Existe un fenómeno con nombre técnico para describir lo que en Costa Rica llamamos “serruchar el piso»: se llama síndrome de la amapola alta, o tall poppy syndrome en su formulación original australiana. Describe la tendencia cultural a cortar —literal o simbólicamente— a quien crece más que el resto del campo. No por lo que esa persona hizo mal, sino exactamente por lo contrario: por lo que hizo bien y de forma visible.
El mecanismo psicológico detrás de este síndrome no es complicado, aunque sus efectos sociales sí lo son. Cuando alguien destaca —publica un libro, abre un negocio exitoso, gana visibilidad profesional, es citado como referencia—, produce en quienes lo observan una comparación social ascendente: una medición automática e inconsciente de la propia vida frente a la del otro. Esa comparación, cuando no se procesa con seguridad personal, no produce admiración. Produce amenaza. Y la amenaza busca una válvula de escape: deslegitimar.
Costa Rica tiene una relación particular con este fenómeno, en parte por su propio mito fundacional de igualdad. Nos contamos a nosotros mismos la historia de un país de clase media homogénea, sin extremos, donde todos somos «gualiTICOS».
Es una historia con mucho de cierto y también con bastante de selectivo. Pero esa narrativa genera una expectativa implícita: que nadie debería sobresalir demasiado, porque hacerlo rompe el pacto imaginado de la horizontalidad. Y, además, existe un efecto que tiene que ver, sencillamente, con el tamaño del país. La envidia es un sentimiento humano que atraviesa casi todos los estratos, razas y lugares del planeta; no es una particularidad costarricense. Pero en un país grande, los éxitos y los fracasos de las personas se diluyen en la inmensidad del número: hay tantas historias ocurriendo al mismo tiempo que cada quien está, relativamente, en lo suyo. En un país de apenas un poco más de cinco millones de habitantes, donde todos conocemos a alguien que conoce a alguien, esa dilución no existe. Cada logro visible se convierte en un dato comentado en el grupo de WhatsApp del colegio, en la sobremesa familiar y en el pasillo de la oficina. El radar social es mucho más fino y, por lo tanto, también lo es el escrutinio.
El costo de este síndrome no es solo individual. Es estructural. Una sociedad que invierte más energía en cuestionar a quien destaca que en preguntarse cómo lo hizo para destacar, yo también desincentiva exactamente lo que necesita para crecer: el riesgo, la ambición profesional honesta, la voz propia.
La buena noticia es que el síndrome de la amapola alta no es un rasgo genético ni una condena cultural irreversible. Es un patrón aprendido, y los patrones aprendidos se pueden desaprender. A mí me costó entender que no tenía que justificarme ante cada serrucho —que mi trabajo podía simplemente hablar por sí mismo, y que quien quisiera debatirlo con argumentos siempre iba a encontrarme dispuesta. Empieza por algo tan simple como cambiar la primera reacción ante el éxito ajeno: de «¿qué tendrá detrás?» a «¿qué puedo aprender de eso?». Es un cambio en una sola pregunta. Pero es también la diferencia entre una cultura que poda lo que crece y otra que lo riega.








