La aparición de mujeres que se declaran feministas desde espacios liberales y de derecha reabre el debate sobre el significado de la igualdad. Entre el rechazo al feminismo progresista, las diferencias sobre el papel del Estado y el avance de discursos conservadores, la discusión exige distinguir las identidades políticas de los derechos que se defienden.

Una mujer puede defender su independencia económica, rechazar los mandatos tradicionales sobre el matrimonio, ejercer liderazgo político y, al mismo tiempo, votar por un partido que cuestiona las políticas públicas de igualdad, como son las opciones de la derecha y la ultraderecha. ¿Le suena conocido? De igual forma, puede identificarse con el feminismo y discrepar de las posiciones de izquierda sobre economía, seguridad, derechos reproductivos o intervención estatal. Estas combinaciones, cada vez más visibles en el debate político, han convertido la palabra feminismo en un espacio de confrontación ideológica.

El fenómeno plantea una dificultad para el debate público, pues cuando el feminismo se presenta como patrimonio exclusivo de una corriente política, las mujeres que no comparten esa identidad partidaria pueden sentirse ajenas a una historia de derechos que también ha transformado sus vidas. Pero cuando se utiliza la libertad individual para negar desigualdades comprobadas, el reconocimiento de la autonomía femenina puede terminar desvinculado de las condiciones necesarias para ejercerla.

Una investigación de las académicas argentinas Melina Vázquez y Carolina Spataro permite examinar esta contradicción, pues en su libro Sin padre, sin marido y sin Estado. Feministas de las nuevas derechas, publicado en 2025, estudió a mujeres que participan en espacios liberales y libertarios próximos al universo político de Javier Milei, ya que algunas se identifican expresamente como feministas, aunque rechazan lo que denominan feminismo de izquierda.

Las investigadoras encontraron mujeres que reivindican el trabajo remunerado, la independencia personal y el derecho a desarrollar proyectos propios. Sin embargo, cuestionan las políticas de cuotas, la intervención estatal y las explicaciones estructurales de la desigualdad. Asimismo, registraron desacuerdos entre estas militantes y los sectores más conservadores de sus propios espacios políticos, especialmente cuando se discuten los roles tradicionales de las mujeres.

El estudio, difundido por Nueva Sociedad en septiembre de 2025 y desarrollado posteriormente en una publicación académica, no demuestra que exista una nueva corriente feminista homogénea. Más bien, documenta la diversidad de posiciones de mujeres que buscan participar en una tradición política en la que el feminismo suele ser cuestionado y, en ocasiones, abiertamente rechazado.

La discusión tiene antecedentes históricos, ya que el feminismo liberal defendió, desde sus primeras formulaciones, la igualdad jurídica, el acceso a la educación, la propiedad y la autonomía personal. Otras corrientes, como el feminismo socialista, el radical y los feminismos negros y decoloniales, ampliaron el análisis hacia las relaciones económicas, la división sexual del trabajo, el racismo y las desigualdades institucionales. Sus diferencias han sido profundas y, en determinados momentos, irreconciliables.

Por tanto, identificar el feminismo exclusivamente con la izquierda supone reducir una tradición intelectual y política mucho más diversa. No obstante, reconocer esa pluralidad tampoco significa que cualquier discurso pronunciado por una mujer o presentado en nombre de su libertad pueda considerarse feminista. Basta con mirar a mujeres con liderazgo político en América Latina que representan la derecha conservadora y su aversión a ser identificadas como feministas; más bien, tratan de alejarse de cualquier posición que implique la lucha o la defensa de los derechos de las mujeres. 

La distinción importa especialmente cuando se examina el conservadurismo religioso que se extiende por las Américas, ya que las convicciones cristianas forman parte de la libertad de conciencia y pueden orientar legítimamente las decisiones personales, pero el problema político surge cuando determinados sectores pretenden convertir sus principios religiosos en normas obligatorias para toda la población, especialmente en materias relacionadas con la sexualidad, la reproducción, la familia o la identidad.

Una mujer puede elegir una vida familiar tradicional por convicción propia, pero esa elección no equivale a defender que todas las mujeres deban asumirla. Tampoco el ejercicio del liderazgo femenino convierte automáticamente en feminista a una organización que promueve restricciones a los derechos de otras mujeres. La presencia de mujeres en movimientos conservadores merece un análisis político, pero su participación no constituye, por sí misma, una reivindicación de igualdad.

La politóloga Ronnee Schreiber ha estudiado durante años las organizaciones de mujeres conservadoras en Estados Unidos y sus investigaciones muestran que muchas de sus dirigentes desarrollan una intensa actividad política en defensa de intereses que consideran propios de las mujeres, aunque no se identifican como feministas y, en determinados casos, se oponen expresamente a reivindicaciones históricas del movimiento.

Esta evidencia permite separar tres fenómenos que suelen confundirse con la normalidad, como son la participación política de las mujeres, su identificación con el feminismo y el contenido de las políticas que promueven. Son dimensiones relacionadas, pero ninguna garantiza las demás.

La polarización también ha producido simplificaciones dentro de sectores progresistas, pues considerar que una mujer pierde legitimidad para participar en debates sobre igualdad por sus posiciones económicas, religiosas o partidarias puede limitar el debate democrático. El feminismo ha construido buena parte de su pensamiento precisamente mediante desacuerdos sobre prioridades, estrategias y formas de organización.

Ahora bien, las diferencias entre corrientes políticas no deben tratarse como si todas sus consecuencias fueran equivalentes. Discutir si una política de cuotas es el instrumento más adecuado para ampliar la representación femenina constituye una controversia legítima sobre los medios para alcanzar la igualdad. Promover restricciones a derechos reconocidos o debilitar las instituciones encargadas de protegerlos plantea un problema distinto, que exige examinar sus efectos jurídicos y sociales.

La actualidad internacional muestra por qué esta distinción resulta necesaria; para ello, el informe Panorama de género 2026, publicado en septiembre por ONU Mujeres y el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas, señala que el 32 % de los mecanismos nacionales de igualdad consultados perdió poder institucional durante los dos años anteriores. Aproximadamente una cuarta parte sufrió recortes presupuestarios.

Estos resultados no pueden atribuirse indistintamente a todos los gobiernos de derecha ni explicarse mediante una sola ideología, pero reflejan decisiones institucionales concretas y un contexto internacional en el que las políticas de igualdad se enfrentan a restricciones de recursos, cuestionamientos políticos y dificultades para mantener sus compromisos.

El informe también advierte que, al ritmo actual, la paridad en los parlamentos nacionales tardaría otros 63 años en alcanzarse. La distancia entre la igualdad jurídica y la distribución efectiva del poder sigue siendo considerable, independientemente de las etiquetas ideológicas que adopten los gobiernos.

Desde esta perspectiva, la discusión sobre el feminismo necesita recuperar una distinción fundamental, ya que la igualdad ante la ley constituye una conquista indispensable, pero su existencia no elimina automáticamente las diferencias de ingresos, las responsabilidades desiguales de cuidado, las barreras de acceso al poder ni la discriminación. Del mismo modo, las políticas destinadas a corregir esas desigualdades deben poder discutirse, evaluarse y modificarse sin que toda discrepancia se interprete como una oposición a los derechos de las mujeres.

El feminismo tampoco exige que las mujeres compartan una posición uniforme sobre todos los asuntos públicos. Es decir, pueden sostener opiniones diferentes sobre política fiscal, comercio internacional, seguridad o el tamaño del Estado; no obstante, la cuestión decisiva surge cuando esas posiciones afectan a las condiciones de igualdad, autonomía y dignidad de otras personas. Esta es una línea que no debería cruzarse en la actualidad ante la conquista de los derechos y sus posibles retrocesos en algunos países con gobiernos de derecha y ultraderecha. 

La polarización ha llevado a presentar el debate como una elección entre la adhesión ideológica y el rechazo al feminismo. Esa alternativa empobrece el debate y facilita que los partidos utilicen los derechos de las mujeres como símbolos de pertenencia política. La historia del feminismo demuestra, en cambio, que sus conquistas han requerido organización, pensamiento crítico y capacidad para cuestionar el poder, incluido el de quienes afirman defender la igualdad.

La pertenencia a la izquierda o a la derecha no debería sustituir el examen de las decisiones públicas. Una política merece ser evaluada por los derechos que garantiza, las desigualdades que contribuye a reducir y las consecuencias que produce sobre la vida de las mujeres. Ese criterio permite reconocer la pluralidad del feminismo sin confundirlo con la aceptación de cualquier proyecto político que invoque su nombre o que lo rechace. 

Referencias 

Schreiber, R. (2018). Is there a conservative feminism? An empirical account. Politics & Gender, 14(1), 56–83. https://doi.org/10.1017/S1743923X17000587

Schreiber, R. (2017). Anti-feminist, pro-life, and anti-ERA women. En H. J. McCammon, V. Taylor, J. Reger y R. L. Einwohner (Eds.), The Oxford handbook of U.S. women’s social movement activism (pp. 315–332). Oxford University Press. https://doi.org/10.1093/oxfordhb/9780190204204.013.17

ONU Mujeres y Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas. (2026). Progress on the Sustainable Development Goals: The gender snapshot 2026. Naciones Unidas. https://unstats.un.org/sdgs/gender-snapshot/2026/

Vázquez, M., & Spataro, C. (2025). Sin padre, sin marido y sin Estado. Feministas de las nuevas derechas. Siglo XXI Editores. https://bicyt.conicet.gov.ar/fichas/produccion/12691005

Vázquez, M., & Spataro, C. (2025, septiembre). Sí al mercado, ¿no al patriarcado? Una radiografía del feminismo de derecha [Entrevista]. Nueva Sociedad. https://nuso.org/articulo/feministas-liberales-milei-derecha-mujeres-libertarios/

Vázquez, M., & Spataro, C. (2025). “Woman is not a delicate flower”: The liberal feminists who are active in the new right. HAU: Journal of Ethnographic Theory, 15(3). https://doi.org/10.1086/737791