Un informe sobre la industria maquiladora textil en México concluye que la precariedad laboral no constituye una excepción en el sector, sino que es una de las condiciones que sustentan buena parte de su competitividad. Las mujeres, que representan dos tercios de la fuerza laboral, concentran los niveles más altos de informalidad, perciben los salarios más bajos y enfrentan mayores barreras para acceder a puestos de decisión.
Cada prenda de vestir encierra una historia que rara vez aparece en las etiquetas. Antes de llegar a un escaparate o formar parte de una nueva colección, pasó por una cadena de producción en la que miles de personas cortan telas, operan máquinas de coser, ensamblan piezas o revisan acabados. En México, esa labor recae principalmente en las mujeres, quienes representan el 66 % de la fuerza laboral de la industria de la indumentaria. Sin embargo, el protagonismo que tienen en la producción contrasta con las condiciones en las que desarrollan su trabajo.
El informe Hilando el cambio: Hacia un trabajo justo en la industria maquila textil en México, elaborado por la colectiva UNIDAS con el acompañamiento técnico de Ethos Innovación en Políticas Públicas, sostiene que el sector mantiene un patrón de desigualdad persistente que combina informalidad, relaciones laborales precarias y un acceso limitado a derechos básicos. De acuerdo con la investigación, el 76 % de las mujeres ocupadas en esta industria trabajan en condiciones de informalidad, frente al 53 % de los hombres, una diferencia que refleja la forma en que se distribuyen los riesgos y las oportunidades a lo largo de la cadena productiva.
El documento invita a mirar la informalidad desde una perspectiva distinta. En lugar de interpretarla como una anomalía o como el resultado de incumplimientos aislados, plantea que constituye un componente estructural del modelo productivo, en el que la reducción de costos laborales continúa siendo uno de los principales mecanismos para mantener la competitividad. Bajo ese esquema, muchas trabajadoras permanecen vinculadas mediante contratos temporales, subcontratación o registros salariales inferiores a los ingresos que realmente perciben, lo que termina afectando su acceso a prestaciones, a la seguridad social, a la vivienda y a futuras pensiones.
Las cifras adquieren otra dimensión cuando se observa quiénes ocupan los distintos espacios dentro de la industria. Mientras los hombres predominan en puestos de supervisión, gerencia, mantenimiento técnico, transporte y operación de maquinaria especializada, las mujeres continúan concentrándose en actividades de confección, bordado y ensamblaje, precisamente aquellas en las que los salarios suelen ser menores y las posibilidades de ascenso más limitadas. Esta segregación ocupacional explica, en buena medida, que el ingreso mensual promedio de las trabajadoras apenas alcance los 5 mil 961 pesos, frente a los 10 mil 281 pesos que perciben los hombres.
El informe también documenta prácticas que trascienden la dimensión económica. Entre los testimonios y hallazgos recopilados se registran situaciones de hostigamiento, acoso laboral y discriminación por embarazo, así como dificultades para ejercer derechos que, en teoría, deberían estar garantizados por la legislación laboral. La investigación advierte que muchas trabajadoras, aun cuando mantienen una relación aparentemente formal, enfrentan obstáculos para acceder plenamente a la seguridad social o para acumular las cotizaciones necesarias que les permitan aspirar a una jubilación digna.
A estas condiciones se suma otro factor que suele quedar fuera de las estadísticas laborales: la distribución desigual de las tareas de cuidado. Las responsabilidades relacionadas con la atención de niñas, niños, personas adultas mayores o familiares dependientes limitan la disponibilidad de muchas mujeres para aceptar determinados horarios, capacitarse o aspirar a puestos de mayor responsabilidad. En consecuencia, las trayectorias laborales tienden a fragmentarse y la permanencia en el empleo se vuelve más inestable, especialmente en un sector caracterizado por elevados niveles de rotación.
Los autores del estudio estiman que alrededor de 241 mil mujeres tendrían que incorporarse a puestos directivos, de coordinación o de gerencia para alcanzar una representación equivalente a la de los hombres en esos niveles de toma de decisiones. La cifra ilustra una paradoja: la industria depende ampliamente del trabajo femenino para sostener su producción cotidiana, pero esa contribución sigue teniendo una presencia marginal en el acceso al liderazgo, en la toma de decisiones y en los beneficios asociados a esas posiciones.
Durante la presentación del informe, Brandon Fischer, integrante de Ethos Innovación en Políticas Públicas, resumió esa contradicción al señalar que las mujeres constituyen la principal fuerza laboral de la industria, pero permanecen concentradas en «los eslabones más precarizados» de la cadena productiva. El estudio añade otro elemento revelador: el 96 % de las empresas de este sector son microempresas, lo que dificulta la supervisión institucional y favorece la persistencia de prácticas laborales precarias cuando los mecanismos de inspección resultan insuficientes.
Frente a este panorama, UNIDAS plantea que la transformación del sector requiere intervenciones simultáneas del Estado, de las organizaciones sindicales y de las propias empresas. Entre las principales recomendaciones figuran fortalecer la inspección laboral con perspectiva de género, combatir prácticas como el subregistro salarial y los despidos por embarazo, ampliar la cobertura de los servicios de cuidado infantil y garantizar contratos escritos para todas las personas trabajadoras. El informe también propone impulsar diagnósticos internos sobre brechas salariales y establecer rutas transparentes de promoción profesional que permitan incrementar la presencia de mujeres en puestos de coordinación y gerencia.
La industria de la moda suele analizarse desde las tendencias de consumo, las exportaciones o la competitividad internacional. Hilando el cambio, desplaza deliberadamente ese punto de vista para dirigir la atención hacia quienes permanecen en el origen de la cadena productiva. Su principal conclusión no se limita a cuestionar las condiciones laborales de un sector específico; también plantea una interrogante sobre el modelo económico que sustenta buena parte de la producción global de prendas de vestir. Si la competitividad continúa dependiendo de la precarización del trabajo femenino, la discusión ya no puede limitarse al precio de la ropa, sino al costo humano que permanece oculto detrás de cada prenda.
Referencias
Colectiva UNIDAS. (2026). Hilando el cambio: hacia un trabajo justo en la industria maquiladora textil de México. UNIDAS.
Escutia, N. (24 de julio de 2026). En la industria textil se confecciona a salarios bajos y en condiciones informales para las mujeres, su principal fuerza laboral. El Economista.
Sociedad Noticias. (14 de julio de 2026). Presentarán un informe sobre la precariedad laboral de las mujeres en la industria de la maquila textil.








