La bailaora mexicana convirtió el flamenco en una forma de entender la libertad, el cuerpo y sus propias emociones. Después de años entre México, España y Japón, combina los escenarios con la enseñanza y prepara un proyecto personal en el que su historia familiar se encuentra con la poesía de Guadalupe “Pita” Amor.
Paulina Flores Portugal tenía unos quince años cuando vio bailar en un tablao a Mercedes Amaya, “La Winy”, y a su hija, Karime Amaya. Había música en directo y, frente a ella, ocurría algo que terminaría por modificar el rumbo de su vida.
“Ahí supe que quería hacer del flamenco no solo mi trabajo, sino también mi forma de vida. Porque eso es el flamenco: una forma de vivir”.
Nacida el 13 de febrero de 1986 en Ciudad de México, Paulina Flores —su nombre artístico— construyó desde entonces una trayectoria que la llevaría de las aulas a los tablaos y de México a España y Japón. Antes hubo otra formación que todavía pervive en su manera íntima y personal de mirar el baile: estudió Historia.
Aunque nunca ejerció como historiadora, desde que cursaba la licenciatura, sabía que dedicaría su vida al flamenco. Sin embargo, aquella formación ayuda a comprender una característica que aparece constantemente cuando habla de su oficio: necesita saber el origen de las cosas; es como el tablao, sentir la madera que pisa, es lo que le da arraigo y sustento.
Por eso pide a sus estudiantes que escuchen cante antiguo, observen a las grandes bailaoras y bailaores y conozcan a quienes construyeron el flamenco antes que ellos: “Es fundamental remontarse al origen. Creo que mi fascinación y respeto por lo primario, por lo antiguo, provienen de mi formación como historiadora”.
Su propio aprendizaje tampoco se ha detenido. Entre 2020 y 2025 continuó formándose en el Festival Internacional Ibérica Contemporánea, en Querétaro, con Juana Amaya y Concha Jareño; estudió en Barcelona con Karime Amaya y en México con Adrián Santana, Carmen Ledesma, Karime Amaya y Mercedes Amaya.
Su relación con esta familia flamenca se remonta a mucho antes. Mercedes Amaya, “La Winy”, sobrina nieta de Carmen Amaya, fue una de las maestras que marcaron sus primeros años. Una crónica publicada en México en 2018, presentaba a Flores como una de sus alumnas destacadas y describía la fuerza de su personalidad sobre el escenario.
Paulina habla de esa fuerza de otra manera. Para ella, bailar significa poder mostrarse sin esconder el estado emocional con el que llega al escenario: “Una de las virtudes más significativas que he encontrado en el flamenco es la de poder ser y sentirme libre”.
Esa libertad convive con una disciplina que describe como exigente y absorbente, capaz de ocupar buena parte de la vida de quien decide asumirla profesionalmente. Pero precisamente allí encuentra su refugio.
“No tienes que representar un papel cuando danzas, cantas o lo tocas. Si estás triste, bailas triste; si estás enojada, lo mismo; si estás plena de felicidad, lo mismo. Es mi fuga y mi confort. Como mujer, me hace sentir fuerte, poderosa, muy mujer”.
Su trayectoria profesional la llevó, entre 2018 y 2019, al cuadro flamenco del tablao El Palacio Andaluz, en Sevilla. Participó, además, en el Festival de Jerez, en la Sala Compañía, bajo la dirección de Javier Latorre.
En México formó parte del espectáculo “México, ciudad que baila”, con un montaje dirigido por Paco Mora y Mercedes Amaya, “La Winy”, y participó en “Con el alma”, de Amaya, en el Palacio de Bellas Artes. También estuvo en la Gala de Verano Flamenco del Teatro Hidalgo, dirigida y coreografiada por Javier Latorre.
Después llegaron otros escenarios: entre 2021 y 2023 realizó actuaciones en solitario en salas de Sevilla y de Barcelona. Su recorrido también la llevó a Fukuoka, Japón, donde trabajó como profesora e intérprete en Tiempo Iberoamericano y compartió escenario en 2023 con la bailaora Inmaculada Ortega en Tiempo Hall.
Ese tránsito entre países no parece haber debilitado su vínculo con México. Más bien le permitió comprender el flamenco desde una perspectiva menos territorial, más universal y sincrética.
En junio de 2026, El País la incluyó entre cuatro artistas que representan el intercambio cultural entre México y España. Desde su estudio en la Ciudad de México, Flores defendía allí una idea que también atraviesa su conversación con Revista Petra: el flamenco puede nacer en un territorio determinado y, al mismo tiempo, convertirse en una experiencia que puede vivirse desde otros lugares, otros cuerpos, otras vivencias y hasta otros sentimientos.
Ser flamenca, explicaba entonces, tiene que ver con ser “muy de verdad, muy honesta y congruente”.
Ese respeto por la tradición tampoco implica inmovilidad. Flores reconoce que la tecnología ha modificado las posibilidades de aprender flamenco fuera de España. Durante años, acceder a determinadas maestras, maestros, archivos o formas de baile exigía viajar. Hoy, sus estudiantes tienen a su disposición grabaciones históricas, actuaciones y clases que pueden ver desde cualquier lugar.
La pandemia terminó de abrir otra posibilidad: las clases en línea.
“Nunca será lo mismo que tomar una clase presencial, pero también es una puerta que se nos ha abierto”.
En su estudio intenta que esa abundancia de contenidos no sustituya la formación. Recomienda conciertos, espectáculos de danza y actuaciones de flamenco. Les pide que escuchen. Mirar. Volver a los mayores.
Actualmente dirige Flores Studio y ejerce como profesora de flamenco. También ha impartido clases en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán de la Universidad Nacional Autónoma de México. La docencia ocupa un lugar importante en su manera de entender la profesión.
“Yo disfruto enormemente de la parte docente de mi profesión: ver el proceso de cada uno de mis estudiantes”.
No habla primero de dominar una técnica. Habla de respeto por la danza, del esfuerzo y del hábito de escuchar cante. Su interés radica en formar personas capaces de reconocer que cada movimiento tiene una historia previa.
Quizá por eso resulta natural que su flamenco haya terminado por encontrarse con la literatura. El encuentro se centró en una mujer que tampoco entendía demasiado bien las medias tintas: Guadalupe Amor, Pita Amor. La poeta mexicana convirtió su cuerpo, su rebeldía, su relación con Dios, la muerte, el deseo y la soledad en materia literaria. Paulina Flores encontró en aquellos versos algo que ya conocía del baile.
“Pita es muy flamenca”, nos confiesa con determinación. Una afirmación que puede parecer extraña hasta que la escuchas en primera persona:
“Cuando leo a Pita, en mi cabeza y en mi sentir resuenan ese abrazo y ese abismo de la soleá. La fatiga de la muerte del cante por seguiriya. El dolor y la belleza del desgarro que me provoca bailar por taranto. El blanco o el negro. No hay nada a medias en ella, ni en el flamenco. La oscuridad o la luz. Son todo o nada”. Una maravillosa reflexión para sentir a Pita cual maestra de ceremonias: histriónica, íntima y confesional, poniendo cada cosa en su sitio…
«Suele el lirio ser del valle
y de cemento la calle
y es infernal mi locura
y eterna la noche obscura
Es de platino mi mente
y mi locura ascendente»
Su relación con la obra de Guadalupe Amor se fortaleció tras conocer a Marco Rojas Siqueiros. Flores lo buscó mientras trabajaba en un proyecto propio y aquel primer contacto terminó convirtiéndose en una colaboración artística. Por eso, en 2026 participó en el homenaje-recital Guadalupe Amor. A la eternidad ya sentenciada, donde la poesía, la música y la danza compartieron el escenario.
Para Flores, bailar un poema no consiste en cubrir las palabras con movimiento: “Hay que escuchar la obra”, acaso más allá del cuerpo.
Cuando interpreta a Pita Amor, procura seguir la cadencia del verso con el cuerpo y las manos, marcar determinados momentos con un movimiento de cabeza o responder con los zapatos cuando la palabra lo permita.
“Respetando las letras, lo que sería, en un baile flamenco, el cante. No ensuciarlo. Acompañar y rematar con fuerza”.
Ahora prepara una creación todavía más personal. Se llama Lupita, Amor, y se estrenará el próximo 4 de diciembre en el Teatro Sergio Magaña de la Ciudad de México. El proyecto une a dos mujeres: Pita Amor y la propia abuela de Paulina.
Ese encuentro entre la memoria familiar, la literatura mexicana y el flamenco abre una nueva dirección en su trayectoria. También confirma algo que se repite cuando habla de danza: para ella, la tradición no significa repetir.
Por eso imagina otros diálogos entre literatura y flamenco. Federico García Lorca constituye el precedente evidente, pero las escritoras que le gustaría llevar al movimiento pertenecen a territorios muy distintos. Imaginemos un escenario de claroscuros, intelectual, transgresor, escenificando a Anaïs Nin, Simone de Beauvoir o a Rosa Luxemburgo. La elección dice bastante sobre la bailaora y la seguridad intrínseca, más que rematar, dar saltos al vacío.
Flores considera que las mujeres todavía pueden encontrar en el flamenco un territorio desde el cual narrarse. Allí caben el deseo, la pérdida, la maternidad, la identidad y la libertad. La tradición permanece, pero quien sube al escenario decide qué hacer con ella.
“Una flamenca se sube al escenario para contar su historia, pero también para decidir cómo quiere ser mirada y escuchada”, y es aquí donde la bailaora ya no lee historia, se convierte en ella, se fusiona.
Paulina Flores lleva más de dos décadas buscando esa voz entre escenarios, salones de clase, viajes y maestros. A los quince años descubrió que quería vivir dentro del flamenco. Hoy enseña a otras personas a conocer su historia antes de encontrar la personal e íntima. Sin embargo, cuando baila, la historiadora da lugar a la mujer.
“El flamenco es fuerte, poderoso y explosivo”… por eso representar a Pita Amor sobre el tablao es como con un desplante de espaldas, clavando una intensa mirada sobre su hombro, a duras penas musitando entre labios y con la garganta reseca… «García Lorca, la grandiosa, y yo me llamé la Diosa».
Fuentes:
Amor, Guadalupe. (1991). Material de lectura, serie Poesía Moderna, num. 163. Universidad Nacional Autónoma de México. Grupo Edición, S.A. de C.V.
Flores Portugal, P. (2026, 1 de septiembre). Entrevista concedida a Revista Petra [Entrevista inédita].








