Mientras bombas y misiles siguen cayendo en la Franja de Gaza, en Irán, en Israel, en el Líbano, mientras el machismo agresor sigue siendo —en general— impune, mientras las rutas terrestres y marítimas de la migración siguen arrebatando vidas femeninas. Millones de mujeres, a nivel mundial, ni lloran ni facturan; sobreviven, a duras penas.
Para las mujeres, las adolescentes y las niñas atrapadas en guerras, victimizadas por el machismo agresor, enfrentadas a los peligros implícitos en las rutas migratorias, no hay Día Internacional de la Mujer que conmemorar.
En tales contextos de desamparo, que intensifican su vulnerabilidad, la lucha prioritaria y difícil por sobrevivir las convierte en admirables protagonistas de la extensa historia que la humanidad registra en materia de injusticia de género.
En su resiliencia ante la habitual adversidad, son feministas tenaces por naturaleza.
—Aunque muchas no lo saben—.
Enfrentar situaciones bélicas brutales, sobrevivir a la misoginia violenta e incorporarse a los éxodos nacionales/regionales que recorren el planeta son poderosas muestras de carácter y de fuerza de voluntad, superiores a las monumentales dificultades; son muestras de ejemplar capacidad para lograr objetivos sin perjuicio de lo arduo que sea.
En la palestina y brutalmente agredida Franja de Gaza —donde las vulnerables poblaciones femenina e infantil son las principales víctimas del genocidio desatado hace dos años y medio—, en el africano Sudán —donde, sumado a la bestialidad de la guerra y la hambruna, el matrimonio infantil es permitido, y la mayoría de las mujeres ha sufrido mutilación genital femenina—, el 8 de marzo (8M) es un dramático día más, uno como cualquier otro.
También lo es en la Europa de Ucrania, escenario de la guerra que, estallida hace algo más de cuatro años, ha cobrado la vida de aproximadamente cinco mil mujeres y niñas y ha causado heridas a más de 14 mil.
La población femenina también es victimizada en Afganistán, país del centro-sur asiático gobernado por la brutal dictadura islámica talibán, y en el limítrofe Irán, sojuzgado por otra represiva tiranía islámica.
Los regímenes teocráticos afganos/talibanes e iraníes se caracterizan por violar de manera bestial los derechos de las respectivas poblaciones femeninas —tanto adultas como menores de edad—.
La situación planetaria de las mujeres quedó detalladamente expuesta en el informe que, al respecto, el secretario general de las Naciones Unidas, el portugués António Guterres, presentó el 5 de setiembre de 2025 al Consejo de Seguridad de la organización mundial.
En la sección del informe titulada “Protección y promoción de los derechos humanos y el liderazgo de las mujeres y las niñas en situaciones de conflicto y emergencias humanitarias” —que aparece en el tercero de los seis capítulos, contenidos en 43 páginas—, Guterres denunció que “la proliferación y la escalada de los conflictos en los últimos años han ido acompañadas de un escandaloso desprecio por el derecho internacional humanitario y de niveles cada vez mayores de brutalidad y crueldad”. “Gran parte de esos actos se les inflige a las mujeres, las niñas y las minorías”, precisó a continuación.
Al respecto, informó que “los incidentes documentados de violencia sexual contra niñas aumentaron en un 35 % en 2024 con respecto al año anterior” y que “en algunos lugares, casi la mitad de las víctimas de violencia sexual son niñas”.
Entre otros ejemplos, indicó que “en Haití, tras años de violencia generalizada a manos de las bandas (pandillas), las denuncias de violencia de género aumentaron drásticamente en 2024 y el 64 % de ellas consistía en hechos de violencia sexual”.
Además, “en el Sudán, las Naciones Unidas informaron de un aumento del 288 % en la demanda de apoyo vital para supervivientes de violencia sexual y violación entre 2023 y 2024, y más de 12 millones de mujeres y niñas están en riesgo”, agregó.
En términos generales, “el número de casos de violencia sexual relacionada con conflictos documentados por las Naciones Unidas ha aumentado en un 87 % en dos años” (nivel mundial).
El funcionario internacional también advirtió que “la violencia sexual es solo una de las formas en que las mujeres y las niñas sufren las consecuencias de la guerra”.
“Entre 2023 y 2024, el número de mujeres y menores muertos en conflictos armados se cuadruplicó en comparación con el bienio anterior, y 7 de cada 10 mujeres muertas en conflictos en todo el mundo murieron en Gaza”, reveló, citando cifras de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos.
Por otra parte, “en Ucrania, las mujeres y las niñas representan el 31 % de las bajas civiles”, precisó.
Guterres denunció asimismo que “las mujeres y las niñas también se ven afectadas por altos niveles de violencia reproductiva, que incluyen esterilizaciones forzadas, embarazos forzados y destrucción o bloqueo deliberados de la atención de salud sexual y reproductiva, a pesar de que ello está prohibido en el derecho penal internacional, el derecho internacional de los derechos humanos y el derecho internacional humanitario”.
El funcionario explicó asimismo que “la destrucción de la atención de salud materna y de las instalaciones de salud sexual y reproductiva en zonas de conflicto constituye una forma de violencia reproductiva y puede ser una táctica de genocidio, ya que tales acciones ponen en peligro la vida de mujeres y niños”.
De acuerdo con cifras contenidas en el informe, “en Gaza, decenas de miles de partos han tenido lugar entre escombros y bombardeos, la mayoría de ellos sin acceso a anestesia para cesáreas, atención posparto o incluso agua”.
“En el Sudán, casi 272.000 embarazadas están desplazadas”, mientras que en Afganistán “un tercio de las mujeres dan a luz sin apoyo médico profesional y (…) las complicaciones maternas evitables se cobran la vida de una mujer cada dos horas”, según la misma fuente.
Al respecto, Guterres destacó la decisión de la dictadura talibana de “prohibir que las mujeres reciban formación médica”, lo que “impedirá que más de 36.000 parteras y 2.800 enfermeras entren en la fuerza de trabajo en los próximos años”.
Ello significa que “la mortalidad materna en Afganistán aumentará en un 50 % para 2026”, dato que “es anterior a esa decisión y, por tanto, se estima que el aumento será incluso más grave”.
Mutilación genital
A todo lo anterior, se suma la particularmente cruel violencia misógina consistente en la aberración conocida como mutilación genital femenina (MGF).
La Organización Mundial de la Salud (OMS) informó/denunció, en enero de 2025, que, “según la información obtenida en 30 países donde se realiza esta práctica de las regiones occidental, oriental y nororiental de África, y en algunos países del Oriente Medio y Asia, más de 300 millones de niñas y mujeres vivas en la actualidad la han sufrido, y se calcula que más de 4 millones de niñas corren el riesgo de ser sometidas a ella cada año”.
“La mutilación genital femenina se practica principalmente en niñas, en algún momento entre la lactancia y la adolescencia, y en algunos casos en mujeres adultas”, indicó la OMS.
“La mutilación genital femenina comprende todos los procedimientos consistentes en la resección (corte, extirpación) parcial o total de los genitales externos femeninos, así como otras lesiones causadas a los órganos genitales femeninos por motivos no médicos”, según la misma fuente.
Violencia machista
En materia de machismo agresor en sus diversas manifestaciones, los datos más recientes a nivel mundial, difundidos por la Entidad de las Naciones Unidas para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de las Mujeres (ONU Mujeres), generan preocupación.
“Globalmente, casi una de cada tres mujeres ha experimentado violencia física o sexual al menos una vez en su vida”, según la agencia especializada de la organización mundial.
El dramático dato revela que “esta violencia es frecuentemente perpetrada por parejas o exparejas de las víctimas”.
Al respecto, la OMS divulgó, además, en un informe —dado a conocer el 19 de noviembre de 2025— la misma proporción.
A nivel mundial, “casi una de cada tres mujeres (…) ha sufrido actos violentos por parte de su pareja o de carácter sexual, a lo largo de su vida”, indicó esta agencia especializada de Naciones Unidas, para precisar que “la reducción de esta forma de violencia avanza muy lentamente: apenas un 0,2 % anual en los últimos veinte años”.
“La violencia contra las mujeres sigue siendo una de las crisis que afectan a los derechos humanos, más persistentes y menos atendidas del mundo”, denunció la OMS, indicando de inmediato que “apenas se ha avanzado para ponerle fin en las dos últimas décadas”.
En declaraciones citadas en un comunicado que la OMS difundió para dar a conocer detalles del informe, el director general de la organización, el médico etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus, planteó que “la violencia contra las mujeres es una de las injusticias más antiguas y extendidas de la humanidad y, aun así, sigue siendo una de las que menos atención recibe”.
“Ninguna sociedad puede considerarse justa, segura o saludable mientras la mitad de su población vive con miedo”, advirtió.
“Poner fin a esta violencia no consiste, simplemente, en aplicar políticas públicas: es una cuestión de dignidad, igualdad y derechos humanos”, reflexionó a continuación.
“Detrás de las cifras hay mujeres y niñas cuyas vidas han cambiado para siempre”, aseguró para expresar, a modo de exhortación, que “es indispensable empoderarlas para lograr la paz, el desarrollo y la salud”.
Ghebreyesus aseguró que “un mundo más seguro para las mujeres es un mundo mejor para todos”.
Mujeres migrantes
Precisamente, la búsqueda de seguridad es una de las razones que mueven anualmente a millones de personas a nivel mundial a emigrar —incluidas mujeres y niños, numerosos menores que se desplazan solos—.
Se trata, en general, de migrantes de escasos recursos, con baja escolaridad y con capacitación laboral precaria o nula. Ellos realizan intensos esfuerzos para reunir, en sus respectivos países, el dinero necesario para financiar el desplazamiento. Esto incluye el pago a coyotes (guías de migrantes o traficantes de personas) y a mordidas (sobornos) a personal militar, policial o migratorio corrupto.
Los migrantes corren, en general, riesgos como ser abandonados por los coyotes o ser explotados por estructuras criminales para el transporte de drogas o para la explotación laboral.
En el caso de las mujeres, las adolescentes y las niñas, la inseguridad adicional incluye, en especial, la violación y la explotación comercial sexual.
Los peligros son muchos —algunos cobran vidas—, pero la desesperación por salir de contextos nacionales de violencia, crisis económicas, políticas y sociales, y la falta de oportunidades se suma a la esperanza de lograr objetivos —la que es más fuerte que cualquier miedo—.
La masiva presencia de mujeres y niñas en la población migrante se debe a que son particularmente indefensas ante los brutales contextos nacionales de los que huyen.
La violencia —incluida la de género—, el difícil acceso al mercado de trabajo, la desigualdad de oportunidades, el hostigamiento, lo mismo callejero que laboral, son situaciones que las golpean con mayor agresividad, a causa de que son, en general, un sector social desatendido por políticas sociales, cuyas necesidades son desestimadas, y cuyos derechos no tienen igual validez que los derechos de los hombres —o no tienen ninguna validez—.
Mientras bombas y misiles siguen cayendo en la Franja de Gaza, en Irán, en Israel, en el Líbano, mientras el machismo agresor sigue siendo —en general— impune, mientras las rutas terrestres y marítimas de la migración siguen arrebatando vidas femeninas, millones de mujeres, a nivel mundial, ni lloran ni facturan; sobreviven, como pueden.








