La activista boliviana cuestiona los discursos de inclusión, empoderamiento y conquista individual de derechos que han marcado parte de las políticas de igualdad de las últimas décadas. Su propuesta es más radical: sostiene que incorporar a las mujeres a estructuras desiguales no las transforma necesariamente y plantea la despatriarcalización como horizonte político.

María Galindo no quiere que el feminismo se conforme con conseguir más espacios para las mujeres en la sociedad existente. Después de más de tres décadas de activismo desde Mujeres Creando, la feminista boliviana sostiene que palabras instaladas en las políticas públicas y en la cooperación internacional, como inclusión y empoderamiento, han perdido su capacidad transformadora cuando no cuestionan las estructuras económicas y sociales que producen la desigualdad.

“Es un discurso fracasado, retórico y adormecedor”, afirmó Galindo en una entrevista con Santiago Vanegas para BBC News Mundo, realizada con motivo de su participación en el Hay Festival Querétaro y centrada en las ideas desarrolladas en su libro Feminismo bastardo. Su cuestionamiento llega incluso a una de las bases sobre las que se ha construido buena parte de la agenda feminista contemporánea: la conquista de derechos.

Galindo considera agotado el modelo de luchas identitarias desarrollado durante las décadas de 1990 y 2000 porque, desde su perspectiva, terminó concentrándose en quién puede acceder a determinados derechos, sin modificar lo suficiente el sistema que distribuye privilegios y desigualdades. Frente a ello, propone la despatriarcalización, entendida como una transformación estructural que no se limite a incorporar individualmente a algunas mujeres en espacios de los que anteriormente estaban excluidas.

La posición es deliberadamente provocadora y requiere una distinción importante. Los derechos de las mujeres difícilmente pueden considerarse irrelevantes cuando todavía existen países que restringen su educación, autonomía económica, participación política, libertad reproductiva o capacidad para decidir sobre sus propias vidas. El acceso a derechos también ha permitido modificar relaciones de poder que durante generaciones fueron consideradas naturales: votar, estudiar, administrar bienes, divorciarse, denunciar una violación dentro del matrimonio o exigir igualdad laboral son conquistas jurídicas con consecuencias materiales.

La crítica de Galindo apunta a otro problema: que obtener un derecho formal o incorporar a una mujer a una determinada estructura no garantiza necesariamente que desaparezcan las condiciones que originaron su desigualdad. Una empresa puede aumentar el número de mujeres en puestos directivos y mantener una organización laboral incompatible con las responsabilidades de cuidado; una institución financiera puede ofrecer créditos específicamente dirigidos a emprendedoras sin preguntarse en qué condiciones se endeudan, y un programa puede contabilizar mujeres capacitadas sin conocer posteriormente cuánto aumentaron sus ingresos o su autonomía.

El microcrédito es uno de los ejemplos que Galindo utiliza para desarrollar esa crítica. Cuestiona que determinados programas presentados como instrumentos de empoderamiento terminen por trasladar el riesgo económico a las mujeres que trabajan en condiciones precarias. Describe a artesanas y vendedoras informales que recurren al endeudamiento, amplían sus jornadas laborales e incluso incorporan el trabajo familiar para cumplir con sus obligaciones financieras. Desde su lectura, llamar automáticamente “empoderamiento” al acceso al crédito puede ocultar las condiciones bajo las cuales ese crédito se concede y se paga. 

Su pensamiento también cuestiona la tendencia a situar a la mujer individual en el centro exclusivo de las políticas de derechos. Galindo reivindica la capacidad latinoamericana para construir sujetos colectivos y utiliza como ejemplo a las madres buscadoras mexicanas: mujeres que parten de pérdidas individuales, pero organizan colectivamente la búsqueda de personas desaparecidas y transforman una experiencia privada en acción política.

Esa importancia de lo colectivo atraviesa la historia de Mujeres Creando. El movimiento nació en Bolivia hace más de 30 años y se define mediante una frase que desafía deliberadamente las categorías sociales: “indias, putas y lesbianas juntas, revueltas y hermanadas”. Su actividad combina acompañamiento jurídico, alimentación, comunicación, producción intelectual, arte, radio y acciones callejeras. Para Galindo, esa práctica cotidiana tiene tanta importancia política como la elaboración teórica del feminismo. 

También, desde ahí, cuestiona la mirada colonial con la que algunas sociedades observan a las mujeres de otros territorios. En la entrevista rechaza que las mujeres latinoamericanas, afganas o de otros contextos sean convertidas simplemente en objetos de compasión por observadoras externas. Su propuesta consiste en comenzar por comprender las relaciones de poder presentes en la propia sociedad, una idea relacionada con el “bastardismo” que desarrolla en su obra.

Su concepción de la violencia contra las mujeres sigue la misma lógica. Galindo toma distancia de una representación centrada exclusivamente en la víctima y habla de mujeres que rompen relaciones, estudian, trabajan, salen, deciden sobre sus cuerpos o modifican comportamientos previamente esperados de ellas. Denomina “víctima subversiva” a quien intenta abandonar el lugar social asignado a la víctima y relaciona la violencia patriarcal con los mecanismos empleados para castigar determinadas formas de autonomía femenina. 

El cuerpo ocupa, por ello, un lugar central en su práctica política y artística. Las performances, los desnudos colectivos, los grafitis y las intervenciones callejeras han provocado procesos judiciales, rechazo público e incluso amenazas. Galindo vincula esas acciones con la recuperación de una corporalidad femenina que considera disciplinada tanto por el patriarcado como por la experiencia colonial.

Su pensamiento puede discutirse y varias de sus afirmaciones admiten objeciones. Presentar la lucha por los derechos como agotada puede minimizar su importancia, precisamente cuando numerosos derechos sexuales, reproductivos y políticos enfrentan cuestionamientos y retrocesos. Tampoco todos los programas de inclusión, cooperación o financiación producen los resultados que ella denuncia, por lo que sus ejemplos no deberían convertirse en una caracterización general sin evidencia que la respalde.

La importancia de Galindo para el debate feminista latinoamericano radica precisamente en otra cosa. Obliga a preguntar qué sucede después de obtener aquello que las políticas públicas denominan “inclusión”. Cuántas mujeres ingresan a una universidad importa, pero también en qué condiciones estudian; cuántas acceden a un crédito, pero también cuánto pagan por él; cuántas llegan a puestos de poder, pero también qué posibilidades tienen de modificar las estructuras que encontraron al llegar.

Su crítica no necesita conducir a escoger entre derechos o transformación estructural. Permite plantear una cuestión más difícil: si la igualdad jurídica constituye un punto de llegada o una condición necesaria para cambiar las relaciones económicas, sociales y políticas que continúan produciendo desigualdad.

En esa discusión, María Galindo ha elegido claramente su lugar. “Los feminismos necesitamos horizontes de cambio estructural”, afirma. Su horizonte tiene un nombre: despatriarcalización. 

Referencias

Galindo, M. (2022). Feminismo bastardo. Mujeres Creando.

Vanegas, S. (2026, 2 de septiembre). “La inclusión y el empoderamiento son un discurso fracasado y adormecedor”. BBC News Mundo. https://www.bbc.com/mundo

Vanegas, S. (2026, 2 de septiembre). “La inclusión y el empoderamiento son un discurso fracasado y adormecedor”. Yahoo Noticias/BBC News Mundo. https://es-us.noticias.yahoo.com/