Afganistán es el único país del mundo en el que a las niñas y mujeres se les ha vedado el acceso a la educación secundaria y superior. Mientras más de 2,6 millones de mujeres han sido privadas de la educación secundaria desde 2021, algunas continúan estudiando en escuelas clandestinas, aulas improvisadas y programas alternativos para ejercer un derecho que las autoridades talibanes les niegan por ser mujeres.
Ayesha tiene 18 años y asiste seis días a la semana a una escuela que oficialmente no existe. El aula permanece oculta tras los pasillos de una escuela primaria de Afganistán, y las jóvenes que estudian allí cambian sus rutas para llegar, evitan caminar juntas y saben qué hacer cuando aparecen los talibanes. Para ella, continuar estudiando significa aprender, pero también mantener una vida fuera de su casa y el contacto con otras personas.
Su historia forma parte de una investigación publicada en septiembre por The New York Times. El periodista Elian Peltier entrevistó a más de 50 alumnas, docentes, terapeutas y familiares vinculados a escuelas clandestinas afganas, espacios donde algunas niñas continúan recibiendo la educación que les fue prohibida tras el regreso de los talibanes al poder en agosto de 2021.
La prohibición tiene un límite claro, ya que desde septiembre de 2021 las niñas no pueden continuar con la educación formal tras la educación secundaria obligatoria y, desde diciembre de 2022, las mujeres tampoco pueden asistir a la universidad. UNICEF informó en agosto de que más de 2,6 millones de niñas han sido privadas de educación secundaria en los últimos cinco años y que Afganistán continúa siendo el único país del mundo en el que la educación secundaria y superior está, en la práctica, cerrada para niñas y mujeres.
La UNESCO calcula que alrededor de 2,4 millones de personas siguen excluidas de la educación secundaria. Antes de las restricciones, el país había recorrido un camino muy diferente: en 2001 eran muy pocas las niñas matriculadas en primaria y, para 2021, casi un millón asistía a secundaria. Cinco años de prohibiciones han comenzado a revertir dos décadas de ampliación del acceso a la educación.
Las escuelas secretas surgieron en ese contexto, pues algunas funcionan en centros que imparten oficialmente otros niveles educativos; otras utilizan viviendas o espacios comunitarios. El reportaje de The New York Times documenta mecanismos destinados a evitar su descubrimiento: estudiantes que llegan por separado, sistemas de vigilancia, alarmas para avisar de la llegada de inspectores y aulas que pueden ocultarse durante las visitas.
El riesgo no es imaginario, pues Ayesha contó que, durante un examen de física realizado en julio, llegaron los talibanes. El director encerró a las alumnas en el aula y 14 jóvenes continuaron escribiendo en silencio. En otras ocasiones, las estudiantes habían tenido que escapar por las puertas traseras o esconderse en un sótano a oscuras.
El sistema tampoco funciona de manera uniforme porque algunos funcionarios locales toleran determinados centros, mientras que otros los inspeccionan o pueden ordenar su cierre. El reportaje documenta incluso escuelas donde estudian las hijas de miembros de las propias estructuras talibanes. La prohibición procede de la máxima dirección del régimen y sigue vigente pese a las diferencias internas que puedan existir al respecto.
Estas aulas alcanzan, además, solo a una pequeña parte de las niñas excluidas. Algunas pueden continuar mediante educación privada, clases virtuales, escuelas religiosas o programas comunitarios; millones no tienen ninguna de esas posibilidades. Las madrasas admiten a niñas mayores, pero no necesariamente ofrecen la misma formación que el sistema educativo regular. Algunas estudiantes entrevistadas por The New York Times señalaron diferencias importantes en materias como física, química y matemáticas.
Otras recurren a mecanismos aún más elementales para prolongar su permanencia en la escuela. Tasnim, maestra de Primaria, relató que convenció a una colega para que permitiera a su hija Kowsar repetir sexto curso tras haberlo aprobado. El certificado de la niña indicaba que había sido promovida satisfactoriamente a séptimo curso. El problema era que, para ella, ese séptimo curso ya no existía.
La exclusión educativa tampoco termina cuando una niña guarda sus libros. UNICEF advierte de que las restricciones están reduciendo la disponibilidad futura de mujeres cualificadas para trabajar en sectores esenciales. Un análisis publicado en abril estima que Afganistán podría perder hasta 20.000 maestras y 5.400 trabajadoras sanitarias para 2030 si persisten las limitaciones a la educación y al empleo de las mujeres.
La consecuencia afecta a toda la sociedad, porque menos niñas estudiando hoy significa menos maestras, médicas, enfermeras y otras profesionales mañana. En un país donde las propias restricciones de género condicionan las interacciones entre mujeres y hombres, reducir el número de profesionales femeninas puede limitar aún más el acceso de mujeres y niñas a la educación, la sanidad y otros servicios.
El mismo análisis de UNICEF estima que las restricciones a la educación de las niñas y a la participación laboral de las mujeres ya representan para Afganistán pérdidas económicas de al menos 5.300 millones de afganis anuales, equivalentes a unos 84 millones de dólares. La representación femenina en el servicio público disminuyó del 21 % en 2023 al 17,7 % en 2025.
Las consecuencias también se ven en los hogares. La UNESCO advierte de que mantener a niñas y mujeres fuera de la educación incrementa el riesgo de matrimonio temprano y afecta su salud física y mental, además de limitar sus posibilidades futuras de obtener ingresos y de participar en la vida económica. La prohibición educativa forma parte de restricciones más amplias que han apartado progresivamente a las mujeres de buena parte del empleo remunerado, de las profesiones de atención al público y de otros espacios de participación social.
Mantener alguna posibilidad de aprendizaje se ha convertido, por ello, en una tarea que trasciende las escuelas clandestinas. UNESCO desarrolla programas comunitarios de alfabetización, formación profesional y apoyo psicosocial que, desde 2021, han alcanzado a más de 69.000 personas, de las cuales el 73 % son mujeres. Solo en 2026, la organización ha apoyado a más de 26.000 estudiantes.
Estos programas permiten que mujeres que quedaron fuera del sistema educativo aprendan a leer y escribir o desarrollen conocimientos vinculados a actividades productivas. También existen clases a distancia y redes de personas voluntarias que enseñan desde otros países. Laila, una joven de 21 años entrevistada por The New York Times, combina clases presenciales clandestinas de informática e idiomas con lecciones virtuales impartidas por tutores de distintos lugares del mundo.
Ninguna de estas alternativas, sin embargo, sustituye el derecho a la educación formal. La UNESCO lo señala expresamente al presentar sus programas comunitarios: son vías necesarias para mantener abierto el aprendizaje mientras persisten las restricciones, pero no sustituyen el regreso de niñas y mujeres a la escuela secundaria y a la universidad.
Esa diferencia evita que las escuelas clandestinas se conviertan en una solución para Afganistán. Admirar la determinación de las estudiantes puede ocultar el hecho que obliga a su existencia: un niño puede continuar con normalidad su trayectoria educativa, mientras que una niña que ha terminado el mismo curso debe esconderse para aprender matemáticas, ciencias o idiomas.
Incluso la educación primaria, todavía permitida para las niñas, muestra una contradicción dolorosa. Tasnim explicó que dejó de asistir a las despedidas de sus alumnas de sexto porque no soportaba verlas llorar al darse cuenta de que su vida escolar había terminado. Algunas le preguntaban para qué había servido todo lo aprendido.
Para Ayesha, la escuela clandestina también tiene fecha de caducidad. Está llegando al equivalente al último año de bachillerato y, después, no existe una universidad afgana a la que pueda acceder. Quería estudiar psicología; ante la imposibilidad de hacerlo, utiliza lo aprendido para aconsejar a sus compañeras.
Las niñas que aparecen en estas historias no estudian clandestinamente porque esa sea una alternativa educativa que hayan elegido. Lo hacen porque el sistema formal las expulsa al terminar el sexto curso. Profesores, familias y comunidades mantienen abiertas algunas aulas a pesar de las restricciones, pero millones permanecen fuera de ellas y cada nuevo curso incorpora otra generación a la exclusión.
Cinco años después del regreso de los talibanes, estudiar se ha convertido para algunas niñas afganas en un acto de resistencia. La imagen puede resultar poderosa, pero no debería romantizarse en Occidente como se ha hecho, como botín político de la ultraderecha conservadora. Una niña no debería tener que desafiar a una autoridad, esconder sus cuadernos, cambiar la ruta hasta su escuela o encerrarse en un sótano para aprender; debería garantizarse su acceso a la educación como un derecho humano fundamental.
Referencias
Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia. (2026, 28 de abril). Restrictions on girls’ education and women’s employment in Afghanistan could lead to a loss of over 25,000 female teachers and health workers by 2030. UNICEF. https://www.unicef.org/afghanistan/press-releases/restrictions-girls-education-and-womens-employment-afghanistan-could-lead-loss-over
Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia. (2026, 14 de agosto). Más de 2,6 millones de niñas afganas han quedado privadas de educación secundaria desde 2021. UNICEF. https://www.unicef.org/es/comunicados-prensa/mas-de-26-millones-de-ninas-afganas-se-han-visto-privadas-de-la-educacion
Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. (2026, 11 de agosto). Cinco años de exclusión: la UNESCO insta a la plena restitución del derecho a la educación de las niñas y mujeres afganas. UNESCO. https://www.unesco.org/es/articles/cinco-anos-de-exclusion-la-unesco-insta-la-plena-restitucion-del-derecho-la-educacion-de-las-ninas-y
Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. (2026, 14 de agosto). Cinco años después: Mantener vivo el acceso al aprendizaje para las niñas y las mujeres en Afganistán. UNESCO. https://www.unesco.org/es/articles/cinco-anos-despues-mantener-vivo-el-acceso-al-aprendizaje-para-las-ninas-y-las-mujeres-en-afganistan
Peltier, E. (2026, 4 de septiembre). Las escuelas secretas donde las niñas afganas desafían a los talibanes. The New York Times. https://www.nytimes.com/es/2026/09/04/espanol/mundo/ninas-afganistan-escuelas-clandestinas-talibanes.html
UNICEF Innocenti – Oficina de Estrategia y Evidencia. (2026). The costs of inaction: Girls’ education and women’s labour force participation in Afghanistan. UNICEF. https://www.unicef.org/innocenti/reports/cost-of-inaction-afghanistan-2026








