La investigación social cubana ha documentado brechas asociadas al color de la piel en educación, empleo, ingresos, vivienda y movilidad social. Las transformaciones económicas de las últimas décadas hicieron visibles desigualdades que no desaparecieron con la igualdad jurídica y que, para las mujeres negras y mulatas, además, se cruzan con el género, los cuidados y las condiciones socioeconómicas.

Una telenovela cubana reabrió una discusión que trasciende la ficción. Entre Aguas ha incorporado a su trama relaciones familiares, diferencias económicas y prejuicios vinculados al color de la piel, mientras algunos de sus personajes han provocado reacciones en redes sociales, donde la crítica terminó desplazándose hacia las características raciales de quienes los interpretan.

La comunicadora cubana Aynes Victoria Mestre León llamó la atención sobre el fenómeno en un artículo publicado en Afroféminas. Según su análisis, las reacciones contra la actriz que interpreta a Camila no se limitaron al comportamiento del personaje, sino que también incluyeron comentarios sobre su piel y sus trenzas. La autora relaciona esas manifestaciones con expresiones y prejuicios que persisten en el lenguaje cotidiano cubano. 

Una controversia en redes sociales no permite, por sí misma, determinar la magnitud del racismo en un país. La investigación desarrollada durante las últimas décadas en Cuba, sin embargo, aporta evidencia suficiente para afirmar que las desigualdades relacionadas con el color de la piel no desaparecieron y que las transformaciones económicas iniciadas durante la crisis de los años noventa hicieron más visibles algunas de ellas.

María del Carmen Zabala Argüelles, investigadora de FLACSO-Cuba de la Universidad de La Habana, sistematizó estudios realizados entre 2008 y 2018 y encontró brechas en el acceso a la educación superior, la equidad y la movilidad social, la salud y el bienestar, el empleo, la pobreza, la vulnerabilidad y la marginación. Su investigación parte del reconocimiento de los avances producidos después de 1959, entre ellos la eliminación del racismo institucionalizado y los procesos de movilidad social que también beneficiaron a las poblaciones negras y mulatas, pero advierte que las transformaciones no consiguieron revertir todas las desventajas socioeconómicas ni eliminar los prejuicios y las prácticas discriminatorias. 

Esa coexistencia resulta fundamental para comprender el problema. La reducción de las desigualdades mediante políticas universales de educación, salud y empleo modificó las condiciones de vida de amplios sectores de la población, sin que ello significara que todas las personas hubieran alcanzado el nuevo escenario desde posiciones semejantes. Las diferencias históricas en patrimonio, vivienda, redes familiares y posibilidades de movilidad continuaron teniendo consecuencias cuando cambiaron las condiciones económicas.

La crisis de los años noventa constituye un momento importante en ese proceso. Con la apertura a nuevas fuentes de ingresos, el crecimiento del turismo, las remesas y, posteriormente, el trabajo por cuenta propia y los negocios privados, disponer de familiares en el exterior, de una vivienda adecuada para desarrollar una actividad económica o de capital para iniciar un emprendimiento adquirió mayor importancia.

Una investigación de Katrin Hansing y Bert Hoffmann, publicada en Latin American Politics and Society, analizó precisamente esa reestratificación de la sociedad cubana. A partir de una encuesta realizada en diferentes regiones del país, los autores encontraron diferencias raciales significativas en las redes migratorias, en la recepción de remesas y en el acceso al sector privado. Entre las personas blancas encuestadas, el 93 % tenía familiares viviendo en el extranjero, frente al 34 % de las personas afrodescendientes; entre quienes recibían remesas, el 78 % eran personas blancas y el 22 % afrodescendientes. 

El dato ayuda a comprender cómo pueden reproducirse desigualdades sin necesidad de una norma que discrimine expresamente por el color de la piel. Las remesas dependen de redes migratorias construidas durante décadas, y el emprendimiento privado requiere recursos que no se distribuyen de manera uniforme. Cuando esos factores adquieren mayor peso en la economía, las diferencias acumuladas previamente también pueden influir en las oportunidades disponibles.

La investigación desarrollada en Cuba coincide en señalar la necesidad de observar esas relaciones con mayor profundidad. Zabala identifica diferencias en determinados niveles educativos, una mayor presencia de personas blancas en posiciones superiores de algunas jerarquías laborales y brechas en vivienda, ingresos y movilidad social. También advierte una limitación importante para estudiar el fenómeno: la variable del color de la piel no figura en todos los registros e instrumentos de información socioeconómica, lo que dificulta la elaboración de diagnósticos homogéneos y comparables. 

La situación adquiere otras características al analizar el color de la piel junto con el género. La misma sistematización encontró investigaciones en las que las desigualdades raciales se entrecruzan con la edad, el territorio, la clase social, la ruralidad, la estructura familiar y la condición laboral. Entre los problemas estudiados se encuentran la pobreza de las mujeres jefas de hogar, la transmisión intergeneracional de las desventajas económicas y las condiciones de vivienda y de hábitat. De los 38 estudios revisados por Zabala, 23 —el 60,52 %— relacionaban el color de la piel con al menos otra categoría de desigualdad. 

Este enfoque evita tratar a la población afrodescendiente como un grupo homogéneo. Una mujer negra que encabeza sola un hogar puede enfrentarse simultáneamente a responsabilidades de cuidado, restricciones económicas, condiciones territoriales desfavorables y discriminación racial. Una mujer negra con educación universitaria y altos ingresos vive una situación diferente; del mismo modo, las experiencias de los hombres negros tampoco son equivalentes entre sí.

La interseccionalidad resulta, por ello, particularmente útil para comprender la situación de las mujeres afrodescendientes. El análisis desarrollado por FLACSO-Cuba sobre las desigualdades entre 2008 y 2018 estudia conjuntamente el género, el color de la piel, la clase, la edad, la discapacidad, el territorio y la ruralidad, así como ámbitos como la vivienda, la participación social y las condiciones económicas. La perspectiva permite identificar dónde se acumulan desventajas que pueden quedar ocultas al analizar cada variable por separado.

También obliga a mirar con mayor cuidado los prejuicios que surgen en la vida cotidiana. Las expresiones sobre “adelantar la raza”, las valoraciones de determinadas características físicas o del cabello y la asociación entre la piel oscura, la pobreza o el comportamiento delictivo mencionadas por Mestre León pertenecen al ámbito de las representaciones sociales. Su relevancia no reside solo en que resultan ofensivas, sino también en las jerarquías de belleza, respetabilidad y posición social que pueden transmitir y reproducir.

La investigación cubana aporta aquí un matiz necesario. Zabala señala que los prejuicios y la discriminación racial persistieron pese a los avances sociales alcanzados y que las diferencias en ingresos y condiciones de vida pueden, a su vez, contribuir a reproducir dichas representaciones. El racismo cotidiano y la desigualdad socioeconómica no aparecen, entonces, como fenómenos completamente separados.

La discusión provocada por Entre Aguas resulta relevante precisamente porque lleva esas relaciones a un producto de consumo masivo. La ficción puede representar prejuicios existentes, cuestionarlos o reproducirlos, pero no constituye la evidencia principal para determinar la magnitud de una desigualdad social. Para ello, están las investigaciones acumuladas durante años, incluidas las realizadas por especialistas cubanas que han documentado tanto los avances alcanzados como las brechas que persisten.

Ese conocimiento introduce una diferencia importante respecto de la idea de que el racismo cubano pertenece exclusivamente al pasado. Los estudios disponibles muestran un escenario más complejo, en el que la eliminación de barreras institucionalizadas y la ampliación de derechos convivieron con desigualdades históricas que no desaparecieron por completo y que adoptaron nuevas formas de reproducción con los cambios económicos. Para las mujeres negras y mulatas, analizar ese proceso requiere incorporar, además, las relaciones de género, la estructura familiar, los cuidados, la vivienda, el territorio y las oportunidades económicas que inciden conjuntamente en sus condiciones de vida.

Referencias

Afroféminas. (2026, 18 de agosto). La pigmentocracia invisible: El racismo no es un tema superado en Cuba. Afroféminas.
https://afrofeminas.com/2026/08/18/la-pigementocracia-invisible-el-racismo-no-es-un-tema-superado-en-cuba/

Hansing, K., & Hoffmann, B. (2020). When racial inequalities return: Assessing the restratification of Cuban society 60 years after revolution. Latin American Politics and Society, 62(2), 29–52. https://doi.org/10.1017/lap.2019.59
https://www.cambridge.org/core/journals/latin-american-politics-and-society/article/when-racial-inequalities-return-assessing-the-restratification-of-cuban-society-60-years-after-revolution/6663B32E55E0C32FD527FF4EAF1616E1

Zabala Argüelles, M. del C. (2020). Desigualdades por color de la piel e interseccionalidad: Análisis del contexto cubano 2008-2018. FLACSO-Cuba & Publicaciones Acuario.
https://biblioteca-repositorio.clacso.edu.ar/handle/CLACSO/5789

Zabala Argüelles, M. del C. (2020). Análisis interseccional de las desigualdades en Cuba 2008-2018. FLACSO-Cuba & Publicaciones Acuario.
https://biblioteca-repositorio.clacso.edu.ar/handle/CLACSO/5799

Zabala Argüelles, M. del C. (2021). Los estudios sobre las desigualdades por color de la piel en Cuba: 2008-2018. Estudios del Desarrollo Social: Cuba y América Latina, 9(1), 113–136.
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=10216624