Los resultados educativos confirman el alto desempeño de las mujeres, pero esa ventaja no se traduce en igualdad en los espacios de toma de decisiones. La brecha ya no está en las aulas, sino en las estructuras que determinan quién llega al poder.
Dra. Silvia Castro Montero*
Las últimas pruebas PISA traen consigo una ironía que preferimos no nombrar: las mujeres superan a los hombres en lectura en casi todas partes, igualan o dominan en ciencias en muchas jurisdicciones y, aun así, ocupan menos del 10% de los puestos ejecutivos en Costa Rica. No es un problema de educación. Es un problema de cómo hacemos la educación según el género de quien la recibe.
Cuando se menciona la brecha de género en educación, existe una narrativa reconfortante: las mujeres deben estudiar más, elegir mejores carreras, ser más ambiciosas. Es la ficción de que el mérito educativo es moneda de cambio directa para el liderazgo. Los datos de PISA nos permiten verificar si esto es cierto. No lo es.
Lo que vemos es más complejo y revelador. Una mujer con título en ingeniería no accede automáticamente a puestos de poder a los que sí accede un hombre con el mismo título. Una abogada no negocia desde la misma posición que un colega varón. Las redes que canalizan a los hombres hacia el poder —esas conversaciones en el golf, esa «mentoría invisible» que nadie documenta, esa extraña confianza en que alguien «tiene potencial»— simplemente no funcionan igual. Y eso no es un problema que se resuelva con un máster más.
El verdadero cuello de botella ocurre aquí: en la segregación ocupacional horizontal que canaliza a las mujeres hacia carreras feminizadas (educación, trabajo social, enfermería), aunque sean académicamente capaces de cualquier cosa. En las políticas de contratación, donde «fit cultural» a menudo significa «gente como nosotros». En la expectativa tácita de que las mujeres seguirán asumiendo el cuidado no remunerado mientras avanzan en sus carreras, con la culpa incorporada. En sistemas de evaluación que valoran características codificadas como masculinas: agresividad, certeza, desconexión emocional.
Costa Rica tiene un nivel educativo sólido entre las mujeres. Lo que nos falta no es más educación para las mujeres. Nos falta definir qué sucede después. Nos falta transparencia absoluta en las promociones. Nos falta la licencia de paternidad igualitaria. Nos faltan cuotas en los espacios de decisión —sí, cuotas, porque el «dejar que gane el mejor» ha tenido cinco siglos de ventaja y sigue sin funcionar. Nos falta que los hombres en posiciones de poder reconozcan que sus propias redes y lealtades —frecuentemente invisibles para ellos— son barreras estructurales, no «naturaleza».
La pregunta que deberíamos estar haciéndole a PISA no es: «¿Por qué las mujeres no avanzan?» Es: «¿Por qué un sistema que produce mujeres con mayor rendimiento académico sigue otorgando poder a los hombres?»
Responder eso requiere algo más incómodo que un máster. Requiere que miremos las instituciones que controlamos y preguntemos qué estamos haciendo con el talento femenino, no qué están dejando de hacer las mujeres. Ahí es donde empieza el cambio real.
*Presidenta de la Junta Directiva de la Universidad Latinoamericana de Ciencia y Tecnología (ULACIT). Doctora en Gestión de la Educación Superior por la Universidad de Pensilvania, posee un máster en Educación con especialización en Política Educativa Internacional por la Universidad de Harvard y un grado en Relaciones Internacionales, Derecho y Organización por la Universidad de Georgetown.








