La sobrecarga del trabajo doméstico y de cuidados sigue recayendo principalmente sobre las mujeres, lo que limita sus oportunidades económicas. La seguridad alimentaria también contribuye a reducir las desigualdades, a fortalecer su autonomía y a reconocer el valor de quienes sostienen a sus familias y comunidades.

Yolanda Fernández Ochoa*

Hay trabajos que aparecen en las estadísticas; tienen salario, horario y reconocimiento. Y hay otros que ocurren todos los días, silenciosamente, dentro de miles de hogares: alimentar, cuidar, acompañar, administrar lo poco que hay y procurar que alcance para todos. Detrás de buena parte de ese trabajo hay una mujer.

Una madre que prepara el desayuno antes de que sus hijos vayan a la escuela; una hija que cuida a su madre adulta mayor; una mujer que acompaña a una persona con discapacidad; una abuela que asumió nuevamente la crianza; una jefa de hogar que debe decidir cómo distribuir un ingreso insuficiente entre alimentación, alquiler, transporte, medicamentos y educación. Son historias distintas, pero tienen algo en común: mujeres que sostienen a otras personas mientras, muchas veces, ellas mismas necesitan ser sostenidas.

Desde el Banco de Alimentos de Costa Rica tenemos el privilegio de acercarnos todos los días a muchas de esas realidades. Y digo “acercarnos” porque el Banco no trabaja por sí solo. Lo hacemos mediante una extraordinaria red de más de 360 organizaciones sociales y comunitarias que nos permite llegar a poblaciones en situación de vulnerabilidad en diferentes lugares del país: niños y niñas, personas adultas mayores, personas con discapacidad, personas en procesos de rehabilitación y muchas otras que requieren apoyo. Más de 44.000 personas son atendidas cada mes a través de esta red.

Entre ellas hay muchísimas mujeres que reciben apoyo, ciertamente, pero que, al mismo tiempo, son cuidadoras de alguien más. Por eso, cuando un alimento llega a una de estas familias, su impacto puede ser mucho mayor de lo que imaginamos.

La desigualdad también se mide en horas

Los números ayudan a entender una realidad que las mujeres conocen perfectamente. En Costa Rica, las mujeres dedican en promedio 32 horas y 4 minutos a la semana al trabajo doméstico no remunerado, frente a 15 horas y 44 minutos de los hombres. Son más de 16 horas adicionales cada semana. Cuando hablamos específicamente del cuidado de niños y niñas menores de 12 años, las mujeres destinan alrededor de 12 horas semanales, mientras que los hombres dedican 7 horas y 19 minutos.

No es una diferencia menor. Son horas cocinando, limpiando, acompañando a citas médicas, ayudando con tareas escolares, cuidando a una persona dependiente o simplemente permaneciendo alerta porque alguien necesita atención. Y esa responsabilidad tiene consecuencias económicas.

Mientras la participación de los hombres en el trabajo remunerado alcanzaba el 68,4 %, la de las mujeres era del 43,4 %. Si sumamos el trabajo remunerado y no remunerado, la carga semanal total de las mujeres llegaba a 71 horas y 27 minutos, unas cuatro horas y media más que la de los hombres.

La vulnerabilidad, por tanto, no puede analizarse únicamente desde el ingreso. También debemos hablar de tiempo, oportunidades y cuidados.

El hambre tiene rostro

Costa Rica ha avanzado en la reducción de la pobreza, pero todavía 286.365 hogares viven en situación de pobreza y 71.336 en situación de pobreza extrema, según la Encuesta Nacional de Hogares 2025. Además, la propia ENAHO evidencia la importancia de la jefatura femenina en la estructura de los hogares costarricenses.

Detrás de esas cifras hay decisiones cotidianas que ninguna estadística logra describir por completo: qué deja de comprar una madre cuando el dinero no alcanza, si come menos ella para que coman sus hijos, o qué sucede cuando, además, debe cuidar a una persona adulta mayor o con discapacidad, lo que limita sus posibilidades de conseguir un empleo a tiempo completo. Hablar de seguridad alimentaria también es hablar de esas decisiones.

Y el desafío trasciende nuestras fronteras. Las cifras mundiales siguen siendo difíciles de aceptar: alrededor de 645 millones de personas padecieron hambre en 2025 y unos 2.700 millones no podían permitirse una dieta saludable, según las estimaciones más recientes de las Naciones Unidas.

Al mismo tiempo, desperdiciamos grandes cantidades de alimentos. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente estimó que en 2022 se desperdiciaron 1.050 millones de toneladas de alimentos, lo que equivale a cerca de una quinta parte de los alimentos disponibles para los consumidores. Solo en los hogares se desperdiciaban más de 1.000 millones de comidas al día. Esa contradicción debería incomodarnos.

Quinientos mil platos que significan mucho más

En el Banco de Alimentos de Costa Rica trabajamos precisamente en medio de esa paradoja: mientras hay alimentos y productos que pueden rescatarse, miles de personas los necesitan.

Gracias a empresas donantes, aliados, voluntarios y organizaciones sociales y comunitarias, el Banco moviliza cada mes más de 380 toneladas de alimentos y productos de primera necesidad, atiende a más de 44.000 personas, entre ellas más de 13.500 niños y niñas, y contribuye a servir alrededor de 500.000 platos de comida al mes. Nuestra red cubre aproximadamente el 76 % del territorio nacional.

Pero detrás de esos 500.000 platos hay algo que no se mide con un indicador. Hay tranquilidad. Hay una madre que esa semana tendrá una preocupación menos; una cuidadora que puede concentrar parte de su energía en acompañar a la persona que depende de ella; una organización social que puede destinar recursos a otras necesidades porque una parte de la alimentación está cubierta; un niño que puede estudiar después de haber comido; y una persona adulta mayor que recibe no solo alimento, sino también cuidado y dignidad.

Por eso, un plato de comida nunca es solo un plato de comida. Puede representar tiempo, salud, permanencia escolar, autonomía, dignidad y, en algunos casos, la posibilidad de que una mujer salga a trabajar sabiendo que una de las necesidades básicas de las personas a su cargo está siendo atendida.

De la caridad a la corresponsabilidad

Quizá también necesitamos cambiar la manera en que hablamos de ayudar. No se trata de caridad. Se trata de corresponsabilidad.

Las empresas que donan alimentos y productos de primera necesidad; las personas que ofrecen su tiempo como voluntarias; las organizaciones sociales que conocen a sus comunidades; y quienes realizan una contribución económica forman parte de una misma cadena.

En un extremo puede haber un producto que una empresa ya no comercializará, pero que conserva las condiciones necesarias para ser aprovechado. En el otro, una mujer se pregunta qué pondrá mañana sobre la mesa. El Banco de Alimentos ayuda a conectar esos dos mundos.

Y cuando esa conexión funciona, todos ganamos porque reducimos el desperdicio, aprovechamos recursos, contribuimos a la seguridad alimentaria y fortalecemos el tejido social. Pero, sobre todo, reconocemos que cuidar no debería ser una tarea en solitario.

Pienso particularmente en esas mujeres que todos los días sostienen a sus familias y comunidades. Muchas nunca serán llamadas líderes, aunque ejerzan liderazgo desde que se levantan hasta que se acuestan. No aparecerán en fotografías ni recibirán reconocimientos. Sin embargo, administran recursos escasos, toman decisiones difíciles, protegen, alimentan y mantienen unidas a sus familias.

A ellas también llega el Banco de Alimentos. Y quizá esa sea una de las dimensiones más hermosas de nuestro trabajo: cuando alimentamos a una persona, muchas veces estamos fortaleciendo a quien cuida de muchas otras personas.

Construir una Costa Rica sin hambre requiere alimentos, pero también empatía, alianzas y corresponsabilidad. Porque ninguna mujer debería tener que elegir entre alimentarse a sí misma y alimentar a quienes ama.

Y porque detrás de cada plato servido hay mucho más que comida: hay dignidad, hay cuidado y hay futuro.

*Directora Ejecutiva del Banco de Alimentos de Costa Rica.