La Universidad de Concepción advirtió que los retos virales entre escolares no deben abordarse únicamente mediante prohibiciones. El fenómeno exige fortalecer la convivencia, la salud mental y la formación digital desde las familias y los centros educativos.

Los retos virales que circulan en redes sociales y grupos de mensajería volvieron a encender las alertas en las comunidades educativas por su impacto en niños, niñas y adolescentes. Aunque en Chile no se reportan como un fenómeno masivo, especialistas de la Universidad de Concepción señalaron que su aparición preocupa por la velocidad con la que se difunden y por la posibilidad de que los estudiantes reproduzcan conductas de riesgo sin medir sus consecuencias.

La advertencia fue publicada por Noticias UdeC, medio de la Universidad de Concepción, a partir del análisis de Óscar Nail Kröyer, director de Docencia de esa casa de estudios, y de Melissa Muñoz Flández, analista programadora, pedagoga en Historia y Geografía, desarrolladora de Autistapp y estudiante del Doctorado en Salud Mental.

Nail explicó que estos desafíos llegan principalmente a través de redes sociales, plataformas de video y grupos de mensajería, que se utilizan fuera del horario escolar. Según el académico, muchas veces el problema no nace de una intención directa de dañar, sino de dinámicas de imitación, de presión grupal, de búsqueda de validación y de la necesidad de pertenencia.

Ese punto es clave para comprender por qué un reto aparentemente lúdico puede transformarse en una práctica peligrosa. En la adolescencia, la pertenencia al grupo tiene un gran peso emocional. Cuando esa necesidad se combina con plataformas diseñadas para captar la atención y premiar la exposición, el riesgo aumenta.

Muñoz advirtió que los algoritmos de las redes sociales están diseñados para retener a las personas durante largos periodos. Esa arquitectura digital, unida a los procesos de construcción de identidad en la niñez y la adolescencia, puede convertir ciertos retos en una vía rápida para sentirse parte de un grupo. La especialista aclaró, sin embargo, que no todo reto viral debe demonizarse, ya que existen dinámicas inocuas. El problema surge cuando el desafío normaliza el daño, la humillación, la exposición o la violencia.

La convivencia escolar también cambió. Antes, muchos conflictos se resolvían al finalizar la jornada. Hoy pueden continuar durante la tarde, la noche o los fines de semana mediante chats, redes sociales y plataformas digitales. Esa continuidad agrava el desgaste emocional y dificulta que los centros educativos intervengan a tiempo.

Frente a ese escenario, los especialistas insistieron en que la respuesta no puede limitarse a retirar teléfonos o imponer castigos. Nail planteó que la educación digital debe abordarse de manera preventiva y formativa, con énfasis en el pensamiento crítico, el autocuidado, la privacidad, el manejo emocional, el análisis de contenidos y el uso responsable de las redes sociales.

Muñoz coincidió en que la prohibición inmediata puede generar efectos contraproducentes si no se acompaña de comprensión, diálogo y alternativas de interacción social. Reducir el uso de celulares en el aula debería, por ejemplo, ir acompañado de más actividades presenciales que fortalezcan los vínculos entre pares.

La discusión también alcanza a estudiantes con necesidades educativas especiales, quienes pueden utilizar herramientas digitales como apoyo o como regulación. Para Muñoz, las medidas generales deben evitar respuestas rígidas que afecten a quienes requieren apoyos específicos para su bienestar emocional o su aprendizaje.

El papel de las familias resulta central. Nail subrayó que los centros educativos pueden orientar, educar y acompañar, pero no pueden reemplazar la supervisión familiar. Madres, padres y personas cuidadoras deben conocer qué contenidos consumen sus hijos e hijas, cuánto tiempo pasan conectados y cómo se relacionan en los espacios digitales.

La clave, según el académico, está en conversar sin ridiculizar ni castigar de inmediato. Cuando los adolescentes sienten confianza para hablar, es más probable que pidan ayuda o informen sobre situaciones de riesgo.

UNICEF también ha señalado que la violencia entre pares, el ciberacoso, el discurso de odio y la exposición a contenidos dañinos pueden afectar la salud mental de niñas, niños y adolescentes en entornos digitales. La protección en línea, por tanto, no puede reducirse a la vigilancia: requiere acompañamiento, educación, regulación de las plataformas y escucha activa.

Los retos virales muestran que la vida escolar ya no ocurre solo en el aula. La convivencia se extiende a las pantallas, los chats y las redes sociales. Por eso, la prevención debe comenzar antes del daño: con educación digital, formación emocional, participación familiar y comunidades educativas capaces de mirar el problema sin alarmismo, pero tampoco con indiferencia.

Referencias

Universidad de Concepción. (2026, 5 de junio). Retos virales entre escolares: desafíos para la convivencia, la salud mental y la educación digital. Noticias UdeC. https://noticias.udec.cl/retos-virales-entre-escolares-los-desafios-para-la-convivencia-salud-mental-y-educacion-digital/

Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF). (s. f.). Seguridad en línea y bienestar digital de niños, niñas y adolescentes. UNICEF. https://www.unicef.org