El apoyo de abuelas y abuelos permite a miles de familias conciliar el empleo y la crianza, pero detrás de esa solidaridad existe una realidad menos visible: parte del costo económico del cuidado infantil se está trasladando a las personas mayores. Para ellas y ellos, ayudar deja de ser una decisión y se convierte en una obligación cotidiana. Además, entran en juego su autonomía, su salud y su derecho a disponer de su vejez.
Recoger a los nietos de la escuela, prepararles la comida o quedarse con ellos durante unas horas puede formar parte de una relación familiar cercana y enriquecedora. El problema aparece cuando esa colaboración deja de ser ocasional y las personas mayores terminan ocupando el lugar que debería ser cubierto por servicios de cuidado accesibles, políticas de conciliación o condiciones laborales compatibles con la crianza.
Una publicación de El Periódico de Aragón recupera el papel que desempeñan las abuelas y los abuelos en el cuidado infantil. La cuestión merece una lectura crítica y profunda porque detrás de esa ayuda hay trabajo, tiempo y responsabilidad que tienen un valor económico, aunque normalmente no figuran en ninguna cuenta familiar.
Los datos españoles permiten observar la magnitud del fenómeno. El módulo sobre conciliación de la Encuesta de Población Activa de 2025, publicado por el Instituto Nacional de Estadística (INE), señala que el 3 % de las personas entre 18 y 74 años tenían como única responsabilidad de cuidado a nietos menores de 15 años. La diferencia por sexo es significativa: alcanza el 3,8 % en las mujeres frente al 2,1 % en los hombres.
El mismo estudio indica que apenas el 18,2 % de las personas con hijos menores de 15 años utilizan habitualmente servicios profesionales para el cuidado de sus hijos. El resto de las necesidades se resuelve mediante diferentes arreglos familiares y laborales que permiten sostener jornadas de trabajo incompatibles, muchas veces, con los horarios escolares y las necesidades cotidianas de niñas y niños.
En ese contexto, los abuelos se convierten fácilmente en una solución disponible y gratuita. No necesariamente porque las familias consideren que deben asumir esa responsabilidad, sino porque pagar servicios privados de cuidado, reducir la jornada laboral o abandonar temporalmente un empleo puede resultar económicamente inviable.
La solidaridad familiar termina por absorber parte de una deficiencia económica y social mucho mayor. Si una familia necesita que una persona permanezca varias horas al día con sus hijos para que los progenitores puedan trabajar, ese cuidado tiene un costo, independientemente de quién lo preste. Cuando una abuela o un abuelo lo presta gratuitamente, el costo no desaparece: se transforma en tiempo no remunerado.
Esta distinción permite evitar dos extremos. Cuidar a los nietos no constituye, por sí mismo, una forma de explotación y puede generar afecto, satisfacción y relaciones intergeneracionales valiosas. Una investigación sobre abuelas cuidadoras publicada en Index de Enfermería encontró precisamente esa combinación: el cuidado puede fortalecer los vínculos familiares, pero cuando aumenta su frecuencia e intensidad, también puede producir cambios en las rutinas y repercusiones en la salud física y mental. En el estudio, el 67,4 % de las participantes cuidaba principalmente por las obligaciones laborales de sus hijos.
La diferencia está en poder elegir
La Organización Mundial de la Salud (OMS) define el envejecimiento saludable en función de la capacidad de mantener las capacidades que permiten a las personas mayores vivir de acuerdo con aquello que consideran valioso. La autonomía, las relaciones, la participación social y la posibilidad de continuar desarrollando intereses propios forman parte de esa concepción.
Desde esa perspectiva, asumir que una persona jubilada dispone automáticamente de tiempo para cuidar reproduce un estereotipo sobre la vejez. Jubilarse del trabajo remunerado no implica quedar disponible para asumir nuevas obligaciones familiares. Las personas mayores también tienen derecho a descansar, viajar, estudiar, mantener relaciones sociales, desarrollar proyectos personales o, sencillamente, decidir cómo emplear su tiempo.
La cuestión adquiere, además, una clara dimensión de género. Los propios datos del INE muestran que las responsabilidades de cuidado continúan siendo superiores entre las mujeres: en 2025, el 36,2 % de ellas tenía alguna responsabilidad de este tipo, frente al 30,6 % de los hombres. En el cuidado específico de los nietos, la diferencia resulta aún mayor.
Detrás del término aparentemente neutro de “abuelas cuidadoras” se esconden muchas abuelas que vuelven a cuidar. Mujeres que dedicaron parte de su vida adulta a criar hijos realizaron trabajo doméstico no remunerado y, en muchos casos, conciliaron esas responsabilidades con el empleo, para encontrarse, décadas después, asumiendo nuevamente tareas cotidianas de crianza.
La evidencia internacional también obliga a observar los límites. La OMS advierte que las personas cuidadoras informales son mayoritariamente mujeres, muchas de ellas de edad avanzada, y que el cuidado frecuente e intensivo puede tener consecuencias negativas en su salud física y mental. Esto resulta especialmente relevante en sociedades que envejecen rápidamente: las mismas personas a quienes se les confía el cuidado de los nietos pueden comenzar a necesitar apoyo en sus propias actividades cotidianas.
Por eso, presentar a las personas mayores como el “pilar silencioso” de las familias puede parecer un reconocimiento, pero también corre el riesgo de normalizar y romantizar una responsabilidad que no les corresponde necesariamente. El afecto no debería sustituir a las políticas públicas ni convertirse en la respuesta gratuita a la falta de servicios.
Una sociedad que valora realmente los cuidados debe preguntarse quién los realiza, durante cuánto tiempo, bajo qué condiciones y quién asume su costo. Guarderías accesibles, servicios públicos de atención infantil, horarios laborales compatibles con la vida familiar, permisos parentales adecuados y corresponsabilidad entre mujeres y hombres reducen la necesidad de transferir esa responsabilidad a la generación anterior.
Significa reconocer una frontera sencilla que con frecuencia se pierde en los discursos sobre la familia: los abuelos pueden querer cuidar, pero no tienen la obligación de hacerlo.
Convertir su disponibilidad en una expectativa permanente no resuelve la crisis de los cuidados. Únicamente desplaza su costo a una generación que también tiene derecho a decidir qué hacer con su tiempo y cómo quiere vivir los años que ha conquistado.
Referencias
Instituto Nacional de Estadística. (2026, 19 de junio). Encuesta de Población Activa (EPA). Módulo sobre la conciliación entre la vida laboral y la familiar. Año 2025. https://ine.es/dyngs/Prensa/mEPA2025.htm
Medina-Fernández, I. A., Orozco-González, C. N., Cervera-Baas, M. E., Torres-Soto, N. Y., Carrillo-Cervantes, A. L., & Sifuentes-Leura, D. (2023). Efecto de la competencia emocional y de la satisfacción con el cuidado brindado sobre la sobrecarga de las abuelas cuidadoras. Index de Enfermería, 32(4), e14507. https://doi.org/10.58807/indexenferm20235
Organización Mundial de la Salud, Oficina Regional para Europa. (2022, 1 de diciembre). Long-term care. https://www.who.int/europe/news-room/questions-and-answers/item/long-term-care
Organización Mundial de la Salud. (2020, 26 de octubre). Healthy aging and functional ability. https://www.who.int/news-room/questions-and-answers/item/healthy-ageing-and-functional-ability
Organización Mundial de la Salud. (2024). Long-term care financing: Lessons for low- and middle-income settings. Brief 1: Drivers of the demand for long-term care. https://www.who.int/publications/b/71556
Organización Mundial de la Salud. (2025, 1 de octubre). Aging and health. https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/ageing-and-health








