Si es certero afirmar que es igual el camino para hombres y mujeres hacia la beatificación y canonización, también se puede sostener que el contexto histórico y cultural ha influido en cómo se valora y visibiliza el género dentro del proceso.
Como directora de Revista Petra, conversé con el editor, el Dr. Verny Montoya, para redactar varias notas con enfoque de género que se publicarán durante esta Semana Mayor.
Discutimos los artículos que trabajaríamos, como las historias de varias santas (Rosa de Lima, Laura Montoya, Narcisa de Jesús, María de Jesús Sacramentado), y algunos reportajes con mayor profundidad. Para mi sorpresa —definitivamente todos los días son oportunidades de aprendizaje—, cuando leí los reportajes “Mujeres mártires: la fe llevada hasta el extremo” y “Beatas de América Latina: la santidad en espera”, me di cuenta de que, aunque no hay diferencias en el proceso de beatificación y canonización entre un hombre y una mujer dentro de la Iglesia Católica, ya que el procedimiento, los requisitos y los criterios son exactamente los mismos. Sin embargo, sí han existido algunas diferencias en la práctica. Veamos.
Para ser convertido en santa o santo, se exige que la persona haya tenido una vida ejemplar, fama de santidad entre los fieles, un milagro comprobado atribuido a su intercesión (excepto en casos de martirio). Después de recopilar la evidencia y testimonios, pasan por una evaluación rigurosa del Vaticano.
En lo formal, no hay ninguna diferencia. Sin embargo, en la práctica, a las mujeres se les ha reconocido más por cualidades positivas y hábitos firmes para obrar el bien, la justicia y la verdad a través de la humildad, el servicio y la vida contemplativa (vinculado a los roles tradicionales de género). Esto es en comparación con los hombres, cuya virtuosidad descansa mayormente en su liderazgo, fundación de órdenes o acción pública.
Si es certero afirmar que es igual el camino para hombres y mujeres hacia la beatificación y canonización, también se puede sostener que el contexto histórico y cultural ha influido en cómo se valora y visibiliza el género dentro del proceso.
Pongamos algunos ejemplos, el de Rosa de Lima, primera santa de América. Ella reivindica el modelo femenino clásico religioso de vida espiritual intensa, penitencia y contemplación, frente a Óscar Romero, que es recordado como mártir por su faceta política y social de defensa de los derechos humanos.
Francisco de Asís tuvo un destacado impacto en su liderazgo espiritual y la fundación de la Orden Franciscana En el contexto de la Quinta Cruzada, promovió el diálogo, la paz y la convivencia. Ignacio de Loyola creó la Compañía de Jesús (jesuitas), que tuvo un papel decisivo en la asesoría a monarquías y en la Contrarreforma, con profundas implicaciones políticas en Europa. Mientras que Narcisa de Jesús y María de Jesús Sacramentado sobresalieron por sus vidas marcadas por la pobreza, el sacrificio físico y la oración intensa. Lo anterior refleja una división clásica: lo privado/femenino vs. lo público/masculino.
Pero no todo es blanco y negro. Hay algunas santas que rompieron “el molde” asociado a la obediencia, el sacrificio y el sufrimiento silencioso, como Juana de Arco, cuya historia mezcla política, guerra y fe, algo menos común en mujeres y en la época en que vivió. Teresa de Calcuta rompió parcialmente el molde tradicional al desarrollar una labor pública y social activa.
Sí, definitivamente existe un modelo o rol a cumplir diferenciador entre santos y santas: las mujeres, acallar, orar, resistir, sacrificarse; los hombres, a actuar, liderar, construir y transformar.
El desafío de la Iglesia católica actual debería ser eliminar los modelos o moldes para que la santidad no reproduzca desigualdades y refleje un proceso religioso más libre, diverso e igualitario.








