La prohibición y el estigma sobre la sexualidad femenina no fueron consecuencia del azar, sino el resultado de estructuras de poder patriarcales, dogmas religiosos, prejuicios científicos y normas culturales que durante siglos colocaron el deseo femenino en un lugar secundario o incluso invisible.

Durante décadas, la sexualidad femenina no solo fue ignorada por la ciencia y la educación, sino que también fue activamente reprimida por estructuras religiosas, culturales y políticas que la consideraron peligrosa, vergonzosa o inútil fuera de su función reproductiva.

“La mujer ha sido históricamente más reprimida sexualmente que el hombre, por haber recibido un código de conducta moral mucho más estricto que el de los varones”, explica la teórica feminista Kate Millett, recordando cómo las tradiciones puritanas impusieron a las mujeres reglas de comportamiento que exigían castidad, silencio y autocontrol.

En Europa occidental de los siglos XVIII y XIX, la sexualidad se recluyó en el ámbito privado y la mujer fue educada para considerar sus deseos vergonzosos. La desnudez femenina estaba asociada al pecado, y la Iglesia promovió la idea de que la única forma “apropiada” de relación sexual era la orientada exclusivamente a la procreación dentro del matrimonio.

En la Edad Media, por ejemplo, la Iglesia no solo estigmatizaba la masturbación femenina como pecado grave, sino que, en algunos contextos populares, incluso se recurrió a objetos como el cinturón de castidad para simbolizar —o intentar garantizar— la castidad de las esposas.

Hasta bien entrado el siglo XX, la investigación científica sobre la sexualidad se centró en lo masculino; el orgasmo femenino y la anatomía del placer solo comenzaron a ser descritos con precisión a finales del siglo XX. Un artículo reciente recuerda que la comunidad científica no documentó la anatomía del clítoris hasta 1998, lo que evidencia siglos de desinterés y prejuicio sociocultural.

Este desinterés científico también se tradujo en diagnósticos erróneos o en la patologización de la experiencia femenina: durante mucho tiempo se consideró que el deseo sexual en las mujeres era “anormal” o un signo de enfermedad, y muchas mujeres interiorizaron estos prejuicios. La sexóloga Shere Hite, pionera en estudios sobre la sexualidad femenina, desafió esta narrativa en la década de 1970 al mostrar que las expectativas sexuales femeninas eran sistemáticamente ignoradas por la investigación tradicional.

Contratos sociales y desigualdades estructurales

Una perspectiva política aporta otra clave: en su obra El contrato sexual, la filósofa Carole Pateman argumenta que las estructuras sociales creadas para organizar la vida civil también normalizaron la subordinación femenina y reforzaron la idea de que las mujeres debían intercambiar autonomía por seguridad y protección, perpetuando así desigualdades de poder incluso en el ámbito íntimo.

Las creencias culturales y familiares han condicionado profundamente la forma en que las mujeres viven su sexualidad. Un estudio cualitativo reciente señala que el machismo, los estereotipos y los prejuicios culturales han moldeado las creencias sobre la sexualidad femenina durante generaciones, aunque actualmente se observa una creciente autonomía en la toma de decisiones respecto al propio cuerpo.

Hoy, movimientos sociales y feministas han puesto en el centro el consentimiento, el placer y la salud sexual como asuntos de derechos humanos. El renacer de la educación sexual integral, crítica y libre de prejuicios ha sido clave para desmontar siglos de mitos. Organizaciones y expertas abogan por una sexualidad vista no solo como función reproductiva, sino también como parte del bienestar personal y colectivo.

Gracias a la crítica académica y los movimientos sociales, esa narrativa está siendo cuestionada, abriendo paso a una sexualidad femenina que reivindica el placer, el consentimiento y la autonomía como pilares fundamentales de la igualdad.