecho a moverse, trabajar, disfrutar y construir una vida propia.

Ahhh… y para los hombres que todavía creen que las mujeres conducen mal, convendría recordarles que conducir no es una habilidad que venga incorporada en el cromosoma masculino. Se aprende, se practica y se perfecciona, independientemente del sexo.

Así que, mujeres, si todavía no saben conducir y tienen las condiciones para aprender, anímense. Saquen la licencia, conozcan las señales de tránsito y pierdan el miedo al volante. Al fin y al cabo, el destino de una mujer no debería depender de quién tenga las llaves del carro, ni mucho menos de quien crea que tiene derecho a decidir hacia dónde puede dirigirse.