Compuestos como el cannabigerol (CBG), el cannabicromeno (CBC), el cannabinol (CBN) y la tetrahidrocannabivarina (THCV) se estudian por su posible acción antiinflamatoria, neuroprotectora y antimicrobiana. Aunque gran parte de la evidencia proviene de investigaciones preclínicas, sus resultados han despertado un interés creciente por su potencial terapéutico.
Dr. Miguel A. Torres Batista
Durante muchos años, la investigación sobre el cannabis medicinal se concentró casi exclusivamente en dos de sus componentes más conocidos: el delta-9-tetrahidrocannabinol (THC) y el cannabidiol (CBD). Ambos han permitido comprender buena parte del funcionamiento del sistema endocannabinoide y han abierto nuevas posibilidades terapéuticas para diversas enfermedades.
Sin embargo, la planta de Cannabis sativa contiene más de un centenar de fitocannabinoides. Entre ellos se encuentran los llamados cannabinoides menores o raros, como el cannabigerol (CBG), el cannabicromeno (CBC), el cannabinol (CBN) y la tetrahidrocannabivarina (THCV), compuestos que actualmente despiertan un creciente interés científico por sus mecanismos de acción y las posibles aplicaciones que podrían tener en diversas áreas de la medicina.
A diferencia del THC, responsable de los principales efectos psicoactivos del cannabis, varios de estos cannabinoides interactúan de manera distinta con el sistema endocannabinoide y con otros receptores celulares implicados en procesos como la inflamación, el dolor, el metabolismo y la neurotransmisión. Esta diversidad farmacológica ha impulsado el desarrollo de nuevas líneas de investigación orientadas a comprender su potencial de utilidad en el abordaje de enfermedades complejas.
Los estudios disponibles indican que el CBG podría ejercer efectos antiinflamatorios y neuroprotectores, además de mostrar actividad frente a determinadas bacterias resistentes a los antibióticos en modelos experimentales. El CBC ha despertado interés por sus posibles propiedades analgésicas y antiinflamatorias, mientras que el CBN continúa siendo investigado por su potencial papel en procesos relacionados con la neuroprotección y el sueño. Por su parte, la THCV ha sido objeto de estudio por su posible influencia en el metabolismo, el control del apetito y en algunas enfermedades metabólicas.
Una de las características más relevantes de estos compuestos es que su actividad biológica no parece limitarse a los receptores cannabinoides CB1 y CB2. Diversas investigaciones han demostrado que también pueden interactuar con otros sistemas de señalización celular, incluidos receptores relacionados con la percepción del dolor, la inflamación y determinados neurotransmisores. Esta complejidad farmacológica explica el creciente interés por comprender su posible utilidad en estrategias terapéuticas más específicas y personalizadas.
La investigación neurológica constituye uno de los campos en los que estos compuestos suscitan las mayores expectativas. Diversos estudios preclínicos sugieren que algunos cannabinoides menores podrían contribuir a reducir los procesos de estrés oxidativo y la neuroinflamación, dos mecanismos implicados en enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer y el Parkinson. No obstante, la mayor parte de esta evidencia proviene de modelos celulares y animales, por lo que aún son necesarios ensayos clínicos que permitan establecer con claridad su eficacia y seguridad en seres humanos.
Otro ámbito de investigación es la resistencia antimicrobiana. En estudios experimentales, el CBG ha mostrado actividad frente a algunas bacterias multirresistentes, incluida Staphylococcus aureus resistente a la meticilina (SARM). Aunque estos resultados son prometedores, todavía no hay evidencia suficiente para recomendar su uso clínico con este propósito.
El creciente interés por los cannabinoides menores refleja una nueva etapa en la investigación sobre el cannabis medicinal. Más que sustituir al THC o al CBD, estos compuestos amplían el conocimiento sobre la complejidad farmacológica de la planta y podrían contribuir al desarrollo de nuevas alternativas terapéuticas. Confirmar ese potencial dependerá de la realización de estudios clínicos rigurosos que permitan determinar cuáles de estas moléculas ofrecen beneficios reales para los pacientes y en qué condiciones pueden incorporarse de forma segura a la práctica médica.
Referencias
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