Una mujer que habría criado a Rómulo y Remo, y otras que detuvieron una guerra entre pueblos enemigos, ocupan un lugar decisivo en los relatos fundacionales de Roma. Sus historias permiten releer el origen político de la ciudad desde el cuidado, la violencia contra las mujeres y su intervención política.

La historia de Roma suele comenzar con dos hermanos, una loba y un asesinato. Rómulo mata a Remo y se convierte en el primer rey de una ciudad destinada a dominar buena parte del mundo conocido. Sin embargo, en los propios relatos que los romanos transmitieron sobre su origen aparecen mujeres sin cuya intervención aquella ciudad difícilmente habría llegado a existir.

Una de ellas fue Acca Larentia, la mujer que habría criado a los gemelos abandonados junto al río Tíber. Las otras fueron las sabinas, secuestradas por los primeros habitantes de Roma y luego convertidas en protagonistas de la reconciliación entre dos pueblos enfrentados.

Los dos episodios pertenecen a la tradición legendaria romana, pero ofrecen una lectura reveladora sobre cómo aquella sociedad explicó su origen y distribuyó el reconocimiento entre sus protagonistas.

Según Tito Livio, Rómulo y Remo fueron abandonados por orden de Amulio, quien temía que los descendientes de su hermano Numitor amenazaran su poder. Los gemelos sobrevivieron y, según la versión más conocida, una loba los amamantó hasta que el pastor Fáustulo los encontró y los llevó a su casa.

Allí aparece Acca Larentia. Livio recoge una explicación alternativa y fundamentada, pues algunos sostenían que la esposa del pastor había recibido el nombre de lupa porque ejercía la prostitución. La palabra latina designaba tanto a una loba como, en determinados usos, a una mujer dedicada al comercio sexual. Plutarco también mantuvo esta interpretación en su biografía de Rómulo. 

No es posible establecer que Acca Larentia fuera una trabajadora sexual ni que la figura del animal surgiera necesariamente de ese doble significado. Las fuentes antiguas transmiten versiones distintas y la propia identidad de Larentia presenta variantes. Lo que sí resulta significativo es que una de esas tradiciones atribuyera la crianza de los futuros fundadores a una mujer cuya posición social podía ser motivo de desprecio. 

La imagen de la loba terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más reconocibles de Roma. Acca Larentia, en cambio, ocupa un lugar mucho menos visible en la memoria popular. La representación monumental conservó al animal que amamanta a los gemelos, mientras que la mujer que pudo haber inspirado una de las versiones del relato quedó relegada a las explicaciones que acompañan el mito.

La segunda historia comienza cuando Rómulo ya ha fundado su ciudad. Roma había recibido a hombres procedentes de distintos lugares, pero carecía de suficientes mujeres para asegurar su continuidad. Según la tradición, los pueblos vecinos se negaron a establecer alianzas matrimoniales con los recién llegados. Rómulo organizó entonces unos juegos religiosos e invitó a las comunidades cercanas. Sin embargo, durante la celebración, sus hombres secuestraron a las jóvenes que habían acudido con sus familias. El episodio pasó a la historia como el rapto de las sabinas.

Tito Livio y Plutarco presentan la acción como una decisión destinada a garantizar matrimonios y descendencia para la nueva comunidad. Ese propósito político no disminuye la violencia ejercida contra las mujeres, privadas de decidir sobre su permanencia en Roma y sobre los hombres con quienes habrían de formar una familia. 

La historia continúa con la guerra, pues los sabinos regresaron para recuperar a sus hijas y se enfrentaron a los romanos. Cuando la batalla amenazaba con destruir a ambas comunidades, las mujeres secuestradas intervinieron.

Livio cuenta que atravesaron el campo de batalla para pedir a sus padres y a sus esposos que detuvieran la matanza. Sus hijos ya se vinculaban a ambas poblaciones y ellas se negaban a aceptar que aquella guerra terminara con la muerte de sus familiares.

La intervención consiguió detener el enfrentamiento y los dirigentes acordaron la paz y la unión de ambos pueblos, que pasaron a compartir una misma comunidad política. Livio añade un detalle particularmente importante: cuando Rómulo dividió a la población en treinta curias, estas recibieron los nombres de las mujeres sabinas. 

La tradición que presenta a Rómulo como fundador también atribuye a las sabinas una decisión que permitió consolidar políticamente su ciudad. Los hombres habían organizado el secuestro y sostenido la guerra; las mujeres intervinieron para detenerla y hacer posible la convivencia.

Esta lectura no exige idealizar su situación, pero la reconciliación ocurrió, según el propio relato, después de que fueran arrancadas de sus familias y obligadas a permanecer en Roma. Su participación política nació en un contexto de violencia y respondió a una realidad que ellas no habían elegido.

La historiografía sobre las mujeres en la República romana identifica precisamente la intercesión como uno de los papeles públicos que la tradición antigua les reconocía. Hersilia y las demás sabinas constituyen uno de sus ejemplos fundacionales, pues fueron mujeres que intervinieron ante los hombres poderosos para impedir una catástrofe colectiva. 

Acca Larentia y las sabinas representan dos formas distintas de participación femenina en el origen mítico de Roma. Una aparece vinculada al cuidado que permitió la supervivencia de sus futuros fundadores; las otras, a la reproducción de la comunidad y a una intervención que hizo posible la paz.

La diferencia también evidencia los límites de aquella representación. Las mujeres eran necesarias para criar, dar continuidad a las familias y reconciliar a los hombres, pero el poder político formal y la gloria fundacional quedaban asociados a las figuras masculinas.

Los romanos conservaron estas historias durante siglos, porque el problema, por tanto, no es que Acca Larentia y las sabinas hayan desaparecido por completo de las fuentes antiguas, sino el lugar secundario que suelen ocupar cuando se cuenta el nacimiento de Roma.

La ciudad que recuerda a Rómulo como su primer rey también conservó la memoria de una mujer que habría criado a sus fundadores y de otras que consiguieron detener una guerra. Recuperar sus nombres y sus decisiones permite reconocer cuánto protagonismo femenino permaneció en los relatos fundacionales, aunque rara vez ocupara el centro de la narración.

Referencias bibliográficas

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