El dato se repite en estudios de economía laboral de distintos países: tener un hijo reduce el ingreso de las mujeres y no afecta el de los hombres en la misma medida. No es una percepción, sino evidencia cuantitativa.

La economista Claudia Goldin, premio Nobel, lo ha planteado con claridad: las brechas salariales de género ya no se explican solo por la educación o el acceso al empleo, sino por lo que ocurre en las trayectorias laborales. El punto de quiebre es la maternidad. A partir del primer hijo, muchas carreras se desaceleran o se interrumpen.

El fenómeno tiene un nombre en la literatura económica: motherhood penalty. También se conoce como ‘child penalty’. Investigaciones del economista Henrik Kleven, basadas en datos administrativos de varios países, muestran que los ingresos de las mujeres pueden caer entre un 20% y un 30% tras el nacimiento del primer hijo. En el caso de los hombres, el efecto es nulo o incluso positivo.

La penalización no ocurre de un solo golpe. Se acumula. Empieza con la salida temporal del empleo, continúa con la dificultad para reingresar en condiciones similares y se consolida con ascensos menores, salarios más bajos y trayectorias laborales más fragmentadas.

No es solo un problema de licencias. Es un problema de diseño del mercado laboral.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha advertido de que la falta de sistemas de cuidado es uno de los principales factores que expulsan a las mujeres del empleo formal. En América Latina, una proporción significativa no regresa al mercado laboral después de tener hijos o lo hace en condiciones más precarias, generalmente en la informalidad. El Banco Mundial ha documentado el mismo patrón: la maternidad es uno de los factores más determinantes en la salida del empleo o en la transición hacia trabajos de menor calidad.

La otra cara del problema es menos visible, pero igual de persistente. Incluso antes de tener hijos, muchas mujeres enfrentan barreras debido a su potencial maternidad. Sesgos en la contratación, menor inversión en su formación o promoción, dudas sobre su “disponibilidad” futura. El castigo empieza antes de que ocurra la maternidad.

Goldin introduce otro concepto clave para entender el fenómeno: «greedy jobs». Empleos que exigen disponibilidad total, jornadas extensas y flexibilidad unilateral. En ese esquema, cualquier interrupción —como la crianza— se convierte en una desventaja estructural. No se trata de que las mujeres trabajen menos. Es que el modelo penaliza cualquier forma de tiempo que no esté subordinada al trabajo.

Las consecuencias exceden el plano individual. Están reconfigurando la demografía de países enteros.

En Japón, la combinación de jornadas laborales extensas, baja corresponsabilidad en el cuidado y estructuras empresariales rígidas ha llevado a una tasa de fertilidad cercana a 1,3 hijos por mujer. Corea del Sur registra la más baja del mundo, por debajo de 1. En ambos casos, la decisión de no tener hijos o de tener menos no responde únicamente a factores culturales. Está anclada a condiciones laborales incompatibles con la crianza.

Europa ofrece otra variante. En España e Italia, la precariedad laboral juvenil, la inestabilidad de los ingresos y el acceso limitado a la vivienda han desplazado la maternidad hacia edades cada vez más tardías. El resultado es una caída sostenida de la natalidad y un envejecimiento acelerado de la población.

No es un fenómeno marginal. Es una tendencia global en economías desarrolladas y en transición.

Los países que han mitigado parcialmente esta dinámica lo han hecho modificando las reglas del juego. En Suecia y Noruega, las licencias parentales compartidas, los sistemas públicos de cuidado y la intervención estatal en la conciliación han reducido la penalización por maternidad y han sostenido niveles más altos de participación laboral femenina. No han eliminado el problema, pero han contenido sus efectos.

Aun así, la evidencia apunta a un límite más profundo. Las políticas de conciliación corrigen síntomas, pero no transforman del todo la lógica del mercado laboral. Mientras el valor del trabajo siga vinculado a la disponibilidad total y a la continuidad ininterrumpida, la maternidad seguirá siendo tratada como una desviación.

Las consecuencias estructurales ya son visibles.

En el plano económico, la salida o subutilización de mujeres calificadas implica una pérdida de productividad y un menor crecimiento potencial. En el plano social, se amplían las brechas de ingresos y se profundizan las desigualdades que se arrastran hasta la vejez, especialmente en materia de pensiones.

Pero el impacto más profundo es demográfico. Las sociedades que no logran integrar la maternidad y el trabajo enfrentan una caída sostenida de la natalidad. Menos nacimientos implican una base laboral futura más reducida, mayor presión sobre los sistemas de pensiones y de salud, y un desequilibrio creciente entre la población activa y la dependiente. El problema deja de ser individual y se convierte en sistémico.

El punto crítico es que esta tendencia no se corrige incentivando a las mujeres a tener más hijos ni devolviendo el cuidado al ámbito privado. Esa lógica ya mostró sus límites. El desafío es otro.

Se trata de redefinir la relación entre el trabajo, el tiempo y la reproducción social. De trasladar el cuidado de una responsabilidad individual femenina a una responsabilidad colectiva que involucre al Estado, al mercado y a los hombres en los hogares. De cuestionar los modelos laborales que premian la disponibilidad absoluta como estándar de productividad.

Las respuestas existen, pero requieren cambios estructurales. Sistemas de cuidado universales, licencias parentales que distribuyan responsabilidades, reorganización de las jornadas laborales, mecanismos que desacoplen los ingresos de la continuidad ininterrumpida del empleo. No son ajustes menores. Implican revisar la forma en que se organiza la economía.

La pregunta de fondo ya no es si las mujeres pueden adaptarse al mercado laboral. Es si el mercado laboral puede adaptarse a la vida de las mujeres que son madres. Porque si no lo hace, la consecuencia no será solo la expulsión de las madres, sino también la erosión de la base demográfica sobre la que se sostiene cualquier sociedad.